Apartes del ekondi

 


Ana Cristina Restrepo Merino

 


“Los ekondis nos alimentamos de las tragedias humanas...Cuando pasamos del acecho a la acción, invalidamos los refugios, carcomemos el control y la voluntad, despojamos a las mujeres del antifaz de serenidad con el que saben revestirse, y así, sin misericordia, las empujamos hasta el abismo de sus propias vidas habituadas a eludir los extremos, los excesos, la aventura. Yo entro y salgo de Melisa como ‘ekondi por su casa’, y ella va siempre a la deriva, haciendo lo que corresponde, otra vez izándose sobre las esquinas de una juventud que amenaza con acabar de marcharse sin ella, siempre asida a la baranda del balcón, tambaleándose sobre el alero, agazapada en el campanario”.

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“Algún día tenía que pasar, lo sabía, lo que me mira tan de cerca no es la linterna del médico examinando mis pupilas sino el jueves cíclope que me ronda desde hace tiempo. En este preciso instante debo ser la víctima protagonista de la película: “La venganza del jueves II”.
Cuando él sugirió un jueves como día para el encuentro, yo le supliqué que fuera un viernes, pero él no podía. Desde ahí esto empezó mal, sé que las mejores cosas de la vida pasan los viernes. No fui capaz de confesarle a mi nuevo amor que asesiné con premeditación y alevosía todos los jueves del resto de mi vida... lo hice en un momento de ira e intenso dolor y aunque esto es un atenuante, los jueves no le resucitan a una así como así... este jueves tuve que tomarlo prestado... el encuentro debió ser mañana viernes, y no hoy, el oráculo me advirtió, pero claro, hice caso omiso
El jueves atroz en que maté a mis jueves me desperté muy temprano, como a las ocho y treinta aeme. Me bañé y me recogí el cabello para no salpicarlo. Me vestí de negro, calcé guantes, gafas y me atavié con el sombrero de viuda.
Mientras desayunaba redacté la lista de muertes posibles... a tiros, a cuchilladas, con un collar bomba, guillotina, por caída, atropello o aplastamiento, de miedo, incinerado o electrocutado, de inanición, por ahogamiento o mordedura de animal. No sabía cuál escoger... ante la duda abstenerse, dice el proverbio y esa era una opción; la otra opción era escoger todas las anteriores... y efectivamente así procedí. Arranqué los jueves del calendario de mi vida, les dolió; a mí también, pero me aguanté. Los pegué en un cuadrado de icopor que amortiguara los lamentos y dibujé el tiro al blanco. Sí, yo maté a mis 52 jueves de un año, metafóricamente multiplicados por los treinta y cinco que me restan de vida: a. de C. y d. de C, titulé el escabroso incidente.
Con el rifle de copas, única arma disponible, les disparé durante toda la mañana. El icopor amortiguó los gritos. Mis jueves gemían y sangraban... los rematé con el consabido tiro de gracia, y después, cuál maromera de circo, les clavé a distancia el afilado cuchillo con el que extirpo el corazón a las manzanas... así de maltrechos, los asfixié con un collar de bombas anaranjadas; casi cadáveres —matar jueves es difícil porque destilan recuerdos— con la guillotina que me prestaron en la papelería los cercené en tiras. Más avergonzada que cansada, metí los agonizantes jueves en una canasta que arrojé desde el último piso de mi memoria no sin antes balancearlos en el borde, hasta que el pánico los hizo orinarse de miedo; pero yo quería que sufrieran más y más, era mi primera y espero, mi única masacre. Me fui al zoológico con el sanguinolento amasijo de jueves; pedí al barrendero que los sumergiera en el serpentario. Los escuché suplicar... a esas alturas nada me condolió... mis jueves le temían a las serpientes, a fin de cuentas los jueves de uno se parecen a uno. Les hice lo que yo esperaba que nadie me hiciera a mí jamás... escuché en las noticias que por falta de suero antiofídico fenecieron veinte de los cincuenta y dos jueves multiplicados por los treinta y cinco años que me quedan de vida. Sobrevivieron treinta y dos jueves... y lo que uno empieza lo debe terminar. Un vacío enorme se apoderó de mí, la vida sin los jueves no sería la misma, no osaba mirar la canasta; entonces me fui a un cementerio con mis cadáveres, cuasi cadáveres y sobrevivientes. Antes de entrar, cambié de opinión y retrocedí dos cuadras. Puse la canasta en la mitad de la calle —frente a una construcción por la que transitaban camiones mezcladores de cemento y grúas— y me senté en la acera a mirar. Vi las llantas destripando mis jueves. Los sobrevivientes sangraban como el hijo del mayordomo de la hacienda cuando lo arrolló el tractor. Con cuidado para que no me atropellara un carro, recogí la maltrecha canasta fúnebre y entré al cementerio. Me senté al lado del ángel. Le pedí que tocara la marcha nupcial y la fúnebre en simultáneo y un tris de la “Consagración de la primavera”; el ángel, apiadado de mis jueves, me acató. Saqué la candela y los cremé con canasta y todo. Pensé en meterlos en una fosa que esperaba muerto, pero me arrepentí. Alquilé un osario y dejé las cenizas allí... sin oraciones, sin reverencias, sin lágrimas... me limité a camuflar una botella de ron y una tonada; una nunca sabe qué hay más allá, a veces ni siquiera sabe que hay más acá”.

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“La inacabada infancia de Melisa terminó por marcharse. A los diez y seis abandonó la hacienda, sus atalayas, la erudición de su maestra y a la mamá, pero las kimonas —sus sensaciones de esperas ataviadas de kimonos lentos e intermitentes— se le quedaron cual polizones en un recodo de su memoria y acudían presurosas cuando ella encendía su mirada de faro e inexorablemente se ponía a esperar otra vez, sin saber a quién, o a qué, urgida de colmar su obsesión de pausa, mutismo, escondrijo y montículo, sensaciones que le exigían un descomunal esfuerzo para satisfacerle las expectativas al mundo de afuera y para camuflar su vacío interior, de muelle y de mástil. Por momentos me costaba seguir a Melisa, ella pensaba rápido y vivía lento; caminaba con pasos de no querer llegar o de no querer irse, no fuera que pasara lo esperado y ella ni se percatara. Como ekondi, la sombra del árbol calvo era mi hogar, pero, para no morir de inanición, visitaba a esporádicamente a Melisa en la ciudad, salvo cuando sus inconmensurables agobios me exigían estadías más largas.

Una media docena de amores leves arribaron a la juventud y primera adultez de Melisa, pero no menoscabaron la sensación de soledad propia de las esperadoras. Ella había cursado una maestría en “esperas” y lo que sabía era esperar... esperarlos. Los amaba con devoción, con entrega, “para toda la vida” como se lo proponía con firmeza.
Con los golpes de la vida, Melisa aprendió que cuando un hombre deja pasar uno o dos meses sin llamarla y no responde a sus llamadas y mensajes, significa que no desea hablar más con ella. Si queda de ir y no aparece, y no es un caso de muerte, enfermedad ni secuestro, significa que no le apetece frecuentarla más. Y si después de dos o más años de relación, él arma recurrentes alborotos por nimiedades, significa que aunque quiere irse ya, no sabe cómo hacerlo sin que se note su intención.
Para Melisa era difícil entender a los hombres que se acercaban a ella y le obsesionaba encontrar uno que sí le durara para toda la vida. En su obstinación ignoraba que a veces el amor es por ratos, o dura hasta que se encuentra a otra persona que dé más y mejor; la desconsolaba que sus enamorados eventualmente se comportaran como fantasmas y que con frecuencia fueran taimados y cobardes.
Yo me mantenía atento a sus agobios, y me nutría con ellos”.

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“Claro, soy un conejillo de Indias para alguna droga milagrosa, ensayan conmigo, por eso, golpeo las paredes de este laberinto, Loli me prestó a hurtadillas para algún experimento... Ay, ay, ay, abrí sin querer la escotilla del limbo. Esta bóveda con cara de zaguán y auxiliar de vuelo con pies alados y sonrisa de unicornio, donde a uno lo esperan sus esperas. ¡Que decepción! Me imaginaba el limbo como un lugar donde la celulitis pasa inadvertida y no se derrite el helado de chocolate; fumar no contamina ni es cancerígeno; comer no engorda y el licor contenta y es saludable; los sobrinos no crecen y vienen con control remoto incorporado; el cine, los dividis y los libros son gratis; la huella digital basta para sacar dinero del cajero —tanto de la cuenta propia como de la de Bill Gates—, además la huella es útil para marcar lo propio, así nadie fisgonea ni roba. También sirve para hacer clic en los recuerdos que pesan; a nadie le sacan sangre, lo vacunan ni le cobran IVA; los despertadores nacen mudos y nadie se toma el trabajo de rehabilitarlos; lo básico se aprende por ósmosis; a diario el sereno se traga el polvo y la mugre; a una la quieren hasta cuando ya no la quieren; está terminantemente prohibido planchar la ropa y arrugar el alma; se duerme de día y se limbea de noche; los amigos y las amigas duran para toda la vida, la de uno”.

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¿Qué hora es? Ni el zumbido ni el gallo se callan. Me voy a ir de aquí, abriré los ojos de una buena vez... no, no puedo, sólo puedo pensar en hacer, pero no puedo ejecutar... ¡Ay Dios mío!, si existes, ¡ayúdame! casi nunca te pido nada, y aquí entre nos, te confieso que hace años no peco, no precisamente por temor a ti, sino porque soy decente, procuro no dañar a nadie, es un asunto de principios, por eso, no me confieso ni comulgo ni voy a misa, me mantengo en gracia. Bueno, tus razones tendrás, ayúdale a Loli, ella sí te ha repetido el padrenuestro todas las veces de las veces, no se sabe sino esa oración, supongo. En cambio yo, a cada rato cuento y canto canciones de mi propia cosecha, y además me encanta reírme y eso debería equivaler a oración... también puedes valérmelas... ¿Me vas a ayudar o no?... lo maluco contigo es que nunca se te oye bien la respuesta, y uno termina oyéndose a sí misma, mejor dicho todo un karaoke celestial... Definitivamente este Dios no me ayudó... Aló Alá... ¿Rá?... ¿Buda?... ¿Mahoma?... ¿Agamenón?... ¿Zeus el que amontona las nubes?... ¿Da Vinci...? Debe ser por lo de la masacre de los jueves, supongo que a una eso no se lo perdona ningún Dios... una Diosa lo entendería... ¿Hera, la de los brazos de nieve, la de los sonrosados dedos?... ¿Artemisa la que usa riendas de oro?... ¿Atenea de hermosa cabellera?... me volvió el sueño, la dejadez, ahora adónde iré a parar... y conste que ninguno de ustedes atendió mis suplicas, consteeeeee...


Ana Cristina Restrepo Merino (Colombia)
Cursa el diplomado en creación literaria en la Academia Yurupari.


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