Tauro

 

Christian Jaime Lazo


Salté a la plaza. El cielo ya había terminado de nublarse y amenazaba una ligera llovizna mientras la gente ponía toda su atención en mi caída. Me aseguré de no trastabillar para aprovechar ese tiempo. Continuando con una carrera olímpica me di cuenta de que tenía la mano derecha empuñada y trataba de distenderla para recibir mi casaca que la otra mano sujetaba. Aquel campo emitía un tono cenizo asepiado cuya cuadratura blandía los enormes muros y pircas que lo rodeaban. Yéndome dejé atrás el eco de Arturo y de Rodolfo: “la vas a cagar, ten cuidado”, <cuidado, cuidado, cuidado>; “no sabes lo que haces”, <haces, haces, haces>. Ni modo, ya era demasiado tarde. Siempre lo ha sido. Para tales momentos nada importaba ciertamente. Mi avanzar era violento y aparentaba decisión, todo para tratar de colocarme en una posición adecuada y estratégica. Pienso que más estratégica que adecuada; las ratas comprenden mejor que nosotros esas tácticas. Finalmente lo hice no muy lejos, no tan cerca. Mi cerebro percibía un zumbido anormal en mis oídos: <bit, bit, bit, …>, la sangre se me enfriaba y el espacio pectoral se me agigantaba como queriendo rebasar la jaula ósea. Mi aliento se hizo más metálico que de costumbre.
Tauro era rubio, más cetrino que marrón. Ese lugar, como tenía las esquinas y bocacalles truncadas por armadijos de postes y travesaños de eucalipto atados por gruesas waskas,1 era aprovechado por los lugareños para sentarse apiñadamente cómodos a modo de tribuna. Él, ya embravecido, después de unas demostraciones trabó su cabeza en una de estas barandillas fruto de un intento fallido. Cuando se zafó, ya me veía a una distancia de aproximadamente veinticinco pasos. Descubrí que sus vírgenes astas, a pesar de ser romas, mostraban un grado de separación regular. Había visto los wakras2 de otros y especialmente uno gigantesco presentaba una abertura mayor a la de los brazos de Atlas sosteniendo el mundo. Fatal. Casi listos estábamos cubriendo un radio de la misma distancia. Sí, los otros personajes que llevaban capas amarillas y rosadas; botas de vaquero, unos, y zapatos de fútbol gastados, otros; sombreros de paño o gorras; y sobretodo experiencia. Toreros. Yo sólo tenía mis agallas en la garganta y tenía que cumplir mi hado.
Taurios, corrida de toros o turu—pukllay3, era la excusa perfecta para encontrarnos. La banda de música infaltable en las fiestas patronales cambió de carnaval a pasodoble. Automáticamente me ubiqué tratando de llamar su atención. Mis piernas estaban arqueadas y el torso inclinado. Las manos temblorosas se aferraban a mi escudo de tela. Tauro no sabía a quién dirigirse. Así que empecé a gritarle: “aquí”, “ven pe’ huebón”, “ya me tienes”. Me acerqué unos pasos más y me palmeaba el pecho fuertemente. No sé de dónde mierda salió esa gallardía, pero me estimulaba para el dolor. Katharsis. Había un problemita entre esa bestia y yo.
Toda su figura reverberaba kallpa4. Su musculatura que se hendía y renacía de infinitos tejidos orgánicos que delineaban su inmensidad. La realidad se agrietaba con sus movimientos. Por mi parte, me veía obligado a reordenar un profundo revoltijo de tripas. Trataba de templarlas como las cuerdas de esas viejas guitarras capaces de gestar huaynos5 que se te inyectan por la columna a través de los oídos, que no dejan de expandirse en tu caja torácica y que te pueden reventar el corazón; dependencia química: peligrosa droga como el canto de las sirenas. Ñoqa,6 fui capaz de enmudecer al público espectador. Sinchi7 en mínimas cantidades afloraba por mis poros. Fui el único visitante que se aventó aquella tarde gris. Mi tarde.
Todavía sigo allí. Recuerdo que dos días antes entré como un extraño a ese pueblo. Una mochila desflecada, la camisa a cuadros, los jeans sucios y la barba destacaban en mi desastrosa imagen. Yo era más. No conocía a nadie en el pueblito y llegué caminando después de haber sido jalado por el chofer de un volquete que comprendió lo que es agitar la mano cerrada con el pulgar apuntando la ruta. Me dejó muy cerca. Divisaba los andenes verdes y los campos florecientes. El cielo estaba despejado; ya se iban los aguaceros. A medida que continuaba trataba de replantear mis circunstancias. “Pariacaca”, pensé de repente. “Eres como él”, me dije. “Manan, Pariacaca era divino y heroico, hijo de Cuniraya, Hatun Wiraqocha”,8 me respondí mentalmente. Un chasquido involuntario de labios señalaba tal desaprobación. Al remembrar esos personajes mitológicos que como un viejo andrajoso llegaba a las fiestas de los pueblos para probar la generosidad de los llaktaruna,9 me sentía profundamente minúsculo. “Entonces, ¿qué mierda soy?”, insistí. Luego determiné con más convicción y en voz alta: “Llanka puriqok runa kani”.10 Así dejé de hostigarme, al menos por esos momentos. Incluso el peso de mi mochila se alivianaba y mi ego aparentaba desvanecimiento. Tronaba el cielo, gracias a esos artefactos pirotécnicos humanos y también a ese don divino del sonido lleno de ímpetu: Dios, Zeus, Illapa.11 ¿Quién sabe? Sentía un desierto en mi garganta que evocaba el trajín de otras caminatas que compartí con los cerros y con el viento. Mis hermanos. La chicha, la cerveza y el vino saciarían todo ese esfuerzo físico en demasía. Pero muy adentro tenía otra clase de sed; me encaminaba para sacarme un clavo, para hacer crecer lo que indirectamente habían sembrado en mí. Hacía tiempo que Gerardo se fue a España para trabajar y dejó mi conciencia ebria de gustos y pasiones. Al comienzo, una vez de tantas, tomándonos unos tragos traje a mi mente ese trillado cliché: “¡Basta ya!, la corrida no es arte ni cultura, es tortura”. Frase insignificante que se desplomó inmediatamente, abriendo y mostrando un orificio en el cual se vislumbraba un universo más próspero y disfrutable cuando me dijo: “enfrentarse a un toro es como enamorar a una mujer”. Sí, salir al encuentro de una de esas ñañas12 que hacen fallar más las neuronas del homo sapiens varón. A partir de entonces todo aquello fue mutando en esto. Ya no necesitaba más palabras para comprender, ni para ver, ni mucho menos para sentir. Mis pasos llenos de duda siempre mantuvieron esa intención.
Vino hacia mí. Toda esa masa pretendía despedazarme sin tener en cuenta la historia. Quise obnubilarme o transubstanciarme, pero no pude. Me hice a su lado derecho y pasó majestuosamente. Estuve tan cerca de él. Vi su pelaje y olí la libertad de su cuello, de su lomo, de su cola. Bruscamente regresó y yo quería preservar la magia de ese romance. Traté de hacer un segundo pase. En ese momento desapareció de la memoria mi precaria teoría sobre la tauromaquia. Sabía que estaba a punto de enredarme en su área frontal y ya lo tenía encima. Busqué nuevamente su costado, pero él fue quien me ganó la cara. Instintivamente escapé a campo abierto. Ese monstruo seguía detrás de mí. Yo corría como un chaski13 llevando una noticia histórica o como el heraldo Hermes saliendo del Hades. Giraba para verlo y siempre estaba próximo a derrumbarme. Sus gruesos wakras14 rozaban mis talones. Solo tenía que asestar un golpe preciso para hacerme caer. Tan vulnerable Aquiles. Un muro pircado se avecinaba a unos treinta pasos más. No estaba permitido desmayar. El clamor de pánico ante la inminente desgracia proliferaba en los contornos de la plaza. Un nuevo vistazo y Tauro se detuvo. ¡Lo cansé! De no haber sido así, una hybris terrible se habría desencadenado. Menos mal los dioses no lo permitieron. Habiendo superado la conmoción, yo estaba pálido, suspiraba y me dolía el vientre. Mi cuadrilla seguía tragando y chupando15 en la seguridad de sus palcos. Desertaron ante mi proyecto, pese a que lo pactamos las noches anteriores. Mi convencimiento de lo ocurrido no era absoluto, pero sucedió al fin. Los otros toreros me dejaron solo, sapallay.16 Mis anfitriones me recibieron con aplausos y felicitaciones. Absurdos honores. Otras madres gritaban frenéticamente a sus hijos para que no siguiesen mi mal ejemplo de poner los pies en la plaza. Podría haber graves consecuencias.
La fiesta se desarrolló con normalidad. Ya después, una señora me preguntó: “¿Por qué chica has toreado, hijo?”. Aunque había un par de ñañas17 buenas, evité verlas y tratarlas hasta que pasara toda la jornada. No quería dar a entender lo que concientemente no pretendía. “Por nadie señora. Sólo es algo que quise hacer. Un reto. Creo que no lo hice tan mal como esperaba”, respondí tranquilamente y sonriendo. Pero nadie sabe que angustiosamente estuve esperando un Tauro de mi gusto y que me lancé solo cuando mi sonqollay18 me dijo: “¡Ese es!”. Había tenido varias imágenes catastróficas que me atormentaban constantemente. Principalmente una, que consistía en exhibir los intestinos verdes y grises ensangrentados. No quería hacerla de pobre Prometeo. Pero por otro lado sabía que si no toreaba me iba a deprimir y tendría que cargar una frustración más. Permanecería impaciente hasta encontrar otra ocasión tan especial como la vivida. Estuve entre Caribdis y Escila, pero crucé el paso.
La satisfacción momentánea sólo pudo darse gracias a un millón de suerte. No me interesa haberme promocionado haciendo un ridículo debut. Pero me enfrenté a Tauro y pude enseñarle mis dientes y mis garras, ya que normalmente nunca lo hago. Eso es todo. Ya de noche, hablando y tomando con unos amigos, comencé a recordarles mis lecturas sobre Heracles cuando capturó el Toro furioso de Creta o de Teseo cuando vence al Minotauro. Apretaba tanto mis manos al cerrarlas y gesticulaba desorbitando mis ojos que seguramente mis waykichas19 me creían demente. Mitos que eran tan distantes en tiempo y espacio pero tan míos en una irrelevante y fugaz noche. Para ese día se preparaban los mejores picantes20 y entendí que la hecatombe de cuyes21 y la chicha eleusina no sólo eran por costumbre, sino también para los forasteros que llegan y dan lo poco que pueden dar, aunque sea su llaki22 vida.
Parte de mi angustia se desvaneció. A Tauro no lo vi más después de dejar el toril junto a sus otros 13 hermanos de media casta. ¿Qué habrá sido de él? Yo me quedé tres días más en el pueblo, haciendo profanamente las cosas que se presentaban. El último día, para despachar la fiesta, hicieron misa. Me llamaron para ayudar a cargar un anda de la virgen entre cuatro. Fue una procesión por todo el pueblo, lenta y larga. La virgen pesaba como un Titán. Así me di cuenta de por qué los otros desaparecían justo entonces. Quedé con los hombros maltrechos, pero al final creo que es el dolor que me faltaba sentir. Un dolor sagrado.


1Cuerdas

2Cuernos

3Juego con los toros.

4Fuerza.

5Género musical andino de origen prehispánico.

6Yo.

7Valentía.

8 “No, Pariacaca era divino y heroico, hijo de Cuniraya, Gran Señor”. Pariacaca y Cuniraya: héroes culturales divinos del mundo andino.

9 Pueblerinos o lugareños.

10 Soy el hombre que camina por gusto. Hace referencia a la caminata sin objeto o fin determinado.

11Deidad andina del rayo.

12Hermanas o muchachas.

13Mensajero en el imperio inca.

14Cuernos.

15Peruanismo. Significa ingerir alguna bebida alcohólica.

16Siempre.

17Muchachas.

18 Mi corazoncito.

19 Hermanos o amigos.

20 Nombre de un plato típico.

21 Cuyes o Curíes.

22 Triste.



Christian Jaime (Perú)
Antropólogo patafísico, que ha desarrollado investigaciones de campo en los Andes peruanos y asimismo se inicia en la “ficción”. Ha podido hacer trabajos comparativos fotográficos sobre la diversidad cultural.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente