Tres pisos más arriba

 


¿Por qué escribo prosa? Es igual a preguntarme por qué escribo poesía: por necesidad, por placer, por convicción con las palabras, por ajustar cuentas, por poner las cosas en claro. Me encanta un título de un libro de Octavio Paz: Pasado en claro. Sucede que en esa búsqueda, en esa mina que es la literatura, encontré la veta de la poesía pero también encontré la veta de la prosa.
En este aspecto, ya desde mi primer libro hay dos poemas en prosa; en el Confuso trazado de las fundaciones están 3 espacios de Bogotá, poemas en prosa que dieron origen a Botella Papel. Era tal la felicidad que sentía al escribirlos que no los llamé poemas en prosa sino “Poemas en Prozac”.
Así como hay cosas que no puede decir la prosa, hay otras que no puede decir la poesía. De esta manera, una necesidad de invención que siempre me ha perseguido dio como resultado Páginas de en medio, libro de cuentos que surgió del resultado espontáneo de inventarle historias a lo que leía. Recuerdo como una revelación ese día que leí en el periódico El Pais a un tal Györgi Klapka, quien dijo: “no sé por qué extraña razon hay un buen número de enanos trabajando en una fábrica de bombillos”.
Escribía por la pura felicidad de inventar, sin saber a dónde iba a llegar. Así sucedió con la totalidad de esos cuentos: una aventura donde el primer sorprendido era yo. Sabía que había una historia y a medida que la escribía la iba encontrando.
Luego vino este libro, Tres pisos más arriba, con un título un tanto similar en su desconcierto al del primero, su hermano mayor. Pero la principal diferencia es que en todos los cuentos ya sabía lo que iba a suceder: como la mayoría eran recuerdos, tuve la sensación de que iba a ser más “fácil” escribirlos, que sólo tenía que poner en orden los datos y ya estaba. Pero no fue así de sencillo como lo pensaba. Ya en el proceso de escritura me di cuenta de que estos cuentos eran como una carretera rodeada por dos abismos: por un lado el peligro de la inmediatez, de la proximidad del narrador a lo narrado que no permite el alejamiento, la “creatividad”, por decirlo así. Y el otro abismo: que una cosa es el lenguaje con el que se cuenta un cuento y otra cosa muy distinta es el lenguaje con el que se escribe un cuento.
De manera que al alejarme, al desdoblarme, al distanciarme, se me apareció la narración con más claridad, sin que eso significara que se simplificara el trabajo de la escritura. Por el contrario, el proceso de la escritura de este libro fue un tanto tortuoso, ¿pero qué escritor no se somete feliz a la tortura de la escritura? Cuando uno está contando un cuento, la idea es que todo fluya, que de A se llegue a B y, mediante algunos golpes de efecto, se llegue, hasta el final. Además, quien lo cuenta omite detalles a las personas que lo están escuchando, y ellos a su vez saben cosas del que está hablando, por lo tanto se crea un espacio de entendimiento tácito que hace que los cuentos, las historias, se entiendan con rapidez y en profundidad.
Pero, otra vez, en este caso no fue así. Pongamos por caso “Vivir al nivel del mar”: tardé una semana en narrar cuando el personaje sale de la oficina y llega hasta su apartamento que, supuestamente, se está incendiando. Si lo hubiera dicho de manera oral no habría tardado más de dos minutos, pero escribirlo es a otro precio. Otro ejemplo: tardé otra semana en escribir desde que llegué al apartamento de Arturo hasta encontrar los libros. De la otra manera, en medio minuto lo habría contado.
Por lo tanto las cosas no son como se dicen sino como se escriben. Cuando se cuenta oralmente una historia, hay una cantidad de datos que se dan por hechos y, a su vez, el que los escucha compone un retrato y lo encaja porque ya conoce la persona que se lo relata. Cuando se escribe, por el contrario, todo lo que es tácito tiene que ser explícito.
Me encanta la historia de Paul Auster. Quería escribir poesía, y de hecho la escribió, pero sentía un bloqueo enorme, tardaba semanas en llegar a una palabra y eso le gustaba pero también lo amargaba mucho, porque era mucho lo que él quería decir y las palabras no le daban, o mejor, la poesía no le daba. El tenía la historia sobre un investigador y otra sobre el béisbol, pero sentía que la historia era barata y barata su literatura, pero cuando un día decidió escribirla, descubrió la puerta que había en el muro y la abrió, porque comprendió que no sólo era la historia sino cómo la decía, dejando entrar sus fantasmas, liberando a sus fantasmas de los grilletes de la poesía. No era una historia más: era su historia. Y se sintió feliz en su nuevo estado conyugal: se acostó con la poesía y se despertó con la prosa. Si antes hablé del Prozac, ahora tendría que hablar del Viagra: novelas en Viagra. Las habrá escrito enviagrado...
La musa no sólo escribía estrofas, también sabía escribir párrafos.
Otro elemento es el azar, pero el auténtico azar, entendido como una suma de casualidades que nos acaban cambiando el destino, sin poder modificarlo, o al contrario, quien nos hace el destino es el azar. Creo que todos los diez cuentos, como dice en la dedicatoria, son “Desvaríos”.

Ramón Cote Baraibar (Colombia)
Poeta y narrador. Ha publicado entre otros: Poemas para una fosa común y Botella de papel (poesía), Páginas de en medio y Tres pisos más arriba (cuentos). Ha ganado importantes premios de poesía en España.



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