Viento de luz en Boa Viagem


Andrés Nanclares

 

El día de su boda, sus amigos, a escondidas del destino, les recomendaron Recife como el lugar ideal para pasar su luna de miel. Que sus arrecifes de coral y sus puentes venecianos sobre los ríos Beberibe y Capiberibe, les dijeron, habrían de deslumbrarlos. Que cuando estuvieran allá, les aconsejaron, procuraran no permanecer demasiado tiempo en la alcoba del hotel. Para los menesteres del amor tendrían por delante una vida entera. Por nada del mundo, les advirtieron, podían privarse de dar un paseo a lo largo de la playa Boa Viagem, ir a las ruinas de Olinda y disfrutar del frevo y el maracatú.
La brisa y los lamentos del mar, mientras recorrían a paso lento y abrazados la distancia de arena con gaviotas que había entre el hotel y el Parque de los Barcos Naufragados, les parecieron de una tibieza y un acento diferentes a los de la costa caribeña de Colombia.
La noche anterior al viaje, en la biblioteca de su apartamento, donde se dieron a disfrutar de unos tragos de martini, habían sentido aposentarse en ellos el halo de una ligera desavenencia. Sin proponérselo, la construcción de un sueño compartido, hecho de casa de campo poblada de perros y de pájaros y de sembrados de pancoger, había abierto en la mirada de ella un fugaz y minúsculo espacio para el encono y, en la de él, el discreto temor de haber causado en ella una herida o de haber plantado en su corazón el germen predecible del desencanto.
Entre el aire cálido y el bullicio de la playa, vino ese recuerdo: “Que no eran los perros y los pájaros los que había que encerrar para evitar que dañaran las cebollas y las lechugas de la huerta”, había dicho él, molesto, cuando ella, vehemente, se empecinaba en sostener que era la huerta la que había que dejar libre de cercas y que los pájaros debían cantar desde las jaulas y los perros pasar sus horas amarrados a gruesas cadenas.
Caminaron por entre confiterías y puestos de frutas y oyeron el voceo de los vendedores de papagayos y refrescos. Entraron a un bar del Casco Antiguo y, otra vez, al calor de unos martines, convinieron hacer al día siguiente un recorrido en jangada por la costa y gozarse a fondo la Noche de los Tambores Silenciosos. Sin dejar de mirar el lento movimiento de un velero de viaje hacia las brumas, avanzaron a través de un grupo de hombres y mujeres que se exponía perezosamente al sol y llegaron hasta una piscina natural de agua azul, formada entre la arena y los arrecifes, y se sentaron al lado de almejas aferradas a las piedras y de cangrejos color sangre y de caracoles surcados de grises y de blancos.
Ambos, años atrás, en su época de novios, habían leído juntos, a una sola voz alta, a Geraldino Brasil. “Clase media”, uno de sus poemas, había despertado en ellos reacciones de signo contrario, similares a los de la noche anterior al viaje, en la biblioteca de su apartamento. Mientras ella había encontrado plausible la vida cautiva de los hombres del común, él había hecho expresa su simpatía por la vida sin amarras de los espíritus tocados por el hechizo de la poesía. Ahora, recorriendo sus playas, ella recordó que Recife era el lugar de nacimiento del poeta y sintió cómo su voz de luz devastadora irrumpía sin quererlo en su memoria de recién casada:

“Un médico.
Maravilloso en la familia.
Un ejecutivo.
Excelente.
Un ingeniero.
Un arquitecto.
Un abogado.
Magnífico.
Un poeta.
Mejor en otra familia”.

Caía la tarde y decidieron regresar al hotel. Desde la terraza, donde se había tendido bocarriba en una silla de plástico al lado de él, ella vio sobre el mar una nube espesa, una nube del color de la ceniza. Cuando sintió la nube reflejada en el espejo de su corazón, tuvo un presagio incierto. Se volteó hacia su marido y quiso repetirle al oído cada una de las palabras del poema. Pero un sentimiento de temor imperceptible la hizo desistir. Inquieta, decidió dejarse adormilar por las quejumbres del mar y la estridencia de las gaviotas de la arena con gaviotas. Vuelta sobre sí, pensó en perros atados a gruesas cadenas y en pájaros enjaulados. Pensó en el verdor libre de cercas de su huerta de lechugas y tomates. Volvió a ella la imagen de almejas aferradas a las piedras y de cangrejos color sangre y de caracoles surcados de grises y de blancos. Pensó en su marido y en el lento deslizarse del velero hacia las brumas. Pensó otra vez en el poema de Geraldino y, sin saber por qué, en los barcos naufragados del Parque de los Barcos Naufragados. Por último, creyó soñar que en un país lejano, contra un castillo de frágiles columnas, construído a porfía y a escondidas del destino por una pareja de recién casados, soplaba amenazante un devastador viento de luz.


Andrés Nanclares Arango (Colombia)
Es un reconocido mateólogo de la Universidad Externado de Colombia. Es de fama su cátedra sobre los fanfreluches constitucionales. En sus ratos libres, cuando no escribe cuentos, toca la flauta alemana de nueve llaves, la espinela y el arpa.


“...En cualquier parte, en nuestra casa, en nuestra vida diaria, en el interior de cada uno de nosotros, existen historias que merecen ser contadas y que pueden convertirse en una magnifica ficción; pero para advertirlo es precisa una actitud que es tanto un arma o un instinto de cualquiera que viva con un interés apasionado por la experiencia del mundo. En el origen del acto de escribir está el gusto de mirar y aprender y la convicción de que las cosas y los seres merecen existir: un sentimiento de respeto y a la vez de gratitud, una curiosidad que es sobre todo una celebración de la pluralidad de las vidas y del valor irreductible de cada una de ellas...Una gran parte de los relatos y de los artículos que yo he escrito, proceden de noticias del periodico.”
Antonio Muñoz Molina


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