Yo vivo solo, me dijo

 


Gloria Posada

 


“Yo vivo solo”, me dijo, y oí que me llamaba con sus inmensos ojos de casona desocupada. Lo miré extrañada porque apenas acababa de conocerlo, y él nada sabía de mí.
Las ocho de la mañana, esa es la hora justa; ojalá pueda a las ocho de la mañana. Si vive solo que madrugue más, pero no dije nada. No dije nada porque otra vez lo oí decir: “Tengo que hacer todo antes de salir de casa, ¿sabe? Yo vivo solo”.
Me está llamando, apenas acabo de entregarle los textos para que me los corrija, y ya me está invitando a su casa o a su apartamento, el muy zorro.
Un apartamento grande, obvio; uno de ésos que están montados en un cuarto o quinto piso de un edificio ubicado en un barrio humilde, de calles estrechas y construcciones desobedientes y caprichosas, donde los vecinos de enfrente saben primero que uno que la leche ya va a hervir. La fachada gris, sin revoque, esperando eternamente a que se construya en la plancha para darle un acabado uniforme a todo el edificio, y una escalera en zigzag que descansa en cada piso mientras las puertas y las ventanas le hacen el quite para que las deje ver los balcones de al lado. “Buenos días señorita”. “Buenos días, ¿cómo le va?”. “Buenas”. “Buenas, ¿ésta será la misma de la otra vez?”. Y al final la puerta del apartamento: color polvo, desvaída y cerrada por siempre. Ni un anturio dándole vida a la entrada ni una biflora de plástico sembrada en un matero con tierra de verdad. Nada. Podía haber colgado un pajarito del techo como en el segundo piso, uno que aletee cuando sople el viento, o una pagoda de campanas que tintinee cada vez. Pero no. El polvo, el polvo eterno acompañando al vacío que se pierde en los grandes espacios deshabitados del apartamento, las alcobas, la cama doble: una reliquia que sigue sin tender desde quién sabe cuándo, y la sala, el juego de sala que fue de la abuela y de la mamá, antiguo, antiquísimo, con esas dos sillas mecedoras balanceándose solas frente a la foto de mamá Rufina o de mamá Clementina o de misiá Ofelia, no sé. En fin, que lo mejor será, sí, decirle que sí. No más soledad, qué pesar de él y de mí. ¿Cuánto llevo esperando esta propuesta? Toda una vida… y ahora, porque no lo conozco, me voy a poner de cismática. A simple vista se ve que es un buen hombre, esos hombrotes entre los que podría abarcar a tres mujeres a la vez y esos dientes blancos que no han tocado otra cosa que no sea leche; las mejillas rosadas de puro rubor cuando casi me dice suplicando:“Estoy solo, terriblemente solo”. No. Jamás había visto un hombre tan falto de mí. Ya mismo le quito ese canto de soledad real, ese rojo insinuar de manzana invitadora y ese hacerlo él todo, que lo van a envejecer.
Ocho días, quizá; dos trabajos más, uno bien largo para que tengamos que sentarnos tres días en su apartamento a corregirlo (qué se va a hacer, si eso con tantas páginas no se puede en la U.), y el vestido verde de tiritas. Después tres “noes”: no, no, no, pues cómo, usted sí es osado, qué tal, yo nunca, jamás. Vea, usted no me conoce aún. Yo fui toda la vida la novia de Álvaro Hernández, el famoso médico de los bebés probetas, y ni con él. Podría preguntarle, pero se fue hace años a estudiar a Chicago. Además, ése no es el cuento, vuélvase serio que este trabajo lo necesito para mañana y además traje velas y vino para que celebremos porque, gracias a usted, por fin voy a terminar el cuento de los pollos. Después otros “noes”, y no, y no; dos risas nerviosas, y un calor... huy, que debo soltarme el pelo de chica salvaje, y espere yo me pinto los labios que ya se me ve el cansancio, o descansemos un momento y escuchemos música mientras baja el calor y deja de llover que este tiempo está muy raro. Y cuando ya esté chorreando babas, me quedo acompañándolo esa noche. ¿Qué tal la noche?, qué peligro, ¡Dios mío!, y después el desayuno, señor. ¿Cuánto hace que no ve una mujer en la cocina? Torrejas con miel, lonjas de jamón y queso, jugo de naranja, y café moka. ¿Y esa poceta? ¿Cada cuánto viene la muchacha? No, no, así no se puede. Ahora que voy a estar aquí, que venga tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes. Que empiece primero por la sala. Cuadros abajo, no más retratos de tía Francisca, ni más “Santa Cena”. Ahí enfrente del sofá grande, la foto de gata que me tomaron para mandarle al Álvaro a Chicago, ¡pobre pendejo!, quitemos también la máquina de coser y ese rosario que cuelga de la pared. Vea, éso me asusta y además ya no se usa, pongamos todo en el cuarto de rebujo que yo traigo lo mío, ¿sí? Y mis hermanos, vamos a ver qué cara ponen cuando me lleve mis cosas. Lo primero que voy a sacar es el espejo del pasillo. Yo lo compré para verme linda y no para que todos miren a la tía Rosita que se asoma allí. Después, cuando tenga un poco más de confianza, ¡qué pena, señor!, me traigo el comedor. Yo también lo compré y todas mis hermanas y mis cincuenta sobrinos comen en él. Quiero el comedor porque así, todos, absolutamente todos, van a preguntar y mamá les va a contestar llorando, “se fue a vivir con un viejo quiteño de hombrotes anchos y sonrisa voraz”. Que llore, ella daba la vida por el Álvaro y si no es por lo de la visa, me arroja a sus brazos y me manda a vivir allí. Ya no más, se acabó la novia del teléfono, mami. Eso sí, me tocará hacer unos cambios: recoger, recoger los cerros de periódicos enmohecidos, los platos llenos de cuzcas de cigarrillo, las medias tiradas debajo de las camas, ¡huy qué olor!.. Y esa colcha ¡Dios Santo!, hecha con rositas de retazos de tela. No, aquí no funciona nada. Bueno, el bar y el televisor, pero así no vive una mujer. Flores, muchas flores, tres vasijas pintadas con vaquitas para la cocina, velas por todos lados: amarillas para la prosperidad y rojas para el amor; y un pebetero con esencia de melocotón. ¡Umm!, melocotón en la sala, en la alcoba, en la bañera, dos cidís de son cubano y ya.
Tres meses, espero tres meses, cambio todo mi vestuario y el de él. Jeanes, jeanes blue, blue y black, black, nada de pantalones con prensecitos que lo hacen ver tan barrigón; tres camisas: una blanca de manga larga, una de rayas azules y una zapote remangada hasta la mitad del brazo y abierta para que se le escape el pecho. ¡Ay!… ¿Cómo será el pecho de… de… de Roberto? Me dijeron cuando me dieron el teléfono del corrector que se llamaba Roberto. ¿Roberto?, qué nombre tan feo, Señor.
Me dejo las blusas de escote bajo, los tacones altos, el labial marrón floresta, un sostén con relleno y ya. Llamo a las muchachas. Un ratito no más muchachas porque… Robert, se llamaba Robert, es muy dormilón y mimado. Además, ya tenemos una rutina establecida. Los viernes, a esta hora, miramos sus álbumes de fotos —Robert tuvo muchas novias pero nunca pudo encontrar el amor—, después vemos mis fotografías. Se queda mirando una que él me tomó con el bikini negro de flores verdes cogollo, y luego… bueno… luego les cuento muchachas, lo importante es que ya conocieron a mi Robert.
“Yo vivo solo”, me dijo, y oí que me llamaba con sus inmensos ojos de casona desocupada. Lo miré extrañada porque apenas acababa de conocerlo y él nada sabía de mí.
“Las ocho de la mañana, esa es la hora justa; ojalá pueda a las ocho de la mañana. Si vive solo, que madrugue más”, pero no dije nada. No dije nada porque otra vez lo oí decir: “Tengo que hacer todo antes de salir de casa, ¿sabe?, hace ya dos años que vivo aquí. No extraño a Quito porque viajo cada mes, pero me siento solo, al fin de cuentas solo. ¿Qué tal a las diez, como hoy, y aquí mismo en la cafetería de la U? O si usted sólo puede a las ocho, entonces cualquier día de la semana entrante. La semana entrante ya estoy con mi mujer, ¿sabe?


Gloria María Posada R. (Colombia)
Leo y escribo para aprender a hacerlo y atrapar con palabras juguetonas la vida que se va sin mí. Asisto desde hace cinco años al taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto.

 

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-¿Por qué en los libros que escriben escritoras siempre está presente la depresión y el dolor? ¿No son capaces de escribir con un poco de sentido del humor?
-Creo que el sentido del humor SÍ está presente, tenemos bastante capacidad de reírnos de nosotras mismas y de nuestras circunstancias. Ahora, si escribimos sobre el dolor y la depresión es porque pretendemos atestiguar la realidad.

Marcela Serrano


www.odradekelcuento.com

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