Algo que ellos nunca querrán saber que eres

 


Natalia Maya Ochoa

 


De San Petersburgo llegamos la semana pasada. Mi padre decidió renunciar a su trabajo, luego de que mi madre se fugara con uno de sus compañeros somalíes de la ONG donde trabajaba. La familia de mi madre nos tenía preparada una recepción de bienvenida. Mi padre no parecía entusiasmado con la idea, pero yo sí tenía muchos deseos de volver a ver a mi abuela, a mis tíos y a uno que otro primo.
A las doce se había programado una misa, mi padre y yo llegamos a las doce y diez a la casa de campo de la familia, que queda a dos horas de la ciudad. Cuando entramos estaban en la consagración, por lo que nadie reparó en nosotros. Mi abuela de noventa y dos años, dos tías y tres tíos se encontraban de rodillas en el suelo. Cuando se acabó el rezo comenzaron a murmurar entre sí, algunos miraban hacia donde mi padre y yo estábamos, y nos sonreían. Entre tanto, mi padre empezó a recordarme uno a uno, quién era quién:
—Aquella mona flaca es Amanda, la enfermera, no se casó por quedarse cuidando a su abuela, excelente mujer. Ese es Darío, el de blanco, ya sí se quedó calvo. La mona gorda es Beatriz, no te imaginas cómo estaba de buena esa mujer, la acabó la pena, te acuerdas que le mataron al marido en la época de Pablo. Aquél es...
Gracias a esa recapitulación, cuando se acercaron los tíos a saludarnos, ya los tenía identificados y hasta pude llamarlos por sus nombres. Además, me presentaron otra generación de primos de la que ya tenía noticia. Para mis tías resulté estar muy buen mozo; para mis tíos, un güevón muy de malas porque, según ellos, me había tocado conocer a muchas rusas frígidas.
Como aguardiente es lo que se toma por aquí, yo ya me había tomado tres cuando reconocí a Roberto. Andaba acompañado. No se parecía en nada al niño de trece años que yo recordaba, ni a lo que había imaginado que sería de él. Esperaba encontrar a alguien muy distinto al que vi, porque él me lo decía esas tardes que nos metíamos juntos al armario a jugar con sus amigos, y yo me salía casi siempre gritándole a voz en cuello que a mí no me gustaban esas mariconadas. A veces, él se inventaba otra cosa qué hacer, y seguíamos jugando. Recuerdo que una vez con tono airado me respondió que a él sí, que a él sí le gustaban los hombres, y que él estaba seguro de que iba a ser un gran marica cuando fuera grande. Yo venía con mucha curiosidad por encontrarme con mi primo “el gran marica”, porque pensaba —entre otras cosas— si aquella familia tan tradicional había aceptado eso, de seguro la hazaña de mi madre no les horrorizaría tanto, en consecuencia, no me someterían a ningún interrogatorio, y además, pasaría incólume ante sus miradas. Lo que me preocupaba era que a primera vista no parecía ser así. Al acercarse, Roberto me saludó muy serio, y con un gesto extraño, sin embargo, al estrechar su mano y mirarlo a los ojos, creí sentirme confundido.
Mi padre, que se paseaba con una copa en la mano, empezaba a conversar animosamente con los tíos. Yo pasaba de tía en tía misteriosamente, intuía que me estaban preparando para llegar donde la abuela. Y así fue, al llegar donde ella no tuve que esperar mucho antes de que me hiciera la pregunta esperada:
“Mijito, ¿Cuénteme qué fue lo qué pasó con su mamá? ”. Aunque ya estaba preparado para esa respuesta, tener que dar cuenta de ello me molestaba. Eso de andar dando explicaciones de los errores que cometieron los padres, siempre me ha parecido tedioso, pues no sé por qué extraña razón me siento como justificándome. Como me temía, aquella justificación o respuesta, como quiera llamarse, me demoró toda la tarde. Entre tanto, mis tíos y tías, ya animados, comenzaban la fiesta. De vez en cuando se acercaba una prima medio prendida a invitarme a bailar, pero mi abuela les hacía una mueca hostil que las hacía devolver. Por sugerencia de ella, les mostré a todas la foto en la que aparezco con Dasha y Anton. Roberto no bailaba. Lo veía pasar por entre las columnas como si fuera un fantasma. De pronto aparecía a mis espaldas y me decía al oído: “Primo, tenemos que hablar”, luego se esfumaba en segundos. A veces, cuando mi abuela tomaba aire para hacerme otra pregunta insidiosa acerca de mi madre, levantaba la mirada y me topaba con la de Roberto.
Que mi tío Juancho se cayera estrepitosamente mientras bailaba, y que mi abuela tuviera que ir a preparar un caldo para bajarle la borrachera, fueron las excusas perfectas para ir a conversar con los tíos: nada, que el negocio del ganado estaba regular, que el mes pasado Gabriel se cogió un seco de la lotería, que si allá en Rusia se iba a misa, que había que votar por Gerardo Alejandro Bermúdez, “ Siií, para que le ayude a aquel con aquello”, que quién era esa con la que andaba Roberto, que si allá en Rusia se iba a misa (bis), y que si el novio de mi mamá era negro, negro de verdad.
Quizá fue a causa de esos cinco aguardientes, que me obligaron a tomar los tíos, por lo que decidí acercarme a esa pareja que conversaba discreta en un rincón de la casa. La misma que cuando pude ver mejor comprobé que eran mi padre y la tía Amanda (la tía que se quedó solterona por quedarse cuidando a mi abuela). Mi padre, ya bastante tragueado, me hizo señas para que los acompañara:
—¿Cierto que hacemos buena pareja? —me preguntó con esa sonrisita lasciva que le he visto hacer tantas veces.
Volteé a mirar a mi tía y noté que se reía algo sonrojada.
—Claro, claro —le dije, y me alejé rápidamente de ese atroz espectáculo.
Recuerdo haber paseado un poco por la casa en busca de Roberto, quería saber quién era su acompañante, sorprenderlo en algo. Cuando lo encontré, estaba en el corredor de afuera susurrándole al oído a alguien a su lado. No pensé mucho si los importunaba y decidí acercarme, pero en ese momento sentí que me llamaban por la espalda, era mi abuela:
—Venga, mijo, que usted y yo tenemos que seguir conversando —me dijo.
Entramos de nuevo a la casa, el volumen de la música se escuchaba más bajo. Algunos de mis tíos se habían ido a dormir, otros discutían en voz alta en un corrillo en el comedor. Beatriz se acercó con una bandeja de pasantes: “¿Mamá, quién es ese que está con Roberto?”, preguntó. Mi abuela no le respondió y volvió a llevarme al sillón en donde me había sometido al interrogatorio durante toda la tarde. Desde allí pude ver que mi tía y mi padre seguían conversando.
A las nueve de la noche, mi tío Juancho se levantó de la silla en la que había dormido la borrachera por más de dos horas, y se fue directamente al corredor donde estaba Roberto. Durante unos minutos se escuchó una algarabía. Instantes después mi tío Juancho entró con el ceño fruncido y se dirigió a la cocina. Mi abuela salió tras él. Veinte minutos más tarde entró Roberto solo y se sentó en la silla en la que Juancho había dormido la borrachera. Todos los que estaban allí guardaron silencio unos segundos. Momentos más tarde reanudaron sus conversaciones en un tono más bajo, sin mirarse a los ojos entre ellos, como sí lo hacen quienes confirman una sospecha.
Cuando el tío y mi abuela salieron de la cocina, Roberto se levantó de la silla en la que estaba sentado y comenzó a patearla. Luego empezó a correr por el patio como un loco y a estrellarse contra las paredes, en una de esas tropezó con la tía Emilia y la arrojó al suelo sin querer. Mientras gritaba que los odiaba a todos, seguía topándose con cuanto muro se le atravesaba. Mi abuela y las tías convocaban a la Virgen y le rogaban a Roberto que guardara compostura. Al notar que no reaccionaba, Darío y Fernando se le abalanzaron hasta lograr sujetarlo por brazos y piernas. Recuerdo que la tía Amanda y la tía Beatriz me rodearon por la cintura e intentaron llevarme a uno de los cuartos. Antes de que me obligaran a entrar, pude ver a Roberto de rodillas, sometido porque Fernando le estaba doblando un brazo por detrás. En su cara se dibujaba un gesto de dolor.
Cuando cerraron la puerta creí encontrarme solo en aquella habitación de paredes de tapia. Segundos después escuché un ruido. Me acerqué un poco para saber de qué se trataba. Oculto, a un lado del armario, estaba el acompañante de mi primo. Nos quedamos mirándonos: en aquella oscuridad me pareció reconocerlo.


Natalia Maya Ochoa (Medellín)
Egresada de la facultad de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad de Antioquia. Escritos suyos pueden encontrarse en la Revista de la Universidad de Antioquia y El malpensante. Actualmente se desempeña como editora del área de Ciencias Sociales del Departamento de Publicaciones de la Universidad de Antioquia.


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