El robo

 


Tim Keppel

 


Traducción de Julio César Mejía

 


Lo primero que Lisbet veía por las mañanas era la mala cara de su mamá. Se la pasaba quejándose y refunfuñando todo el día, mientras atizaba el fogón y molía el maíz para las arepas y alimentaba a las gallinas. Lisbet se pasaba los días tratando de hacer que su mamá sonriera, hablando en un tono calmado y agradable, y obedeciendo cada una de sus órdenes —andá y me traes unas ramas pa’hacer una escoba, andá a buscar los huevos que esas churrientas gallinas pusieron Dios sabe dónde—. Y durante todo el tiempo, la mamá seguía maldiciendo su suerte y culpando al papá de Lisbet de haberla traído a este mierdero para después morírseles.
Se llamaba Lisbet, pero la gente la llamaba “Muñeca”. Decían que parecía una muñeca. A su hermana Yolanda, de catorce años, dos más que ella, no le gustaba oír el apodo. La mandaba a las colmenas de don Ignacio a robar miel, a pleno sol del día, cuando las abejas estaban más alborotadas.
Un día Yolanda descalabró a un muchacho e hizo que Lisbet se escondiera con ella en el cafetal hasta que oscureció. Cuando llegaron tarde a la casa, Lisbet se ganó los golpes del cucharón de palo de la mamá. La mamá no le pegaba a Yolanda porque ella devolvía los golpes.
Mascá cáscara de huevo molida pa’que se te endurezcan los dientes, decía la mamá. Y si te duelen, tragá orines. No te sentés patiabierta, y no parés oreja a las conversaciones de los mayores.
Lisbet tenía un álbum de fotos que guardaba debajo del colchón de paja y que ostentaba un total de dos fotografías. Una era de la mamá poco antes de casarse. Era hermosa, de labios y senos llenos, y pelo largo, ondulado. Todos decían que tenía el cabello y los pies más bonitos de toda la vereda. La otra era de Lisbet, la única foto que le habían tomado en la vida. Alguien la tomó una vez que pasó un político en campaña. Subieron a Lisbet a la tarima para que le entregara un ramo de flores al huésped. En la foto ella se veía sonriente y sostenía las flores como si la acabaran de coronar Reina de la Piña.
Según la mamá, todo era culpa del papá. Ah, todo lo que le había dicho cuando la estaba pretendiendo. Nueve hectáreas de tierra. Sí, ¡pero en la punta de una maldita montaña! Donde sólo se podía llegar a caballo o a pie. Era culpa del papá que ella no pudiera comprarles ropita a los niños, y que la Caja Agraria estuviera a punto de rematar la finca.
—¡La Federación de Cafeteros! —solía decir la mamá—. ¡Ah! ¿Dónde está tu tal Federación ahora?
Pese a que trabajaba hasta que se hacía de noche, al papá lo acosaron sequías épicas y plagas bíblicas. Un bicho inmune a los pesticidas atacó la platanera, y de las tres vacas que le dieron a cuidar con la promesa de obtener la mitad de una cría, una se rodó por la cañada, otra se murió de ántrax y la tercera se la robaron. El papá se emberracaba, maldecía y alzaba los puños al cielo.
Miguelito, el hermanito chiquito de Lisbet, se había vuelto ratero. Ahora que el papá ya no estaba para tenerlo a raya, se había salido de control. Se mantenía con un combo de chinos carisucios, tirando piedras y armando incendios. A veces se desaparecía durante días enteros, y regresaba a escondidas a la casa a medianoche para buscar comida. O Lisbet se lo encontraba bajo el puente con los otros pillos, jugando bolas.
—Si no te componés —le gritaba Lisbet haciendo una bocina con las manos—, voy a dejar de reconocerte como hermano.
Todas las mañanas, cuando iban caminando con Yolanda a la escuela, tenían que atravesar el potrero de don Ignacio, en el que se mantenían unas vacas bravas e inmensas. Mientras Yolanda pasaba el alambrado y atravesaba el potrero pavoneándose, a Lisbet le daba tanto miedo que daba toda la vuelta y llegaba a clase después del llamado a lista, embarrada hasta las rodillas.
—No es sino que agarrés un palo y pasés pu’entrellas —le decía la mamá.
—Pero es que son bravas —decía Lisbet.
—Bueno, no les mostrés miedo.
—¿Dónde está la casa en el pueblo que dijiste que me ibas a dar, viejo? —le preguntaba la mamá al papá casi todos los días, furiosa, como si él se la hubiera robado—. ¡Me trajiste a pudrir aquí en esta montaña! —Si no fuera por él, ella podría haber vivido en el pueblo y podría pasearse por el mercado con la frente bien en alto.
Últimamente Yolanda no hablaba sino de muchachos. Lupe la Loca está preñada, decía Yolanda, y cuando la gente le preguntó que quién era el papá del niño, ella dijo que tenía tres. Yolanda se reía hasta que se le escurrían las lágrimas por los cachetes sucios. Lisbet también se reía, haciéndose la que entendía.
Desde la loma Lisbet alcanzaba a escuchar la música del nuevo bailadero del pueblo —los estridentes acordes de las rancheras que tanto le gustaban a su papá. Canciones de despecho, de amores fracasados. Ella se moría por bajar allá y escucharlas de cerquita.
Una vez la mamá la mandó al pueblo a llevarle unos huevos a una señora. Ella nunca antes había estado en el pueblo —ese montón de casas juntas— y no sabía bien cómo tenía que comportarse. Había aprendido de la mamá que para hacer visitas había que treparse a un árbol y gritar: “¡Amarren los perros!”. Pero en esta casa no había árboles ni perros. Entonces ¿qué podía hacer sino sencillamente llegar y entrar? Una vieja bigotuda con un brasier amarillento saltó del sofá chillando como un puerco. Lisbet también pegó un grito, tiró los huevos y salió corriendo. Más tarde la mujer la sapeó con la mamá, que no la dejó volver al pueblo.
Un día Lisbet buscó el álbum debajo del colchón y ¡su foto había desaparecido! Volteó la casa patas arriba hasta que de pronto vio a Miguelito en el camino, agachado sobre un montón de relucientes bolas nuevas. Se le fue por detrás y lo agarró de las orejas. Él brincó y se escabulló como un gato al que le tiran agua.
—¡Me la devolvés! ¿Oís? —le gritó—. ¡No te vas a aparecer por aquí sin ella!
Póngase limón en los sobacos, decía su mamá, y no comás en la cama, eso es pa’ los enfermos. No te jalés las orejas porque se te estiran como las de los perros cazadores. ¡Y no te quedés mirando a la gente cuando come!
Por las noches, el papá no podía dormir. Se sentaba en la entrada a escuchar los búhos, fumando Pielroja y pensando en cómo embolatar a los acreedores. Cuando Lisbet oía roncar a la mamá, se salía a acompañar al papá. Él se fumaba sus aromáticas colillas y recordaba los viejos tiempos, cuando los precios del café eran buenos y todavía tenía su guitarra, y cuando de vez en cuando uno encontraba a la mamá de buenas pulgas.
Cada uno tiene su manera de matar pulgas, decía el papá. Al perro no lo capan sino una vez.

* * *
Después empezaron a aparecer todos esos avisos vistosos en árboles y postes:

El Dr. Baudilio Cardona
famoso dentista de Bogotá

pasará por la vereda ofreciendo consulta gratuita. Todo el mundo anotó la fecha.
Lisbet recién se había enterado de que tanto su fecha de nacimiento como su apellido eran puro cuento. Cuando la mamá la trajo al mundo en la casa y cortó el cordón umbilical con un cuchillo de la cocina, el papá no tenía con qué pagar el certificado de nacimiento. Y para cuando logró reunir la plata, le iban a cobrar extra por la demora, así que cambió la fecha. Y el apellido Ríos se lo había puesto él mismo. La mamá se murió al parirlo y su papá era un fantasma.
Yolanda volvió de un paseo de la escuela llena de cuentos. Contó que todos se habían emparejado para chupar trompa, hasta el maestro y el chofer del bus. A Yolanda le tocó el ayudante.
No mucho antes de que muriera el papá, la mamá se marchó. Cansada de implorar por su casa en el pueblo, empacó sus cosas y se fue. Con lo poco que había logrado reunir de la venta de flores, arrendó un rancho cerca de la carrilera. No era exactamente en el pueblo, pero ahí iba llegando poco a poco.
Yolanda lo bautizó “la casa de los bichos”. Tenía más animales que un texto de biología: alacranes, serpientes, ratas, murciélagos, de todo. Hubo que comprarse a la mamá con halagos durante varios meses para convencerla de que volviera al hogar; y eso únicamente con la condición de que podría seguir cantaleteando todo lo que quisiera.
Conocer a su mamá, le decía el papá, fue como ganarse un tigre en una rifa.
Yolanda se estaba pintando los párpados de rojo escarlata.
—¿A dónde vas?
Apretó los labios para ponerse un colorete encendido.
—Al bailadero.
Lisbet abrió los ojos como platos.
—¿Mamá lo sabe?
Yolanda resopló. Vestida con una blusa roja escotada y una minifalda negra, comenzó a bajar la loma. Estaba oscureciendo y soplaba una brisa fresca. A lo lejos aullaba un perro, que le respondía a otro. Lisbet se fue detrás, guardando cierta distancia. Luego se trepó a un árbol de aguacate, desde donde pudo ver la motocicleta que venía rugiendo. Un tipo acuerpado con una chaqueta de cuero le ayudó a Yolanda a subirse a la parrilla. Ella le pasó los brazos por las costillas y se fueron.
El famoso dentista de Bogotá era un hombre sudoroso, de brazos peludos y dedos gruesos, que olía a pegante. Examinó los dientes de Lisbet con las tenazas de acero y le dijo que se los tenían que sacar.
—¿Todos? —le preguntó Lisbet. Siempre le habían dicho que tenía una sonrisa hermosa. El famoso dentista sacó unas dentaduras sonrientes de encías rosadas y le ofreció un descuento.
Afuera, Lisbet le preguntó a Yolanda qué debía hacer.
—¡Dale! —le dijo Yolanda—. ¡Te van a quedar bien bonitas!
—¡Me devuelve mi foto, ¿oyó, muchachito!
Lisbet había cogido a Miguelito de sorpresa y lo había agarrado del cuello; sus piernas pedaleaban y pateaban el polvo. Le dio un coscorrón en la cabeza pelada debido a los piojos.
—Te me llevás esas bolas allá mismo de donde las trajistes, jovencito, y me devolvés mi retrato. ¿Entendido? —Luego le pegó una buena sacudida y lo vio alejarse.
De pronto toda amable y solícita, Yolanda acompañó a Lisbet a hacer una colecta para sus dientes. Obtuvieron cinco pesos de don Ignacio por recoger miel, pero necesitaban veinte más. Yolanda dijo que le pediría a su amigo ayudante del bus. La había invitado a bailar ese sábado por la noche. ¿Lisbet no quería ir?
Lisbet recordaba cuando el papá la llevaba al mercado los domingos. Se iba mascando un trozo de caña que él le cortaba, tan dulce y jugosa que le chorreaba por el mentón.
—Buenos días, don Sergio —le decían los vendedores de pescado y las tejedoras de costales. El papá era flaco como un espantapájaros y tenía un sombrero alicaído y deshilachado. Cojeaba al caminar debido a una caída de un caballo. Lisbet se agarraba de su mano callosa y daba un brinquito cada cuatro o cinco pasos por el puro placer de estar con él. Compraban huesos pelados para la sopa, gordana para fritar plátanos y arroz envuelto en hojas de periódico. En días especiales, traían papa amarilla o un pedacito de callo.
El papá observaba a Lisbet cuando miraba los bombones.
—Lo que quiera mija, lo que quiera.
—No, papá, gracias, no quiero nada.
Lisbet recordaba al papá sentado a la entrada, bajo la luz de la luna, contándole historias de cuando era joven. Al morir su mamá, fue recogido por una familia que lo trataba como a un esclavo. Tenía que levantarse antes del amanecer a prender el fogón, y le daban un solo fósforo. Cuando lo mandaban a hacer algo, escupían en el piso y tenía que volver antes de que se secara.
El sábado Yolanda le dijo a Lisbet que le prestaba unos aretes de turquesa. Toda la semana la curiosidad había luchado con sus temores, y había ganado la curiosidad. El ayudante del bus y su amigo, a quienes todos llamaban Cascor debido a sus piernas cascorvas, las estaban esperando en el bailadero. Con la música a todo volumen, el bailadero olía a licor y a cigarrillo, y tratar de hablar era como gritar debajo del agua.
Cascor tenía bigote negro y una risa aguda y ruidosa. Le dijo a Lisbet que le gustaba cómo bailaba, y sus brazos delgados y sus ojos azabache. Lisbet le recordó a Yolanda que tenían que volver a casa.
Los hombres se ofrecieron a llevarlas, pero dijeron que primero tenían que hacer una parada. La casa, metida en una hondonada, estaba llena de partes de motor engrasadas, regadas entre sofás vueltos pedazos, sobre un piso cubierto de colillas de cigarrillo. Cuando el ayudante de bus se llevó a Yolanda al otro cuarto, Cascor se metió la mano al bolsillo y sacó una foto.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Lisbet, ardiendo de la rabia.
Cascor le tapó la boca con una mano sudorosa y la tiró sobre el sofá. Desde el otro cuarto llegaba el retumbar de los tambores de la salsa. Lisbet forcejeó durante un rato y luego se quedó quieta, como si estuviera muerta.
Nunca pidás plata ni la recibás de nadie que no sea de tu familia, decía la mamá. No jugués fútbol ni bolas con muchachos. Y cuando alguien te moleste en la escuela, no peliés y no le contés al maestro.
Finalmente, después de que lo quemaron con carbones por usar demasiados fósforos, el papá se escapó. Se metió en la montaña y fue recogido por los indios. Ellos le enseñaron a pescar con arpón, a mambear coca y a recoger hierbas medicinales. Luego vagó por todas partes, llegó hasta el Ecuador y el Amazonas, y en Caldas trabajó de peón en los cultivos de café y caña, mientras bebía y tocaba la guitarra. Tenía más de cuarenta años cuando conoció a la mamá, la hija tímida y nerviosa de una fritanguera, “la vieja más agria que se pudiera conocer”. Había ahorrado lo suficiente como para dar la cuota inicial de un pedazo de tierra.
Dios le da pan al que no tiene dientes, decía el papá. Enfermo que come, no muere. No se puede tapar el sol con un dedo.
Cinco pesos más y podrían pagar la caja de dientes, le dijeron al de la farmacia, un hombre giboso que a veces les daba chicles.
—¿Qué? —dijo—. ¿Para una niña tan linda como tú?
El ranchito estaba alejado de la carretera, y al frente había un triciclo volteado. Una mujer con nariz como de pico de lora e inexpresivos ojos grises, entreabrió la puerta.
—Necesito hablar con su esposo —dijo Lisbet.
—¿De qué?
—Él me tiene una cosa.
La mujer aguzó la mirada. Por detrás de su espalda, con una gorra volteada hacia atrás, se asomó Cascor.
—Devuélvame mi foto —le exigió Lisbet.
—¿Qué foto?
Lisbet lo miró.
Cascor midió la gravedad de su mirada y regresó con un sobre ajado. Lisbet se lo arrebató. La foto tenía las esquinas dobladas y algo garabateado en el reverso, con algunas letras al revés: “Para Cascor —Con Amor— Muñeca”.
Lisbet no hizo escándalo. No se molestó en hacerlo. Eso se lo dejaría a la esposa.
Al día siguiente era el aniversario de la muerte del papá. La mamá le dio a Lisbet unos gladiolos para que pusiera en la tumba. Pasando la ruinosa entrada en la que decía “Cementerio católico”, y sobre una colina, estaba la lápida inclinada y llena de barro. Lisbet la limpió, la enderezó y arregló las flores encima.
Cuidá a tu mamá, fue lo último que dijo.
Lisbet fue al hospital público, como le había dicho el tipo de la farmacia. El dentista le puso dos calzas en las muelas de atrás y eso fue todo.
—¿Quiere decir que me quedo con mis dientes?
Recostada en la fresca sombra del cafetal, Lisbet repasaba su álbum mientras pensaba con qué llenaría las páginas que quedaban. Después sintió un aroma delicioso que venía de la cocina; la mamá estaba haciendo dulce de guayaba. Como no tenían nevera, con frecuencia las guayabas se dañaban. Entonces la mamá hacía dulce. Tenía un sabor agridulce.
Lisbet entró y se sentó en una banca. Al rato escuchó un ruido afuera —¿una chucha? ¿Un zorro? Se quedó mirando atentamente y pilló a Miguelito acurrucado en el platanal, todo embarrado y manchado de moras. Había llegado atraído por el olor.
—¡Pasé por entre las vacas hoy, mamá! —anunció Lisbet—. ¡Me llevé un palo grandote y atravesé el potrero tal como me dijiste!
—¡Mhhh! —gruñó la mamá, al tiempo que fruncía los labios y seguía revolviendo el dulce. No miró a Lisbet ni pareció darse por enterada de que estaba ahí, pero por un instante su cara se suavizó, como si fuera a sonreír.
Cuando hay golondrinas revoloteando, se sabe que va a llover, decía el papá. Y cuando los pájaros empiezan a cantar de nuevo, es señal de que ya no va a llover más.

Tim Keppel (Estados Unidos)

Gringo transplantado, cumple diez años en Colombia. Su colección de cuentos, Alerta de terremoto, pronto será publicada por Alfaguara. Keppel enseña en la Universidad del Valle


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