Un amigo de papá

 


José Libardo Porras Vallejo

 


—¡Ya vine! —informa Alberto.
Desde el cuarto de la televisión, donde Cecilia se encueva a leer, le llega una especie de gruñido que significa “ya estoy enterada”. Si el gruñido proviniera de una boca con menos estilo que el que Cecilia aprendió con las Hermanas de la Presentación, podría significar “no me importa” o “¡púdrete!”.
Cuelga el saco en la percha, camina a la sala remangándose la camisa, sirve un vaso de ron, lo deja en la mesa de centro junto a la botella y pone a sonar un disco de su colección de boleros, de ésas que los periódicos venden a nada a los subscriptores fieles. Aumenta el volumen. Con la irrupción de la música cesan las carcajadas en la habitación del hijo. Se sienta en el sillón de cuero que nadie osa ocupar en su presencia, estira las piernas, se afloja la corbata y toma el primer trago; en la oficina se había echado unos cuantos, cinco o seis tragos furtivos a pico de botella para mantenerse alerta, y otros tantos en Leukos Bar, el punto de encuentro de sus colegas en el centro de la ciudad. Lo saborea, por la garganta le baja una bola de fuego que se le asienta en el estómago. Ésa sí es vida. Se lo merece después de un día de labores, una jornada agotadora no tanto por los montones de informes y cartas que debió despachar, como por las tensiones a que la junta directiva los tiene sometidos a todos con el cuento de la reestructuración y el recorte de personal. ¡Como si no tuvieran bastantes cargas! ¡Como si lo que hiciera falta no fuera más gente! Pero a los dueños qué les va a importar el padecimiento ajeno. Qué les va a importar que él les haya entregado media vida. Dicen que van a reestructurar y a recortar personal, y lo hacen. Diez, veinte, treinta desempleados de un plumazo. Al fin y al cabo son ricos y no conocen los rigores del asfalto. Mas no sólo es la inestabilidad de su puesto de trabajo lo que le perturba. Está la hipoteca. ¿Cuándo se vencerá el último plazo? Si no paga a tiempo deberá desalojar, deshacerse de los muebles y los electrodomésticos y arrimarse a los suegros, a esos ogros que, por la tendencia natural de los padres de dañarle la vida al tonto que se ha hecho cargo de su hija, lo recibirán decididos a humillarlo. Nosotros se lo advertimos, le machacarán a la hija caída en desgracia, se lo restregarán; con ese pobre diablo, con ese desvergonzado, con ese muerto de hambre no llegaría a ningún Pereira. Pobre diablo, desvergonzado, muerto de hambre: así se refieren al yerno, es evidente que no lo quieren; el yerno a sus suegros, por la ley de la compensación universal, tampoco. ¿Aunque de quién fue la culpa si no de ellos que se empeñaron en empujarlo al charco? ¡Dizque el que no arriesga huevos no saca pollos! Él se había opuesto a embarcarse en una propiedad tan costosa, y eso se lo tendrían que reconocer los vejestorios. Aparte de los excesos a que lo indujeron para que se pusiera a su altura. Muebles de lujo, cortinas y ropas de cama, cachivaches. Mierda es lo que le sobra a uno en sus alturas. En su apartamento de estrato cuatro vivía a cuerpo de rey, apreciado por los vecinos, quizás envidiado, y hasta le alcanzaba para echarse sus canas al aire y tomar whisky en vez de ron nacional. Era cabeza de ratón. Aquí, en cambio... ¿Cuánto lleva sin estrenar calcetines? Vergüenza le daría que alguien viera sus calzoncillos. ¿O en el fondo él también deseaba trepar y no se opuso? ¿Aunque por qué se iba a oponer a mejorar su situación? Querer mejorar la situación propia no es delito y los que se burlan de quienes quieren mejorarla llamándolos arribistas son unos envidiosos. El error fue no haber mirado bien los medios. Pero ya no hay nada qué hacer. Tiene las manos atadas. Depende de que no lo despidan de la empresa y de que le aprueben la solicitud de ampliación del préstamo. Abrir un hueco para tapar otro. Unas son de cal y otras de arena, se dice. ¿Cuándo saldrá del embrollo? ¡Al diablo los embrollos! Llena el vaso y bebe. El brazo le duele. Si no fuera por el ácido úrico que en ocasiones se le dispara, le pone la pata encima y le impide todo movimiento, diría que en términos generales se encuentra de pelea. Lo del sobrepeso y el colesterol podría remediarlo con un poco de disciplina: caminar a la madrugada, no comer grasas y disminuir el licor. ¿Qué hombre que como a él le haya tocado hacerse solo, luchar contra el mundo a brazo partido, a su edad no lo aqueja algún achaque? Que le muestren uno siquiera. Incluso él se puede dar por bien servido. Los conoce que a los cuarenta y cinco ya tienen problemas del corazón, o sufren de cáncer o de diabetes. Enfermedades incurables y mortales. Cuarentones y cincuentones que siendo modelos de templanza tienen el cuerpo por cárcel. Brinda: A mi salud. Coloca el segundo long play. “Esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú...”. Se sumerge en la música.
Cecilia lo mira como si de una mierda se tratara. Otra vez la crápula, reniega, quién lo aguantará.
—Hasta mañana, Alberto —le dice.
Se mantiene a distancia, así él no le podrá coger la mano, atraerla a su lado y besarla. Se acerca a la puerta del hijo, da tres toques y, pese a estar en vísperas del fin de semana, le recomienda no trasnochar delante del computador. El joven no contesta. Ella le da las buenas noches y empieza a subir al segundo piso.
Alberto, sin despegar la cabeza del respaldo del sillón, abre los ojos que contra su voluntad se le habían cerrado y, para nadie, murmura:
—Hasta mañana.
Mañana. ¿Qué hará el día siguiente? Antes destinaba el sábado a acompañar a Federico a sus cursos de música o de pintura y a los entrenamientos en la academia de fútbol. Ahora el muchacho prefiere ir solo, incluso le ha pedido que no vaya a los partidos del campeonato intercolegial porque, asegura, hace el oso con sus entusiasmos y sus escándalos. De tal palo tal astilla. ¿Acaso él mismo no fue siempre un lobo solitario? Si su hijo no se comportara así, él no se podría reconocer como padre y enorgullecerse y tendría dudas sobre el futuro. Pero no. Puede confiar: ese chico, cuando se haga mayor, será la gloria familiar y, por qué no, su bastón, su apoyo, la solución a los problemas de dinero. A él le entregará el timón. ¿Cuánto le faltará para finalizar la secundaria? ¿En qué grado va? ¿En octavo? ¿En noveno? Ese dato lo debe tener fresco su esposa, que es la acudiente.
Mañana. La palabra le resuena. Antes visitaba a sus padres y jugaba con ellos cartas, lotería o Scrable, pero el viejo falleció y la vieja vive en un sanatorio de provincias. Si mañana fuera un día de entresemana, un día laborable, hablaría aquí y allá en procura de un nuevo plazo para la hipoteca, movería fichas influyentes para agilizar lo del crédito y hasta trataría de averiguar en qué va la reestructuración, si es inminente el recorte de personal y si su nombre está en la lista negra, pero será sábado. Así que mañana estará libre. Brinda por la libertad. “Temes / que yo diga un día / en cualquier esquina / que tú fuiste mía...”.
De pie ante los dos cuerpos que le corresponden del ropero, Cecilia percibe la mezcla de los perfumes suyos y de las lociones del marido, la revoltura que al principio, muy al principio, hace veinte años, la excitaba, y que ahora le produce náuseas. Ya hasta lo nuevo le hiede a viejo, a rancio. Se desviste. Gira despacio imaginando que ve en el espejo una pantera. ¿Una pantera? ¿Entonces por qué me siento seca, fatigada, frágil, confusa, amordazada, apática, atascada, impotente? La pantera, concluye, está dormida, de lo contrario no habría sido tan amable, tan conciliadora, tan apacible, no habría perdido conciencia de su territorio. ¿Y si la despertara? ¿Cuáles serían las consecuencias? Piensa en su hijo y en su marido y comprende que por más que lo quisiera no le estaría permitido ser una pantera ni ninguna fiera salvaje; quizá podría ser un animal, pero domesticado: una vaca lechera, una yegua de carga, una gallina ponedora. Por la pose, su propia imagen, desnuda, le recuerda a la Eva de Durero, y por las redondeces a una Venus de Velásquez. Se ve descolorida, falta de sol. Un gordito aquí, otro allá. No me tumbaría el viento, pero todavía me puedo mover con gracia. Alza los brazos y, envarada, en un balanceo con reminiscencias de flamenco, levanta una pierna y luego la otra. Se pone un camisón de seda azul añil, entorna los ojos, siente la textura del tejido. La emociona poder disfrutar las texturas de los materiales. Encuentra más sensualidad en esa tela que en las pieles que ha conocido, la del hijo niño y la del esposo. La del hijo, suave y tibia, era sólo eso: suavidad y tibieza. Si la de Alberto le producía algo, no lo recuerda; ahora le parece correosa, un cuero áspero, una lija que la lastima y fastidia al menor contacto y por lo que, a la hora de dormir, interpone entre ambos cobijas y sábanas. Le duele hallar más sensual un tejido que una piel, lo considera inhumano. El camisón, con el movimiento, se abre y deja ver sus entrepiernas hasta un palmo arriba de las rodillas, donde se insinúa una sombra acogedora.
Se sienta al tocador. Cruza las piernas. Se recoge el pelo atrás y lo estira. El rostro se le alisa, los ojos se le achinan. Teatralmente abre la boca, saca la lengua, se humedece los labios, se cree una vampiresa; esboza muecas sucesivas de tristeza y de alegría.
—Estás hermosa —le asegura la Cecilia del espejo.
—Estoy horrible —replica ella y arruga la frente.
—Eres una princesa y has vivido confinada en la última torre de un castillo.
—Soy una más en la galera.
—Afuera están los jardines con fuentes, los campos de cultivo, los cotos de caza, todos tuyos.
—Mi obligación es recoger la basura, acarrear los cubos de las heces.
—El viento peina las espigas, el aire se embriaga de fragancias de la tierra, de musgos y resinas.
Al soltárselo, el cabello, ubérrimo, le cae en los hombros igual a una cascada de hulla. Se pasa una mano por la cara como si hiciera un pase mágico para liberarse de una máscara, y sonríe.
—Eres una intrusa —murmura.
—Soy tu guardiana —repone la otra antes de evaporarse. El eco de sus palabras perdura.
Se unta crema en el cutis. Le alegra que aún le importe cuidarse. El descuido sería un síntoma de renuncia y abdicación. Dejadez = vejez. Y se cuida para sí misma, aunque no estaría mal si esos cuidados la hicieran ser admirada, apetecible, deseada. ¿Deseada? Si el deseo es un asunto de sexo, ¿qué gracia tendría ser deseada? Hace veinte años Alberto la halagó haciendo que se sintiera deseada y ya conoce el desenlace de esa clase de halagos: al comienzo, fresca la carne, consistía en un continuo saltarle encima que ella aceptaba esforzándose, al tiempo sumisa e impulsiva, poniendo cuanto podía, cuanto daba su inventiva, porque tal vez así ocurriría el milagro, la epifanía; después, agotadas las esperanzas, en soportar la tortuosa gimnasia del otro, sus jadeos monótonos; finalmente, en implorar a Dios que hiciera cesar los asaltos, pero Dios no oía: ni siquiera ahora que Alberto volvió a sucumbir en la bebida los asaltos han cesado. Consentiría que su esposo se consiguiera una amante y la dejara a ella en paz, no porque tenga una mente abierta sino porque sería igual a levantar entre ambos una muralla para poder dormir junto a él sin temores ni expectativas. A veces, tras dormir la borrachera en la sala, en particular si no debe ir a la oficina, antes del amanecer él se echa a su costado y, envolviéndola en su aliento fétido, le busca entre las piernas, le estruja los pechos, le restriega la barriga peluda en su vientre y le arrima el sexo fláccido e inútil. Ser deseada es estar en peligro de ser manoseada y obligada a manosear ­—porque la cosa ésa necesita ponerse dura, o hacerse cosa si es cosita—, para que ella pueda, luego de ser pisoteada, ser virilmente, debidamente atarugada. ¿En cuántas ocasiones ha sido feliz, dichosa hasta el tuétano, hasta no importarle morir? ¿Ha tenido orgasmos genuinos desde cuando se sintió deseada por vez primera? ¿Cuántos? No los ha contabilizado y si fuese a hacerlo no recordaría ninguno. Si los hubo, no le nutrieron la memoria. Aunque puede ser que lo que ella tenga por “orgasmo” no exista sea una ficción; puede ser que lo que la gente llama orgasmo sea ese quedar al borde de un abismo, ese casi sucumbir cuando lo único que se desea es, precisamente, sucumbir. Si es así, ha tenido orgasmos de sobra, y ya basta.
Se acuesta en mitad de la cama doble de las denominadas “matrimoniales”. Piensa que sería buena idea aserrarla y sacar de ella dos higiénicas y saludables camas de noventa centímetros de ancho. En una hora su esposo acabará la botella y destapará otra que dejará iniciada, porque antes del segundo o tercer trago ya se habrá fundido. Se arrepiente de haber desperdiciado otra vez comida dejándosela servida en el calentador. Se mete entre las cobijas y apaga la luz. Aguza el oído. Las notas de un bolero le llegan en forma de murmullo.
Hartos de los juegos del computador, Federico y su condiscípulo navegan en el ciberespacio sin conformarse en ningún sitio, saltando de uno a otro entre los que no están proscritos. Lo hacen sin interés ni entusiasmo. El joven visitante necesita marcharse, es tarde y en casa lo aguardan, y ha hecho varios intentos, pero Federico lo ha atajado con la promesa de mostrarle maravillas, con supuestas sorpresas.
Federico siente odio hacia la madre por haberle cancelado el acceso a los sitios web de porno, con los que podría retener al otro hasta cuando el padre hubiera subido al dormitorio o hubiera apagado la luz de la sala, y él pudiera salir tranquilo, libre de vergüenzas, sin sentirse obligado a inventar explicaciones. ¿Por qué no puede tener un papá normal, uno que no se embriague todas las noches? O al menos uno que si se embriaga lo haga oculto, no expuesto a los ojos de los visitantes. Cuando crezca y consiga empleo buscará vivienda para él solo, y al padre ni siquiera le informará la dirección. Por el momento suspenderá las invitaciones a sus camaradas, no más vida social en su casa, no más juegos.
El equipo de sonido se ha silenciado. El amigo se levanta para irse; está resuelto. A Federico le será imposible disuadirlo. ¿Y si le propusiera el juego de salir con los ojos vendados? No. Eso habría funcionado antes, no ahora. Ya no son niños. En definitiva, al pasar por la sala, el otro presenciará el ignominioso espectáculo. Después lo relatará con pelos y señales a quienes lo quieran escuchar. Lo recreará. Le agregará pormenores de su cosecha. A partir de la próxima semana él y su familia estarán en todas las bocas del colegio. ¿O la ausencia de música significa que el bebedor ha subido a dormir y el campo está libre? ¿Tendrán el camino expedito? Quisiera indagar, mas el amigo, antes de que él se decida a moverse, toma el pomo de la cerradura, abre la puerta y sale. Federico, sin alternativa, va tras él.
La sala, iluminada como si fuese un salón de exposiciones, tiene en el centro los muebles; a la izquierda una pared principal a la que se recuestan el estéreo y un armario cargado de cristalería y botellas de licores extranjeros, todas llenas de agua con anilina y que aparentan whiskies, cognacs y champañas; a la derecha, hay seis acuarelas con motivos marinos, originales de un artista algo afamado en su tiempo, entonces una joven promesa del arte local y que ahora no es ni joven ni promesa; en la pared posterior, que tiene un aparador con tres o cuatro macetas, en marco con ribetes de oro, domina un retrato de los padres de Cecilia el día de la boda, de los que se mandaban a retocar a Estados Unidos, con los colores envilecidos por chorretes debidos al tiempo y a la humedad; en la pared anterior, la que establece el límite con la calle, hay un ventanal con las cortinas corridas para que entre libre el viento fresco de la noche y los transeúntes puedan apreciar en detalle el boato que se despliega en el interior, aunque lo primero que advertiría quien cruzara por allí a tan altas horas sería a Alberto hundido en el sillón de piel, semejante a un muñeco de trapo en el fondo de un baúl: la cabeza de muerto le cae sobre el hombro derecho; de la boca abierta pende un hilo de baba; los brazos, exánimes, cuelgan por fuera del mueble, sin embargo uno de ellos aún sostiene un vaso a medio llenar; una mancha líquida, a la manera del mapa de un país, se le explaya por el abdomen y el regazo; las piernas, extendidas, tocan con la punta de los zapatos las patas de la mesa; a falta de música, el fisgón escucharía un desconcierto de ronquidos de animal gigante apaleado.
Federico acciona el interruptor del pasillo, algunas bombillas se apagan y la sala queda en penumbras, pero un rayo de luz que arroja la araña baña íntegro a su padre, de la cabeza a los pies, dándole la apariencia de un fantasma, entonces Federico camina pegado a la pared que lleva a la salida y habla, habla y habla como hace el que tiene algo que ocultar, habla sin ton ni son de cualquier cosa con la esperanza de que el invitado le dedique toda su atención y no se percate de la escena de terror que se desarrolla a su vera. No obstante, el esfuerzo es vano. Al amigo, tal cual sucede a las polillas, lo atrae el foco de claridad; sordo al cotorreo del anfitrión, forzando los ojos para adecuarlos al cambio de iluminación, sin comprender a cabalidad lo que allí ha sucedido, sonriendo, pregunta:
—¿Quién es ése?
Federico lo odia por haber vuelto su mirada en esa dirección y se odia a sí mismo por no haber sido capaz de impedírselo. También agradece que lo que tenía que suceder haya sucedido ya, que todo haya terminado.
—Un amigo de papá —contesta. Se adelanta a trancos.
A sus palabras se las traga el silbato del sereno y el preguntón debe resignarse a ganar la calle y encaminarse a su hogar.


José Libardo Porras Vallejo
Nació en Támesis, Antioquia, en noviembre de 1959. Es Licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. Con su libro Historias de la cárcel Bellavista, obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de cuento, otorgado por los Premios Nacionales de Cultura. Ha publicado, además, Seis historias de amor, todas edificantes (1996, galardonado con el primer puesto en el Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín), El continente sumergido (1990) y Es tarde en San Bernardo (1984). En septiembre de 2000 la Editorial Planeta Colombiana publicó Hijos de la nieve, su primera novela. En 2003 ganó con su novela, Fuego de amor encendido, el Premio Internacional de novela, Alcaldía de Medellín. Y, este año, la Editorial Planeta publicó Happy Birthday, Capo.


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