La fuga

 


Juan Sebastián Cárdenas

 


A él también le pareció extraño encontrarse conmigo, justo a esa hora en la que ambos tendríamos que haber estado en el colegio. Él iba tranquilamente por la acera de enfrente y yo levanté la cabeza como hacemos los de mi clase cuando vemos en la calle a alguien de un curso inferior. Me sorprendió que sonriera con desdén, como si el rango informal que me confería la edad le importara un bledo. Su insolencia no dejó de extrañarme y me acerqué para exigirle cuentas.
—De qué curso eres —le pregunté directamente.
—Tú estás cuatro cursos por encima del mío —contestó sin dejar de sonreír.
Concluí que también se había escapado de clases y le hice un guiño de complicidad que él no supo o no quiso corresponder con ningún gesto. Aquel era sin duda un niñito particular. La blancura de su piel y el brillo inteligente de sus ojos contrastaban con una boca descuidada de dientes diminutos y completamente cariados, casi de color violeta. De ahí que su sonrisa resultara tan desconcertante. Caminamos juntos en silencio durante un buen rato. Era la primera vez que me escapaba de clases, así que me encontraba un poco nervioso, cosa que el niño notó de inmediato.
—No te preocupes —me dijo—. A esta hora no hay nadie por aquí, disfruta del ambiente.
Era evidente que para él no era la primera vez. Se movía con demasiada soltura. En cuestión de segundos quedó claro que el novato era yo. Pero, aun así, ¿qué más me daba? ¿Qué podía importarme si nadie, absolutamente nadie nos estaba viendo? Aparte, él tenía razón. Había que disfrutar del ambiente. Al fin y al cabo no todos los días se tiene la oportunidad de abandonar a deshoras el lugar que nos asignan para ir a estudiar y recorrer los sitios donde se supone que no debemos estar.
Las calles, con sus casas de dos plantas casi idénticas entre sí y sus jardines bien cuidados, estaban desiertas. Era un día soleado. Habíamos recorrido ya la calle 1 y buena parte de la diagonal 4, casi sin darme cuenta me encontré de repente frente a mi casa. Entonces le pedí al niño que nos detuviéramos un rato. Mis padres estarían trabajando y la empleada doméstica ya se habría marchado. Durante unos minutos, siempre con la compañía silenciosa del niñito, recorrí los espacios vacíos de mi casa y, cosa extraña, me dio la impresión de que se trataba de la casa de otro. Ahí estaban mis cosas, mis juguetes, mi perro, mi televisión, mi consola de videojuegos, los objetos de mis padres muy bien ordenados por la empleada del servicio, la cocina reluciente, pero todo parecía ligeramente ajeno, distinto. La sensación de extrañeza, pese a todo, me producía un placer vacilante.
—¿Quieres que juguemos un rato con la consola? —le pregunté, pero el niñito se negó con la misma sonrisa desdeñosa y dijo que tenía que marcharse.
—Entonces voy contigo —le dije y él se encogió de hombros.
Caminamos hasta el final de la diagonal 4, yo algo más rezagado y nervioso, y acabamos en un cruce de caminos donde nunca antes había estado. Las señales de tránsito indicaban claramente las intersecciones: diagonal 2, calle 5, carrera 7. Por un momento quise detenerme, dudoso y asustado como estaba, pero el niñito siguió caminando con tanta decisión que me dio vergüenza y continué sin decir nada. Me sudaban las manos. Jamás me había alejado tanto de casa.
Más adelante, cuando ya habíamos avanzado unos doscientos metros por la calle 5, el niño se detuvo, se sentó en el prado de uno de los jardines, abrió su mochila y sacó una botella de coca-cola. Yo me senté a su lado y bebí con él del pico de la botella.
—Relájate —me dijo con la mirada perdida en el fondo de la calle.
Y después de un par de tragos del líquido negro añadió:
—Nada malo te va a ocurrir.
Le pregunté qué planes tenía y él dijo que quería llegar esa misma tarde a la Zona B. Al principio incluso pensé que bromeaba. Le hice saber que no podía creerle, que nadie tenía agallas suficientes para escapar tan lejos, pero él volvió a reírse con esos dientes podridos.
—Si quieres puedes venir conmigo —dijo como retándome, cosa que ofendió mi orgullo.
Estuve un buen rato sopesando los pros y los contras de llevar tan lejos mi travesura, y me dije finalmente que, por duro que fuera el castigo que recibiera al volver, mi deber era responder al desafío de aquel mocoso engreído y salvar así la reputación de los muchachos de mi curso. Yo nunca había estado en la Zona B. De hecho no conocía a nadie que hubiera estado allí, pues toda la gente que me rodeaba —amigos, vecinos y familiares— era poco o más bien nada proclive a viajar, ni siquiera por las zonas aledañas.
Después de terminar la coca-cola seguimos caminando hasta el final de la calle 5, donde nos topamos con un aviso que decía: “límite de la zona A” y que a mí me hizo temblar de emoción. En cambio el niñito ignoró el aviso y continuó con paso firme por una ruta que, poco a poco, empezó a parecerme más descuidada y fea, con algunos baches y fallas. Esta impresión se vio corroborada unos metros más adelante, en un punto donde el asfalto terminaba bruscamente para dar paso a un camino de tierra amarilla rodeado de árboles y plantas sin podar. Atrás había quedado la Zona A, con sus prolijas avenidas. Aquí todo lucía descuidado, sucio, salvaje.
No sé cuánto tiempo estuvimos recorriendo ese camino polvoriento. Quizás el suficiente para que de la euforia inicial pasara al aburrimiento y la impaciencia.
Muchas, muchas horas después divisamos el inicio de una calle asfaltada y algo más adelante, el rectángulo imponente de un letrero en el que, incluso desde muy lejos, se podía leer: “límite de la zona B”. Habíamos llegado. Ya empezaba a oscurecer. El resplandor de los últimos rayos de luz le daba un brillo especialmente hermoso a las hojas de los árboles.
Avanzamos por la calle 5 hasta que dimos con una intersección en la que, como leímos en las señales de tránsito, confluían la diagonal 2, la calle 5 y la carrera 7. Poco después, nos detuvimos a descansar en un jardín. El niñito abrió su mochila y sacó otra botella de coca-cola. Agotados y hambrientos, dejamos pasar el tiempo, bebiendo.
—¿Estás cansado? —me preguntó, echado en el pasto, mirando satisfecho el nacimiento de las primeras estrellas.
Yo asentí con un resuello.
—Hay una casa por aquí cerca —agregó—. Allí podremos pasar la noche.
Y dicho esto se levantó como impulsado por un resorte y empezó a caminar. En medio de la extenuación me limité a seguirlo por aquellas calles desconocidas y a la vez familiares (tan impresionante era el parecido con las calles igualmente prolijas de la Zona A).
Por fin, al fondo de un prado lleno de hojas secas que crujían con cada uno de nuestros pasos, vimos una casa que parecía abandonada. Accedimos a ella a través de una puerta ubicada en la parte posterior.
—Siempre está abierta —dijo él, haciendo girar el picaporte.
Adentro la oscuridad era total y mi reacción natural fue buscar el interruptor.
—No enciendas la luz —me previno—. Si los vecinos ven algo llamarán a la policía.
Lo seguí a tientas hasta la segunda planta, después de subir por unas escaleras en cuya balaustrada mis manos se llenaron de polvo y astillas de madera. Luego entramos a una habitación donde el niño improvisó rápidamente dos lechos con la ayuda de unas viejas cortinas y dos cojines de cuero. Me acosté preocupado, pensando que nos habíamos pasado de la raya. Escaparse del colegio era una cosa, pero esto ya era el colmo. Incluso pasaríamos la noche fuera, en una zona desconocida. Imaginé también los castigos a los que sería sometido y se me puso la carne de gallina.
—Debo ausentarme por unas horas —dijo el niñito interrumpiendo mis pensamientos.
Poco después escuché el ruido de sus pasos alejándose por la escalera. Intenté dormir sin conseguirlo. Pese al cansancio que me agarrotaba todo el cuerpo, la excitación por mi reciente hazaña no daba lugar al sosiego mínimo necesario para dormir. Con todo lo malo que me acarrearían mis fechorías, tampoco dejaba de pensar en las envidias que despertaría entre mis compañeros, en la fama que conseguiría en el colegio a partir de ese día. Fue esta idea, quizá, lo que me incitó a levantarme nuevamente. Durante unos minutos estuve caminando por la pieza, mirando de vez en cuando por la ventana hacia las casas vecinas. Luego, cada vez más excitado, decidí que saldría a caminar por los alrededores. No tenía ni idea de dónde me encontraba, pero estaba seguro de que no me perdería, pues el trazado, como descubrí poco después, era idéntico al de la Zona A, con el mismo sistema de calles, carreras y diagonales. Así, confiado, me entregué al vagabundeo más inconsciente en esa noche despejada y llena de estrellas.
De pronto, mientras deambulaba por la diagonal 4, me sorprendí al toparme con una casa idéntica a la mía. Me acerqué con cautela y me asomé por el enorme ventanal del comedor. Adentro mi madre, o una mujer que era exactamente igual a mi madre, se encontraba poniendo la mesa para la cena. Mi padre, o alguien idéntico a mi padre, esperaba con una expresión neutra a que mi madre acabara de prepararlo todo. A su lado, agarrando una mazorca, se encontraba un muchacho exactamente igual a mí, un muchacho que era como yo, hasta en su manera de agarrar la mazorca. En ese momento el perro del vecino ladró y mi padre miró hacia la ventana. No sé si me vio. En todo caso yo salí corriendo despavorido en dirección sur, hacia el final de la diagonal 4 y desanduve el camino hasta la casa abandonada. Como lo había previsto y a pesar de la oscuridad, no me costó dar con el lugar. Hice de cuenta que estaba en la Zona A y llegué sin problemas. Atravesé el jardín de las hojas secas y cuando me disponía a llegar a la puerta trasera, vi al niñito a pocos metros de allí, sentado sobre una piedra, rodeado de animales de escayola rota. Fui a sentarme con él, en otra piedra junto a la suya.
—Acabo de ver mi casa —le dije, pero él no contestó de inmediato.
Se quedó mirándome en silencio y esta vez percibí en su rostro algo parecido a la congoja.
—Yo acabo de ver la mía —dijo por fin.
—Pero tú ya lo sabías, ¿no es cierto? —pregunté.
—Hace mucho. Apenas lo supe decidí que viajaría de zona en zona eliminando a los que son como yo.

No hablamos más y a la mañana siguiente él se marchó incluso antes de que yo me hubiera despertado, con lo cual ni siquiera nos despedimos. Han pasado unos días desde que el niño se fue. De momento estoy bien aquí en la casa, aunque confieso que a veces tengo la tentación de seguirle los pasos a mi pequeño amigo nómada. Otras veces creo que debería regresar a mi zona, pero quién sabe porqué, no me decido a hacerlo. Creo que a estas alturas ya no podría dejar de observar a mi familia, de observarme a mí, a mis amigos...Tengo mucha hambre. Volveré a robar comida en mi casa esta misma noche, tarde, cuando todos duerman.


Juan Sebastián Cárdenas
Colombiano, modelo 78, traductor, cuentista y ensayista. Publicó recientemente su primer libro de relatos Carreras delictivas (Editorial Universidad de Antioquia, 2006).


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