Fucú


Carlos Arturo Truque


Hoy pueden los ojos asomarse al mar.
Hay una vieja balandra tirada sobre el lodo. El nombre puede oírse silbado por el viento. Es un nombre que suena a brisa limpia: "La Marianita". Sobre ella se hizo hombre más de uno. Subieron barbilampiños a frotarse tormentas en las mejillas y regresaron con la barba negra y el tórax más fuerte. Nadie la recuerda porque ninguno quiere dejarse arrastrar al pasado. Sólo hay un hombre que va todos los días a conversar con él. Se llamaba Emilio Torreblanca. Ahora le dicen "Fucú" y en su memoria se ha enmarañado el día en que empezó a ser marino. Fue el capitán de "La Marianita".
Anda descalzo por la playa húmeda. Detrás de él, únicamente los huecos de los pies sobre la arena. Tiene la barba ceniza y los carrillos hundidos. Las ropas deshilachadas remontan un juego de burlas que crece con el viento. La cabeza cubierta con la gorra de mando; con la misma que hacía rimar la orden bronca y el bullicio de las marejadas.
−¡Rumbo al sur!
Y las velas grávidas del viento se enamoraban de las lejanías. ¡Si sería esbelta "La Marianita"! Tenía nombre de mujer porque él se lo había cambiado al año largo de comprarla. La rebautizó para llevar al frente el nombre de una que conoció en un viaje: Marianita. Era tan bella como la nave. Por eso, sí, por eso se lo había cambiado. Cuando volvía, atracada al muelle, quedaba la una, mientras él iba a anclarse en los brazos de la otra. Una vez ella le dijo: "Llévame contigo". No quería, pero insistió tanto que, una mañana, a bordo de "La Marianita" zarpaba la otra entre los cuchicheos de la gente de mar.
−Quizque con una mujé a bordo. ¡Y noj la vamoj a aguanta nojotroj! ¡Ej el primé barco onde el capitán anda con moza!
Y las miradas hostiles secundaban las palabras y se movía la intriga al oído del piloto y el grumete imberbe.
−¡Nadie pisa ma ejte barco!
−¡Barco que lleva mujé, le cae fucú!... ¡Y los marineros se salan…!
− ¡Por onde andan, hay tormenta…!
Lo dejaron solo. Solo con sus dos Marianitas: la del cuerpo esbelto, tibiamente bello, y la de las velas largas. No trató de detenerlos. Se fueron sin volver a mirar, uno a uno. A él le quedaba orgullo, mucho orgullo, y apenas si apretó los dientes y se metió las uñas en las palmas de la mano.
−¡Qué carajo!... ¡Que se larguen!...
Se bajó un poco la gorra y pisó tierra, del brazo de la hembra. La balandra no zarpa. El capitán anda en los muelles, hacinamiento de vagabundos, buscando marineros.
−¿Quieres embarcarte?
−Sí… ¿En qué barco?
−En "La Marianita".
−Ah, no; en ese no; está salao. Quizque el capitán metió una mujé a bordo y que le cayó fucú. No, en ese, no.
−¡Granuja! El capitán soy yo y a mi barco no le ha pasado nada.
¡Aun cuando sea! Yo no voy, y menos con griticos. A mí no me ronca grueso naides… Miren a este − dirigiéndose a los otros − quiere obligarme a montaj en su cochino barco.
Un muro de burlas se le encaramó a las orejas. Los dejó con un gesto de amenaza y, ya lejos, aún oía sus voces gritándole:
−En "La Marianita" no trepa ningún marino.
−¡Qué va a trepá, si está salá!
"La Marianita" seguía anclada en los muelles. Ya las algas verdes se le subían por los costados y el hierro se ponía del color de los ponientes. Una tarde lo visitaron. Venían a ofrecerle compra por ella.
−Danos cinco mil pesos.
−No está para la venta y menos por ese precio.
−Seis mil, entonces…
−¡Tampoco! He dicho que no se vende. Ya pueden irse largando.
Los dejó en la sala con la mujer, despidiéndose. No le provocó darles la mano. ¿A comprar la balandra? Sí, "La Marianita". ¡Tiene un capitán! Zarpa conmigo o no zarpa. ¡Pa eso la compré, pa mí…!
Así se hubieron marchado los compradores, entró la mujer:
−Por qué no la vendes. Con ese dinero podríamos comprar un negocio aquí. Fíjate que ya no tenemos nada. Ellos la quieren sólo por el hierro: no tendrás pues la tortura de estarla viendo.
Pensó y se vio en tierra manejando un bar o una tienda; con gentes que no le dirían capitán, sino Emiliano, a secas. Los otros marineros vendrían a conversar con él y le contarían las aventuras que él no había vivido. Le daría envidia. ¡No, no la vendería!
−No te metas en esto− dijo a la mujer− El asunto es mío y yo lo arreglaré.
−¿Cuándo? ¿Cuándo ya estemos hambrientos y desnudos? –preguntó con sorna la mujer.
Para no iniciar una discusión interminable, se marchó a los muelles. Vio la nave: era linda aún. Un poco sucia, pero ya la limpiaría. Si consiguiera tripulación, se largarían de nuevo las velas y volvería a saborear su voz fuerte sobre la obediencia de la marinería. ¡Qué hermosa voz de mando tenía el capitán Torreblanca! Se fue ensayando mentalmente órdenes y contraórdenes:
−¡Leven anclas!
−¡Suelten velas…!
−¡Rumbo noroeste!
−¡Orzar en redondo!
La distancia era corta. Se halló de pronto en la casa.
−¡Mariana! ¡Mariana! –llamó.
Registró los cuartos, preguntó a los vecinos. Nada. Alguien dijo haberla visto salir con sus maletas. No se le oyó maldecir. Emiliano Torreblanca ya no era capitán de la otra Mariana. Había perdido el mar de la ternura como antes perdiera el otro. Por esta razón viene a ver a la otra "Marianita", volcada en el lodo; esta no saldrá para ningún puerto. La ata el fucú, maldición de mujer sobre los hierros carcomidos.
Torreblanca viene a conversar con sus recuerdos.
Siempre se aleja con sus ropas deshilachadas, seguido por la risotada del viento y la tripulación solitaria de sus pisadas.
Hoy, se han asomado los ojos al mar.

Carlos Arturo Truque
Nació en 1927 en Condoto, Chocó - † 1970 en Buenaventura. escritor colombiano. Autor de El día que terminó el verano (cuentos).


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