La trampa

 


Guillermo Cardona

 


Durante las tres últimas noches estuvo encendida la lámpara. El hombre rengueaba por la habitación, pequeña y maloliente, se tendía en la cama con los brazos bajo el cuello, fumaba, trataba de mermar aún más el volumen de la radio para no molestar a los vecinos. Esperaba a López.
Permaneció un rato en la cama, con los ojos cerrados; luego fue hasta el anaquel donde reposaban los libros que eran ya parte de su equipaje y estudió los lomos con calma, atento al menor chillido en las cañerías.
La ventana, en el tercer piso, daba a un patio a donde el sol llegaba puntual al medio día y por donde subían desde muy temprano los cantos de las mujeres que lavaban y los gritos de los chiquillos. Pero ahora, a las tres de la mañana, sólo se filtraba de vez en cuando un ronquido, el traqueteo de una cama, el estruendo de un inodoro, una maldición en voz baja.
El hombre se decidió por un libro sin pastas escrito por un naturalista inglés, al que envidiaba porque había malgastado provechosamente su tiempo observando a los animales, por feroces o repugnantes que fueran, y en el que describía con propiedad su comportamiento. En este libro tampoco se ocupaban de las ratas.
Era lunes ya y las tabernas del puerto habían cerrado. “Si López no aparece hoy, me olvido del asunto”, pensó, tratándose de imaginar cómo más podía entretener el tiempo. La hora resultaba inapropiada para salir, para escuchar música, para tener la lámpara encendida e incluso para dormir.
Cuando llegó a la ciudad y pisó por primera vez su tierra roja en la estación, chutó desprevenido una piedra, se quebró el dedo gordo del pie, maldijo su pasado y juró que en adelante su vida sería distinta. De aquello hacía apenas tres meses, lo que quizá explicaba su prudencia con el vecindario, su cortesía un tanto anticuada con las damas del edificio, un bloque soso de ocho pisos cerca al muelle, ocupado en su mayor parte por los empleados del puerto y sus familias. Le quedó el vicio de cojear.
La ciudad figuraba en los mapas pero nadie la conocía; los que viajaban nunca regresaban; se quedaban en ella o seguían para el extranjero.
Sabía que era grande, próspera, y había visto algunas postales del embarcadero con sus veleros blancos y el mar azul y gaviotas detenidas en los mástiles, otras de la Avenida de los Libertadores y muchas más de la Catedral de Nuestra Señora de la Candelaria, con sus palomas mugrientas y sus viejitos dormidos en los bancos de la Plaza, donde también estaba el Ayuntamiento, el Comando de la Policía, los puestos de los emboladores y el Hotel Nutibara.
La reconoció tal como se la había imaginado: ruidosa, un poquito sucia, no tan caliente como las demás ciudades de la costa. Caminó las calles estrechas del barrio Colonial como un paisano, no levantó la vista a los altos edificios que afeaban el centro, en las tabernas y en las heladerías chasqueó los dedos para llamar a los meseros según la costumbre local y comparó sin pesar las grandes mansiones de Prado con los tugurios fangosos donde malvivían los pobres.
Lo único que conservó de su pasado fue el insomnio, al que se había acostumbrado después de dar vueltas y vueltas en las camas de una indescifrable cantidad de hoteluchos del interior, en pueblos perdidos que visitaba como representante de una distribuidora de alimentos enlatados; difícilmente la noche lo sorprendía sin cigarrillos, fósforos y revistas en las que husmeaba láminas de mujeres y alguno que otro artículo, siempre que fuese frívolo.
Cualquier día salió de la casa de su madre sin despedirse y erró mucho tiempo antes de decidir que ésta era su ciudad; el narrador ignora el porqué; sabe que la idea se le ocurrió al hombre en Medellín y que no precisaba huir; tampoco esperó una invitación; tomó el primer tren y llegó una tarde de agosto y se dijo a sí mismo que no saldría nunca.
El hombre era escéptico en el amor y se alegraba de que la vida no tuviese sentido.
El libro sin pastas esparrancado sobre el colchón le recordó de nuevo a López, la rata vieja y gris que se encontró en la habitación cuando aún no decidía mudarse del hotel. Ese día la rata lo miró con sus ojos pequeños, negros, desafiantes, de un modo que lo hizo sentir como un perfecto intruso. Al principio quiso conseguir un gato pero todo el asunto le pareció demasiado complicado y en menos de una semana terminaron siendo amigos; el hombre departía consigo mientras López mordisqueaba las revistas o un pedazo de fruta, hasta que lo socorría el sueño o la rata se escabullía en silencio por los rincones.
Estaba seguro de que López ya no aparecería pero esperar lo gratificaba; la rata representaba su primer afecto en la ciudad, su primera conquista de puerto. Era una amiga prudente que desaparecía por temporadas y la esperanza del hombre estaba puesta precisamente en que tal conducta explicara su ausencia. Sería fatal que muriese antes de encontrarla y que su cadáver se corrompiera en los caños.
De pronto se le ocurrió que todavía no planeaba el asesinato, algo fundamental si quería embalsamarla; no podía condenarla a morir a escobazos como cualquier rata de vecino, y de envenenarla corría el riesgo de perderla para siempre. Concluyó que lo mejor sería encerrarla y esperar que el curso implacable del tiempo le evitara mancillar sus manos con la sangre de un ser querido.
Reflexionaba sobre una buena trampa cuando llamaron a la puerta. Abrió y era la del 302, una morena sin atributos, casada con un empleado de los ferrocarriles; mujer simpática, en apariencia feliz, madre de dos hijos y amiga de absolutamente todo el edificio.
—Ya que no puede dormir, y yo tampoco, invíteme a un trago —dijo, con las manos atrás. Vestía una bata de por sí escotada a la que le faltaban dos botones; el pecho plano y huesudo quedaba al descubierto.
—Pase —dijo él, apartándose.
Ella buscó dónde sentarse y se decidió por la cama; dio unos saltitos apoyada en las manos como si probara su fortaleza; con una sola mirada reconoció la habitación. “Macho solo”, pensó.
—El problema es que no tengo licor; no bebo.
—Qué importa —dijo ella, apartando el pelo que estorbaba su frente. El hombre seguía de pie, sin decidirse a cerrar la puerta, confundido e incómodo porque no encontraba qué decir.
—¿Y su esposo? —se le ocurrió preguntar.
—De turno —respondió la del 302 y a Dios gracias en sus palabras no se insinuaba ninguna invitación.
El hombre cerró la puerta y ofreció un cigarrillo; al final se alegró porque era una buena oportunidad para conversar con alguien sin un propósito determinado, como conseguir un empleo, convencer a un cliente o comentar una riña callejera. Ella se preciaba de conocerlo y su cuarto le pareció igual de desolado que su dueño; en fin, le hablaría a su marido y tal vez una noche lo invitaran a comer, a jugar tute, a charlar amigablemente de política.
El hombre expuso sus preocupaciones respecto de López y la trampa y ella se ofreció para regalarle una jaula.
—Si me espera, ya mismo se la traigo.
Regresó poco después con una hermosa jaula para pájaros, con dos tapitas para el agua y la comida, además de un refugio de madera que parecía pequeño para López. Improvisaron la carnada con sobrados de carne y discutieron mucho sobre si López se dejaría atrapar; pero la del 302 alegó su mejor tesis.
—El cariño resta astucia.
Ella partió al amanecer y él durmió dos horas; cuando despertó y se levantó para el aguamanil vio a López dentro de la jaula, tranquila, con su hocico tembloroso pegado a las rejas. En la jaula tenía agua, comida, un trozo de madera, una revista sobre felinos de la National Geographic y espacio suficiente para moverse, pero el hombre sintió lástima porque López tenía allí los mismos ojos del ganado entre los adrales de los vagones, la misma sumisión al destino, la misma seguridad de una pronta muerte.
—Saber que el amor es una trampa en la que todos quisiéramos caer —le dijo en voz alta y, sin perder la rata de vista, terminó de arreglarse, despacio, pendiente de cada movimiento de López, seguro de que ahora podría cumplir su propósito de embalsamarla, cosa que no lo hacía feliz. Echó un último vistazo a la jaula y salió imperturbable a otro día normal de trabajo.


Guillermo Cardona
Ha ejercido su profesión de periodista (de la Universidad de Antioquia) como corresponsal en Colprensa y El Colombiano. Hizo parte de la Compañía de Humor Frivolidad, y del programa radial La Zaranda, como libretista, actor, músico y directo-periodístico. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Literatura a Novela Inédita, otorgado por el Ministerio de Cultura por la obra El jardín de las delicias. Seix Barral publicó en 2007 su segunda novela, La bestia desatada.


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