El prodigio

Elkin Restrepo



Cuando mi mujer y yo descendimos del auto, el atrio de la iglesia estaba vacío. El cortejo fúnebre aún no llegaba pero no tardaría en hacerlo pues los oficios comenzaban a la hora exacta. Faltaban diez para las cuatro y todo estaba bajo ese aire de sábado en la tarde en el que la vida misma parece aburrirse. Una paloma revoloteó en una cornisa, un mendigo hizo sonar su tarro de monedas, otro auto se colocó detrás del nuestro. En el cielo una nube gorda amenazaba lluvia, en algún lado sonó una puerta.
Mi mujer sacó un espejo, revisó sus cejas y labios y no tuvo ningún problema en ponerse a repasarlos allí en público. El vestido negro le sentaba y la hacía ver más alta, incluso más bella, aunque no había que exagerar. Habíamos discutido hasta un momento antes, pues la muerta era una amiga suya con la que se había peleado tiempo atrás, y yo no entendía su repentino deseo de no faltar a la ceremonia y menos su obstinación en que yo la acompañara. Pero éramos un matrimonio de cierta edad y, ahora, pasábamos los días elaborando acuerdos en los que casi siempre yo llevaba la peor parte. Si el domingo quería ir al club del tango, una devoción tardía a la que no falto, debía entonces acompañarla a darle el último adiós a quien ya no era su amiga.
La verdad, no la animaba un sentimiento final de reconciliación, que sería lo más cristiano, sino —como lo decía sin ambages— la satisfacción de decirle adiós a la peor de las brujas, a la que, en mejores tiempos, seguramente habrían echado a la hoguera. Quería escupir sobre su tumba.
Curioso fue el motivo para que su amistad, iniciada en la infancia, diera un día al traste de esa manera y para que, ante sólo tocarle el tema, ella mudara de forma y se convirtiera en la peor arpía. En un besugo.
Sobre la hora, llegó el cortejo fúnebre. El ataúd, exagerado en sus adornos, casi festivo, fue trasportado al interior de la iglesia por los empleados de la funeraria que, exagerando su papel, sobreactuados, hacían insignificante por comparación, el dolor de los familiares. Nos sumamos al desfile y luego buscamos un lugar en las bancas cercanas al catafalco. Desde allí Elsa podría controlar, con mirada turbia, que el cadáver no se fuera a levantar. Ella sabría qué hacer en caso de que lo imposible sucediera, me dijo en un murmullo, mientras nos persignábamos y en el altar el sacerdote iniciaba la ceremonia.
Hasta donde sé, Valentina, la muerta, había vivido en Nueva York donde administró un sex-shop, se casó con un jamaiquino, fue al siquiatra y al final, deportada en un vuelo de American, la suerte le cambió bajo la forma de una tula encontrada, repleta de dólares. Montó un salón de belleza y, para devolverle a Elsa el regalo del pasaje a USA, la hizo su socia. Siempre era así, la una ayudando a la otra, comportándose como las hermanas que nunca habían tenido.
No llegaban a los treinta años, y la cercanía, el trato diario, los mismos gustos e ilusiones, terminaron por volverlas muy parecidas, casi idénticas. Semejanza que no las inquietaba y más bien alimentaban, vistiéndose igual, haciéndose el mismo corte, utilizando el mismo tono de voz, así el rumor callejero las hiciera objeto de burla y maledicencia. La diferencia estaba en que Vale tenía los hombres que quería y a Elsa aún no le llegaba el momento. Se mosqueaba cuando aquélla, medio en charla, le decía que eligiera con cuál de sus amigos quería quedarse. Un juego que dio al traste cuando ambas se enamoraron del mismo hombre y éste, actuando con astucia, las cortejó por separado, negando a la una lo que hacía con la otra.
El hecho es que, con maniobras de mago que incluían desaparecer o aparecer en el momento oportuno, logró sostener aquel noviazgo común durante varios meses, hasta que descubierto en sus mentiras, ante el dilema de escapar del escenario o elegir con cuál de las dos mujeres quedarse, decidió lo segundo, consiguiendo un efecto colateral: que Elsa y Vale acabaran siendo mortales enemigas.
La una jamás le perdonó a la otra la traición de haberle robado el hombre con el que había imaginado casarse, así éste, como después se comprobó, no valiera la pena.
La ceremonia continuaba. En el altar, el sacerdote sirviéndose de las palabras del evangelio, con voz compungida, cerrando los ojos cuando quería acentuar algún pasaje, armaba un sermón de consuelo y fortaleza para familiares y amigos. A mi lado, con graznidos de cuervo, metiéndome el codo sin ningún respeto, mi mujer contradecía cada una de ellas y amenazaba con hacer algo y acabar de una vez con tanta hipocresía. No olvidaba, ni podía olvidar la afrenta que la difunta le había hecho.
Cuando nos dirigíamos a la iglesia, conociéndola y para evitar cualquier eventualidad, yo había agregado a sus gotas de caléndula para el estómago otras de un fuerte calmante, que a ratos yo utilizaba en defensa propia y que la volvían plácida, incapaz de matar una mosca. Así que, por ese lado, mi inquietud no era mucha.
Vino el momento de la consagración y, poco después, el trío musical que acompañaba el ritual inició sus cantos. Lo de siempre, sólo que, para redondear, la soprano interpretó “Caminito”, una canción que no parecía encajar con el acto pero a la que, sin mucho escrúpulo, se le había cambiado la letra, acomodándole una de tinte religioso, lo que era ya una blasfemia. Para entonces, bien fuera por efecto de la droga o del puzzle musical, Elsa ya era otra y su aspecto bobalicón me aseguraba que las cosas podían seguir su marcha sin preocupaciones ni sobresaltos de ninguna clase.
Sin embargo, un momento más tarde, quizás porque la dosis había sido abundante, sus ronquidos hacían volver la cabeza a los feligreses y producían risa. Aunque, sacudiéndola por el hombro, intenté despertarla, fue inútil. Elsa andaba en aguas profundas y ahora empezaba a babear y a magnificar sus resoples vacunos, hasta el punto que el sacerdote interrumpió el Padrenuestro, echándome a la vez una mirada de reproche, como si yo fuera el culpable. Sentí entonces que, sobre mí, caía el repudio general, pues lo que estaba sucediendo no se compadecía ni en lo más mínimo con aquel momento sagrado. ¿Pero qué podía hacer yo?
Con la cara llena de vergüenza, intenté arrastrarla hasta la puerta lateral, pero lo que luego sucedió aún me produce escalofrío y pavor. Aunque en un principio Elsa no opuso resistencia, después, como si en su inconsciente supiera que la alejaba del funeral de su enemiga, empezó a trasbocar y a ponerse pálida; tanto, que temí un ataque. Fue cuando, exangüe, se deslizó de mis manos y quedó extendida en el piso, manchando su bonito vestido negro. Ahora a sus estertores se mezclaban mis gemidos y llamados de ayuda.
Se formó entonces un pandemónium.
En el altar, el sacerdote, comprendiendo a medias lo que sucedía, precipitadamente dio la bendición, poniendo fin a la ceremonia. Los músicos, pegados al guión, arrancaron con su versión inocentona de “Let it be”, mientras los empleados de la funeraria, solemnes como una guardia suiza, avanzaron con el catafalco hacia la puerta principal, donde algunos dolientes, sin saber qué pasaba, se atropellaban buscando la salida. Cuando, con alguna ayuda, logré levantar a Elsa y recostarla en una banca, el desfile fúnebre, que más parecía otra cosa, alcanzaba ya la calle y empezaban a oírse los primeros vehículos que arrancaban, despedidos. En un instante, el templo quedó vacío, como si allí se hubiera aparecido el mismo demonio, lo que aprovechó el sacerdote para bajar y con dedo acusador culparme, no sólo de grave irrespeto a un lugar sagrado, al mismo templo de Dios, sino a los muertos, pecado para el cual no existía perdón. Sin saber cómo hacerle entender que la culpa no era mía, tocó aceptar el regaño. Entonces los ojos se me encharcaron, un rasgo de mi carácter ante el cual ya no lucho y que mide siempre mi grado de impotencia ante los asuntos del mundo.
Aquí quizá valga dar noticia mía y decir que en la vida me ha ido más mal que bien y que responsable de esto es mi sentimentalismo, la lágrima fácil, el haber sido concebido —como me lo explicaba mi madre— en ritmo de bolero. Agréguese a esto mi poca estatura (algunos creen que soy enano) y el eterno problema con las mujeres que sólo me aceptan como un juguete, algo de lo que no excluyo a la misma Elsa quien, según lo adivino, aceptó casarse conmigo por puro despecho. Para los demás, no existo o existo sólo para ser pateado, como sucedía en ese momento.
El hecho es que cuando conocí a Elsa, sin ser muy hermosa ni simpática, supe que era la mujer de mi vida, por lo que inicié un cortejo que, para mi desesperación —nunca las lágrimas fluyeron de manera más natural— tomó casi siempre a broma. Conmigo nada podía ir en serio, me repetía, pero como si la lengua la castigara, tampoco podía dejar de verme. La verdad, no podía pasar por alto mis detalles y galanterías, mi devoción casi enfermiza por ella, por lo que se fue tejiendo una tela de araña difícil de romper.
Días malos y buenos se sucedían al ritmo de sus humores, pero lo mío es la paciencia, transformar la humillación y el desdén en un destello permanente del paraíso. Por amor, yo aceptaba todo, incluso que descargara a diario sus iras y frustraciones conmigo. Por supuesto, la gente siempre ve la paja en el ojo ajeno, no faltaban los comentarios, en los que se empleaban palabras ruines para calificar nuestra cercanía.
Recuerdo una: “Sadomasoquistas”, con lo que está dicho todo. A ojos comunes, pues, éramos unos raros, incluso unos perversos, lo que tampoco ayudaba mucho. Pero llegó el día en que su amiga del alma, saltando todas las reglas, le arrebató el hombre por el cual suspiraba, hundiéndola en un mar de depresión. Me convertí entonces en su paño de lágrimas.
Pasó el tiempo, el de todos los días, el que ayuda a afianzar hasta las empresas más imposibles, y he aquí, que, para mi sorpresa (y felicidad), cualquier mañana Elsa decidió que nuestra relación, ambigua hasta entonces, debía pasar a mayores y que lo mejor era presentarnos ante el notario y legalizar las cosas. Aceptaba que era una decisión donde había más cabeza que corazón, pero ella ya no tenía corazón, ni le importaba. Y para que no fuera un abuso conmigo, se comprometía, más allá de toda ceremonia, a serme fiel toda la vida. Y así iniciamos un camino que, no sin vicisitudes, pero sin que ella faltara a la palabra, nos trajo a este momento donde estábamos ahora.
De pronto, el sacerdote, cayendo en cuenta del estado de Elsa, se volvió hacía ella y, movido a la compasión, tomándola de la barbilla, la llamó “hija mía”. La removió incluso, hasta que Elsa abrió unos ojos legañosos, sin expresión alguna, que en ningún momento anticipaban lo que luego sucedió. Entretanto, yo le explicaba a él lo del sedante y mis temores y precauciones para que ella no fuera a embarrarla, capaz que era, durante la triste despedida de su examiga. De ahí había nacido el “impasse” en que nos encontrábamos, por lo que le pedía excusas, lejos estaba de irrespetar la casa de Dios.
En esas estábamos cuando, traída de tan inesperada manera a la realidad y sin poderse contener, Elsa soltó lo que le restaba, su entero ser, sobre el rostro y las vestiduras del sacerdote, que dio un chillido y, contra toda caridad, la maldijo una y otra vez. Consciente de su acto, espantada, sin darme tiempo a reaccionar, Elsa tomó su cartera y salió corriendo de allí.
Carreras, impases, dificultades y despropósitos no faltan a nuestra vida. A mi mujer, a veces la entiendo, a veces no. Cuando discutimos, vengativa, lo que es ya una amarga cantilena, grita y me amenaza con que me va a vender al circo. Y para que no dude de la seriedad de sus intenciones, forcejeando, me coloca el par de esposas, que un día compré para distracción sexual y hoy son un artilugio para humillaciones y tristezas.

Elkin Restrepo (Colombia)


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