Leidenschaft

 

 

Helena Araújo


 

Con cuarenta años y dos fracasos matrimoniales que la han dejado vacunada y libre de compañía masculina durante un buen tiempo, Cecilia desperdicia su andamiaje de morena provocativa ejerciéndose como Segunda Secretaria en la Delegación Colombiana de la ONU en Ginebra. ¿Quién la culpa? Luego de intrigar el puesto con tesón durante meses, sufre un cansancio acrescentado por el viaje desde Bogotá, el desadapte, la instalada. ¿Será por eso que le enervan tanto las galanterías de cierto funcionario helvético? Se llama Ernst y a Cecilia le molesta, le molestó desde el principio su insistencia en invitarla a comer el mismo día en que se le presentó a la oficina tendiéndole una mano gruesa y velluda por encima del escritorio. En seguida, el muy liso se le fue acomodando en frente, como si su vozarrón y su porte atlético le confirieran todos los derechos. No era rubio —como habían sido sus dos maridos—, pero tenía una tendencia a jorobarse y a mirar fijo agachando la cabeza, que se los recordaba a ambos. Virgen Santa, cuando Cecilia rechazó la invitación, Ernst escribió una carta haciéndole una propuesta breve y contundente que la otra contestó con un igualmente breve y contundente no.
Pero... ¿Quién puede prever el futuro? tan aventurado como inesperado sería el viaje de Cecilia a Viena un week-end más tarde, para asistir a la Conferencia de Pax Cristi sobre Colombia. “Una comisión ecuménica que viajó por el país creyéndose una serie de mentiras”, comentaba indignado el Embajador. Sucesor de un colega recién repatriado luego de un escándalo financiero, el viejucho (como le decían todos) le caía bien a Cecilia, no sólo por sus setenta años sino por sus venerables apellidos. Conciliadora, intentaba calmarle los ánimos, y a fuerza de sonrisas, atenciones o vasos de té helado, lo conseguía. En realidad, el viaje a Viena la tenía sin cuidado: lo importante para ella era salir de Ernst.
Porque a Ernst, ¿quién se lo aguanta? Le ha dado por llamar desde las siete de la mañana hasta quién sabe qué horas de la noche, ¿no se cansará? A Cecilia la enerva ese asedio, o mejor dicho, la perturba. En realidad quisiera hablarle, saber si recibió su breve y contundente negativa. Sin embargo no se atreve: quizás por timidez, cuelga cada vez que la misma voz gruesota pregunta por Fräulein insistiendo con un suplicante bitte, entschuldigen-Sie, y otras palabrejas que apenas alcanzan a oírse por el auricular antes de que Cecilia corte la comunicación con un escalofrío. ¿Entonces? Increíble, pero Ernst no se desanima y tan terco resulta que acaba preguntándola en la mismísima Delegación colombiana, precisamente la víspera de su viaje a Viena. El Primer Secretario, alma inocente, responde que doña Cecilia sale al día siguiente en Austrian Airlines 227.
—¿Prefiere usted viajar hoy de todos modos? —inquiere el Embajador quitándose las gafas y mirándola fijo, esa mañana, cuando pasa a despedirse. Cecilia asiente con un nerviosismo que le sacude la melena lisa. Ni el prestigioso diplomático ni su amanerado Primer Secretario comprenden por qué se empeña en tomar el avión precisamente el veinte de julio. ¿Prescindirá de la fiesta patria, con todo y recepción, meseros y buffet? Al evocarlos, ya en el aeropuerto, Cecilia sonríe, resoplando de satisfacción. Verdad que esos agazajos la aburren, siempre la han aburrido; se repite, felicitándose de haber consignado el equipaje y pasado la aduana. Santa Bárbara Bendita, cuando ve la señal roja en el tablero electrónico frente al vuelo 227 sale despavorida como si no tuviera tiempo de llegar al terminal B-8 en la media hora que falta para el despegue del jet. Caramba, con lo nerviosa que se pone, con lo que padeció haciendo cola al entregar la valija, ¡mirando a cada segundo el afiche luminoso para verificar que el avión saldría puntual! Sólo cuando tuvo el tiquete visado y se dio cuenta de que le sobraba tiempo, resolvió telefonear a la Embajada y excusarse de nuevo por no asistir a la tal celebración patria. Claro, eligió una cabina que le permitiera seguir vigilando los horarios y echando vistazos a la sala de espera, no va y fuera que se apareciera Ernst despeinadísimo y con la gabardina que solía terciarse al hombro de costumbre. Por Dios, hace rato que no lo ve y sin embargo lo ve por todas partes, ¿por qué será?
¡Uff!, cuando al fin brilla la señal de despegue Cecilia sale disparada, codeando y empujando gente como una tromba. Así es, no se intimida sino con las protestas de una pareja de ancianos, casi los atrepella, Monsieur, Madame, mil excusas. La verdad es que Cecilia se apura sin causa, cuando podía muy bien recorrer a paso normal el vastísimo hall donde están los mostradores de todas esas aereolíneas rodeadas de gente arriando maletas. Cierto, ¿para qué afanarse? Puede muy bien acercarse a la aduana con ademán pausado, presentando su pasaporte de colombiana y el papel que le dio el Primer Secretario con eso de “Misión Diplomática”, no va y la detengan y la requisen a ver si lleva algo más que su ropa, misericordia, qué tal si la meten al cuartito donde empelotan y urgan a todos los colombianos, peruanos, pakistaníes, turcos, ¡caramba! Cecilia suda a chorros aunque se vea lo más comilfó con una chaqueta rayada y el pelo recién lavado y ostentando un sorprendente autocontrol en el corredor que lleva al terminal B-8. Qué bien, Cecilia se monta en la alfombra movediza sin tropezar como de costumbre, anda lentito por la derecha, como dicen los letreros a lado y lado del túnel que conduce a por lo menos treinta pasajeros suizos y/o austriacos al mismísimo terminal.
¿Cuándo llegarán? De pronto siente impaciencia, le aburre caminar sin caminar por esa alfrombra que avanza. Verdad, resulta más fatigante que caminar caminando, por eso Cecilia termina cansadísima al final, casi sin fuerzas de arrastrarse hasta una sala donde esperan las azafatas frente a las puertas por donde saldrán los pasajeros a treparse en un bus que los lleve hasta el avión. ¿Cuándo, mi vida, cuándo? Por fin, Cecilia se desploma en una silla del sector clase turista, intentando un par de respiraciones profundas antes de que por milagro la luz roja de la salida se prenda y una voz diga por favor pasajeros del vuelo Austrian Airlines 227 acercarse. Entonces, demonios, todo el mundo se agita, se levanta, se precipita, qué apretujes, en el tumulto casi le arrancan el tiquete de clase turista puesto C-16 No-fumadores y otros detalles que Cecilia ni lee por quitarse la chaqueta. Con el bochorno que hace, el sol la encandelilla al trepar finalmente al bus. Sana y salva, qué alivio. Pero, ¿habrase visto? por buscar un asiento y abrir una ventana no alcanza a ver a un tipo llegando de últimas atafagadísimo, con anteojos negros a media nariz y una gabardina que casi se le cae cuando el bus arranca. ¡Increíble! Cecilia reconoce al eterno Ernst muerto de risa.
¡Qué casualidad! Fräulein, Cecilia, Cherie, también viajas a Viena... —y bueno, Ernst ya va acercándose, enronqueciéndose, desgañi­tán­dose por explicar algo sobre la función de la Cancillería suiza en ciertas conferencias internacionales. Un parlanchín, sí, ¿por qué atropella tanto al hablar?
Claro, ahí sigue vociferando mientras Cecilia piensa que parece un mafioso por lo desarrapado y las gafas negras y los gestos burlones. ¡Uff! ahora reza para que el puesto 16-C No-fumadores quede lejísimos de dondequiera se instale ese fumador compulsivo, con las manos tan velludas y tan gruesas cuando está accionando o gesticulando o declarando así, intempestivamente y sin preámbulos que “lo nuestro es una pasión, una Leidenschaft. Leidenschaft, repite, sosteniéndole la mirada por entre sus párpados gachos. Leindeschaft bringt leiden, añade en seguida, guturalizando aún más al traducir que “la pasión trae padecimientos”, y concluyendo con un petulante “según Goethe”. Socorro, Ernst mira a Cecilia y la boca entreabierta se le remoja, los dientes le brillan, los labios se le inflan, los ojos le centellean prendiéndosele a la garganta para luego resbalar por su blusa y desviar hacia la cremallera de la falda. Dios mío, Cecilia se agacha a coger su bolso y escabullirse en el instante en que el bus frena y la gente se precipita a la salida arrastrándola y casi tumbándola antes de sacarla a empujones hasta la escalera del avión y por fin hasta el puesto 16-C No-fumadores, entre una abuela respetable y un sesentón de tufo avinagrado. ¡Qué alivio! Tanta gente hay en clase turista que Ernst no logra instalársele junto. Además queda instalado atrás, atrasísimo, en Fumadores, a una cuadra de distancia por lo menos, piensa con un resoplo de satisfacción.
Por fin, Cecilia ha de abrocharse el cinturón esperando el despegue con el eterno miedo de que algo le falle al motor cuando suba el avión con esa vibración que la va sumiendo en un sopor que la va adormeciendo mientras se va repitiendo que todo fue una quimera, un delirio. Seguro soñaba despierta, Ernst no va en Fumadores. Cecilia está a salvo entre el gordo canoso que ojea una revista y la anciana filuda que saca un tejido y comienza con puntadas ensortijadas mientras el Caravelle trepa vibrando como si taladrara el colchón de nubes que no hay ya, porque el cielo de julio está azul y el lago de Ginebra se oculta entre arboledas que van borrándose a medida que el avión trasmonta los Alpes y abajo todo parece escarpado entre pinedas y rocas cuando Cecilia, rendida, cierra los ojos por fin. ¿Será cierto que duerme? Ahí mismo sueña y la pesadilla le llega con olor a cigarrillo y una voz gutural pidiendo excusas. “Excuse, entschuldigung, excuse me”, seguro Ernst vino desde fumadores 28-B hasta No-fumadores 16-C, lo cual quiere decir que está ahí enfrente, sin el cigarrillo en la boca pero apestando de todas maneras y con las mismas gafas oscuras y si no fuera porque la azafata llega en ese momento con el carrito y las bebidas, Ernst permanecería frente al puesto 16-C, se instalaría a hablar de la leidenschaft o a preguntar cherie a qué hotel vas y ella que no sabe y él insistiendo y averiguando hasta que la azafata protesta por lo del carrito y las bebidas y Ernst acaba marchándose con cara de burla mientras Cecilia otra vez se recuesta, suspira, bendice a la azafata, cierra los ojos y se deja adormecer hasta que el avión va bajando y aterrizando.
Luego, ¿qué sucede? Pues que cuando el jet frena, Cecilia despierta con un sobresalto y en seguida ve que los pasajeros se agitan, se paran, se precipitan. Por Dios, cuando se levanta la empujan y la apretujan y casi la tumban a remezones en la salida y en la bajada y al trepar al bus que los lleva a todos a la recepción del aeropuerto y a la aduana austriaca y a esa puerta de vidrio con tanta gente mirando y gesticulando, casi todos altos y ojiclaros menos uno paturro y aceitunado con un escudito colombiano en la solapa. Qué casualidad, ese tipo medio calvo reconoce a Cecilia, presentándosele enseguida y tomándole la valija justo cuando Ernst irrumpe con la suya y la gabardina en el brazo precisamente en el instante en que el colombiano habla de un tal hotel Kaiserhof situado en el centro. Caray, por fortuna llevan afán, salen rápido, deben proceder sin demora y hallar el auto y montarse y arrancar ya, ya, ya, porque la conferencia comienza en seguida.
“Apenas hay tiempo de llegar a Uno-City”, repite el delegado de cuyo nombre Cecilia no logra acordarse, mareada como viene por el vuelo, los afanes de la bajada, la espera en la aduana, el apuro con que fue agarrando su valija y metiéndose en esa fila de gente empujándola hasta el hall donde aguardaba el tal colombiano con la banderita en la solapa y tanta urgencia de llegar al parqueadero. Sí, sí, al señor ese las manos le tiemblan, la calva le brilla, se equivoca de puerta, resopla al llegar al parqueadero adyacente, hallar el auto, meter la maleta en el baúl y tomar a cien por hora hasta la Uno-City. Allá será la tal conferencia, al otro lado de la autopista, de los puentes, de las transversales, de un tráfico insoportable.
¿Quién lo hubiera creído? cuando por fin llegan, a Cecilia le parece la Uno-City vienesa otro aeropuerto aunque sin aviones pero inmenso y de vidrio y con banderas por todas partes. Verdad que Cecilia cree haberse trasladado de un aeropuerto a otro, sólo que el segundo con todavía más turistas tomando fotos en ese hall como un hangar de cristal que se va dividiendo en un laberinto de salas y pasadizos numerados hasta hallar el bendito “Informe Pax Cristi sobre Colombia”. ¡Emoción! ¡Emoción!, una entrada estrecha y oscura da a un recinto con plataforma y mesa redonda de ceñudos expertos internacionales hablando sobre La Guerra Sucia de Allá fomentada por las Multinacionales de Acá, o mejor dicho los países desarrollados compitiendo para vender o exportar armas a militares, paramilitares y otros pleonasmos en vía de desarrollo, ¿verdad?
¡Uff! En ese salón circular hay tanta gente que Cecilia prefiere uno contiguo donde están hablando eclesiásticos sin sotana pero bien beligerantes. Sí, sí, sobre todo uno que denuncia la represión y pide que se visiten las cárceles, ¿cierto? Pues cuando el orador termina el público aplaude, aplausos y más aplausos, un aguacero, caray, el público se levanta y sigue aplaudiendo, por poco sacan al presbítero en hombros, verdad, en ese recinto tan refrigerado, con lámparas como gavetas de hielo, la audiencia se calienta y se prende. Además, hay gente de todo tipo: austriacos y holandeses altísimos junto a alemanes gordos y suizos calvinistas mezclados a calentanos bajitos, paramunos fatigosos y costeños como esa delegada que pide la palabra en seguida con acento barranquillero. Qué atrevida, altota y malhumorada, una melena de leona y muchas ojeras pero ahí mismo se queja de que el Episcopado colombiano no preste auxilio a quienes van desapareciendo y ni siquiera se sabe dónde quedan enterrados, por Dios, la costeña hasta muestra unos papeles con nombres, fechas y datos que enojan muchísimo a un obispo muy presente y muy dispuesto a defenderse. Mejor dicho, su Eminencia osa ponerse de pie y expresar su indignación a grandes voces señalando esa y otras inexactitudes de quienes se atrevieron a redactar un informe titulado “Impunidad en Colombia”. ¡Una infamia! ¡Una infamia! El jerarca es robusto y canoso y no soporta eso de que se acuse de indiferencia a los monseñores. Sin embargo, aunque sermonea por lo menos treinta minutos, al final nadie lo aplaude.
¿Qué horas serán? Cecilia se va saliendo tan pronto termina la perorata, con ganas de buscar un tranvía hacia la Opernstrasse para apearse luego y desviar por la transversal que da al Kaiserhof Hotel, el mismísimo que parece otra dependencia del aeropuerto, con sus entradas electrónicas, sus luces alógenas y sus cientoveinticinco piezas tan ultramodernas que nadie se creería a dos pasos de los campanarios y los pórticos vieneses. Al entrar al hotel, un conserje africano le entrega una ganzúa electrónica y varios mensajes de Ernst pieza 65, siendo la de Cecilia 71, a distancia de un piso y un corredor y tal vez por eso hay tantos mensajes. Uno a las dos y quince y otro a las tres y media y otro a las cinco y cuarto y el último a la hora en que Ernst pasa al comedor, o sea que la espera ya, ya, ya, sin tardanza. ¿Por qué no ir a ver si está? En fin, Cecilia lo va a buscar y no lo encuentra, de modo que resuelve llamarlo a su habitación, alarmando al recepcionista y pasmando a quien responde en la 65 con voz gutural desganada, o sea que Ernst llegó recién de una bochornosa jornada con funcionarios helvéticos y entonces, cuesta creerlo, pero está desganado y como emperezado, increíble pero apenas consiente en bajar al funcionalísimo bar del hotel donde espera Fräulein, Cecilia, cherie, disimulando cierto desconcierto al notarle la flojera.
Sí, sí, allí en el bar del hotel está Fräulein, Cecilia, cherie, pidiendo una segunda naranjada, mientras Ernst entra sin afeitarse y con el mismo pulóver sudado de la mañana. ¿Quién lo hubiera creído? Ahí llega ordenándole un slivovitz al mesero y verificando que ningún circundante hable francés y que el barman no alcance a oír lo que murmura al beberse de un trago el contenido de su vaso y ponerse de pie y anunciar, con un carraspeo, que espera a Cecilia en su pieza. Bueno, ahí agrega en seguida algo de guardar las apariencias o tomar las precauciones necesarias y otras tonterías que Cecilia ni le oye por ponerle cuidado a eso de que por ejemplo tome el ascensor hasta la 71 y baje luego a la 65 por la escalera de servicio que es más discreta, para que nadie sospeche que Fräulein, Cecilia, cherie, va a donde va luego de terminar su segunda naranjada, dejarle una propina al mesero y dirigirse a la recepción a pedir otra vez la ganzúa de su habitación, subiendo hasta la misma en el ascensor. Bueno, ahí se trata de salir por el corredor como si nada, para vigilar que nadie la vea escabullirse por la puerta del fondo y bajar despacio por la escalera de servicio para que Ernst ya se haya duchado cuando le golpee con pudor y prudencia, esperando que le abra envuelto en una de las voluminosas toallas del Kaiserhof. Que le abra, sí, para saludarla bostezando y después volverse, tenderse en su cama, taparse y casi dormirse antes de que Fräulein, Cecilia, cherie se desnude sin ganas, maldiciendo el momento en que vino a esa pieza a meterse en la cama de Ernst, quien cierra los ojos de un momento para otro, quedándose tan profundo que no la siente levantarse, vestirse y marcharse en punta de pies.

 

 

 

Helena Araújo (Colombia).
Ensayista y narradora. Actualmente vive en Lausanne, Suiza. La editorial March Editor, Barcelona, en su colección Biblioteca Íntima, publicó este año su novela Las cuitas de Carlota.

 

 

 

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El cuento es tan antiguo como el hombre. Tal vez incluso más antiguo, pues bien pudo haber primates que contaran cuentos todos hechos de gruñidos, que es el origen del lenguaje humano: un gruñido bueno, dos gruñidos mejor, tres gruñidos ya son una frase. Así nació la onomatopeya y con ella, luego, la epopeya.

Guillermo Cabrera Infante


www.odradekelcuento.com

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