Atasco

 

Fanny Restrepo


Abelardo abre la ventana de su alcoba para constatar el tiempo, como lo hace cada mañana. Escoge un traje liviano y claro, a tono con el clima soleado. Se ducha, toma el desayuno sin entretenerse, y atiende todas sus rutinas antes de dejar el apartamento. Al salir del garaje activa la puerta electrónica; en su pequeño cupé recorre poco más de dos cuadras, y al doblar la esquina se detiene tras un microbús escolar que a esa hora repite su ruta acostumbrada con los mismos pequeños somnolientos en su interior. Se habrán levantado alrededor de las seis, en lo mejor de sus sueños, piensa mientras se urga la ceja derecha y observa en el espejo retrovisor que tras él se añaden a la fila dos, tres, cuatro automóviles más. Una moto pasa veloz, atronadora, zigzagueando esquiva los autos inmóviles.
La tardanza del semáforo lo impacienta. Se prolonga más de lo acostumbrado. ¿Estará averiado? Segundos después se pregunta si es que hay un corte de energía y mira a su alrededor para confirmar su duda, pero el neón que muestra el nombre de la droguería permanece encendido a esas horas de la mañana.
Por fin los autos se mueven y Abelardo puede recorrer unas cuadras, antes de pararse de nuevo. Seguramente ocurrió algún accidente y habrán restringido el paso.
Se apresura a llamar a su asistente para pedirle que le prepare el informe para la reunión del comité de las 4:30.
Hoy es uno de esos días de tráfico difícil. Llegará tarde a la oficina de su jefe, que lo espera, como todas las mañanas, desde las 7:30. La circulación no se restablece. Habrá que tener paciencia, piensa, mientras observa que los chicos del microbús escolar continúan dormitando: algunas cabezas se bambolean abandonadas en los hombros de sus vecinos. Enciende el primer cigarrillo de la mañana. Desde hace días intenta dejar esa costumbre estúpida, encuentra comprensible que haya quienes fumen otras cosas: por lo menos ellos tienen un incentivo más poderoso, pero el solo cigarrillo le parece una simpleza, no sabe por qué no ha podido terminar con eso a pesar de haberlo intentado varias veces. Es cierto que en esta oportunidad ha logrado reducir su consumo de manera considerable, pero no puede prescindir del hábito de fumarse tres o cuatro al día.
Se mueve, se mueve. Sí, lento, pero se mueve. Y ruedan otro poco, antes de pararse definitivamente a pesar del semáforo en verde que ahora sí alcanza a ver más adelante, sin que le estorbe el microbús que logró pasar al carril vecino, en busca de mejor suerte.
Toma resueltamente el celular, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo—el cigarrillo lo ha tranquilizado—para hablar con su jefe que estará ya en la oficina. —Si así está la 80, cómo estarán Las Vegas y la Avenida El Poblado. Quién sabe, tal vez el tráfico desde el sector sur de la ciudad no sea tan difícil como aquí—, especula, pero se equivoca. Antonio Suárez le dice que tambien el se encuentra metido en un trancón y que no cree que pueda llegar a la oficina a las 7:30. Como, de todas maneras, viajará a Bogotá en el vuelo del medio día, aprovecha para precisar algunos detalles que quiere que Abelardo trate en la reunión del comité. Lejos se oye un conductor impaciente que hace sonar el pito, desesperanzado, y sin resultados, parece, por lo acucioso del tono de su bocina.
Han pasado cuarenta minutos y cree que no ha avanzado más de doce cuadras de su apartamento. Los vapores malolientes de la gasolina de dos estaciones de servicio cercanas, al diluirse en el aire mañanero, penetran las narices y los ojos de los transeúntes que pasan desapercibidos, con ese ardor quemante e imposible de evadir.
Intenta comunicarse con la central de la oficina de tránsito para solicitar ayuda. Tal vez algunos agentes puedan hacer circular los vehículos de nuevo, antes de que el atasco sea irremediable. Pero no logra más que escuchar una grabación: una voz almibarada y bien modulada le ruega que espere en la línea… hasta la eternidad.
Las llamadas telefónicas le han hecho olvidarse de las las noticias. Enciende la radio y la voz estentórea del locutor le hiere los oídos. Baja el volumen. El flash informativo anuncia:

El sol calienta rabioso. Hace rato que bajó los vidrios de la ventanilla y se quitó la chaqueta, sin percatarse mucho de ello. Enciende otro cigarrillo y masculla que debería dejar esta costumbre. Llama a su secretaria para solicitarle que cancele la cita de las diez, porque ya sabe que tampoco a esa hora estará en la oficina, pero sólo le responde la grabación telefónica: “correo de voz...” “¡Maldita sea!”, exclama disgustado y chupa el cigarrillo con fruición.
Impaciente, se comunica personalmente con el cliente para explicarle la situación. Este le dice que se encuentra a diez minutos de su oficina, que por favor lo espere que se retrasará un poco debido a la congestión del tráfico, pero que de todas maneras va en camino. En medio de la siguiente frase, se corta la comunicación. ¿Baterías? ¿Señal? ¿Qué pasó?, no puede saberlo; intenta comunicarse de nuevo, sin resultado. Llama entonces a su madre, pero encuentra la línea ocupada.
De tantos carros y tubos de escape llegan hasta sus ojos los gases urticantes. El calor lo sofoca. Se había desanudado la corbata y abierto el cuello delta de su camisa Armani, buscando alivio. Los muchachos en el microbús brincan y gritan; Abelardo ve los gestos pero no alcanza a oír los gritos. Enciende el aire acondicionado, sube los vidrios e intenta relajarse. Sin el estímulo del café de las diez, se siente amodorrado y cierra los ojos.
En la playa, a pesar de la resolana del medio día, la brisa alivia el rostro. Los vapores del océano traen ese olor recóndito. El agua juega indecisa sobre la arena blanca que deslumbra. Anita y yo ahí, los pies descalzos, los zapatos entre los dedos, oyendo las olas, viendo las olas romperse en espuma contra las rocas, trepando a los peñascos. Ella ríe con la cabeza echada hacia atrás, el sol perfila su cara y su garganta perladas de humedad. Caminaremos hasta la punta en donde los acantilados interrumpen la faja de playa, solitaria a esta hora, cuando los turistas se refugian en los restaurantes, mientras los lugareños, con la sabiduría que les da la adaptación al calor tropical, prefieren interrumpir sus actividades con la pausa de una larga siesta, tal vez en una hamaca. En su recuerdo los péndulos de los relojes iban deprisa y las vacaciones se hacían breves.
El agua le salpica la cara, se pasa la lengua por los labios humedecidos...
Abre los ojos sobresaltado, le pareció oír el ulular de una sirena amortiguado por la distancia. El sol le da en la cara. Pega en el asfalto y rebota. Se podría freír un huevo en la tapa del motor, como en aquella película con Rod Steiger, ¿cómo se llamaba?, Al calor de la noche, creo haberla visto en un festival de cine de los años sesenta. Nos vamos a sofocar, yo, nosotros, la especie en el planeta. Si hubiera un árbol donde estar a la sombra, pero nada, no se ve ninguno.
A lo mejor esto es un sueño y, tal vez, mañana, mañana ...
Ana, Anita. Cuando nos conocimos me contó que, de pequeña, pescaba conchas en esa misma playa, con la niña que se llevaron las fiebres en aquellas vacaciones. Yo estaba ahí entonces. Toqué su frente ardida; mis manos, por contraste, estaban frías.
Van pasando las horas. Abelardo sale del auto. En el andén, detrás de él, algunos conversan en grupo, hablan de goles y marcadores, más allá dos hombres ríen, uno de ellos gesticula con énfasis. Él mide su espera a largos pasos.
La profesora al cuidado de los niños los ha reunido sobre la grama y ella misma está sentada en el borde de cemento, vigilante. Arranca una brizna de hierba y se cosquillea la cara. Los chicos juegan indiferentes al atasco, al zumbido repelente de los celulares, cada vez más escaso. Uno de los pequeños se entretiene quitando las alas a una mariposa, mientras que el más pequeño, cansado de correr, se ha quedado dormido sobre la hierba. Otros se esconden tras una montaña de arena. Abren las loncheras y las cierran de nuevo. ¿Por qué será que lo que encuentran en ellas nunca les complace? Por qué será, por qué será, no sé. Yo sí quisiera tener una lonchera.
Algunos padres han ido llegando por los niños del microbús y se los han llevado a pie. Una chiquita mordisquea una galleta de chocolate. La profesora la toma de la mano junto con los últimos dos pequeños y se va con ellos.
Abelardo no deja quieto el cigarrillo entre los labios hasta que por fin lo apaga sobre el pavimento. Siente la boca seca y está hambriento. Quisiera tener quien le prepare una lonchera. Tal vez vaya por agua a la tienda de la esquina unas cuadras adelante. La punzada dolorosa de la gastritis termina con su indecisión y lo empuja hacia la tienda, sin más demora.
“Una botella de agua”, dice. “Se nos agotaron, le contesta la encargada.” “Carajo, ¿se agotó el agua?, ¡Déme un vaso de la canilla!”, grita sin saber por qué, mientras toma los dos últimos alfajores que quedan en la bandeja frente a él. En el ambiente bullicioso del minimercado, donde, desmelenados, todos piden lo suyo: chicles de clorofila, paletas de maní..., las voces machaconas insisten inútilmente, pues, dada la carencia de personal, la chica que atiende la venta no da abasto. Un espíritu maligno ha sembrado la irascibilidad que crece entre quienes se encuentran detenidos forzosamente en la vía. Uno echa mano de un paquete de ponqué y sale sin esperarse a pagar; después de él, otros lo imitan llevándose por delante sillas, mesas y personas, como si se hubiera abierto una compuerta que ya no pudiera contener más el agua y ésta se desparramara e inundara todo. Se forma un tumulto alrededor de los comestibles, en medio de gritos, una rapiña. Ya de salida, alcanza a ver en la confusión un zapato sin dueño, con los cordones perfectamente anudados. Es un misterio cómo y por qué los zapatos se pierden en el barullo, en el estadio, en todo accidente. Los zapatos se salen de los pies. Sí, eran Rod Steiger y Sydney Poitiers; la primera vez que un policía negro le daba un bofetón a un blanco, al menos en el cine. Un pequeño martillo golpea dentro de su cabeza como en un yunque, sin parar. Intentando aliviarse, se baña la cara en el wáter con el agua del mar de otro tiempo, deseando volver allí.
Afuera, los motores han sido apagados hace horas y los vapores de la gasolina, disolviéndose en el aire pesado y ardiente, se llevaron consigo las esperanzas de los conductores. Muchos caminan por el andén, como en una romería, rumbo al paraíso. Vamos a caminar, tal vez las piernas nos lleven más lejos que las máquinas. Se me parte la cabeza.
En el calor desesperado de la tarde ya todos saben que están y estarán inmovilizados, sin posibilidad de avanzar ni de retroceder. Es como si al salir de su apartamento, el auto de Abelardo hubiera completado el número de vehículos que era necesario —así como hay una gota entre muchas que determina que el agua se derrame— y el atasco se hubiera producido a causa de su salida. Las vías no pueden contener ni un vehículo más.
Sólo las motos se van adelante, algunas llevando agentes de tránsito que cualquiera imagina con esperanza que van a llegar al nudo a deshacerlo, pero pasa el tiempo. Al otro lado de la avenida, junto a la clínica naturista que permanece cerrada, unas chicas, en bicicleta, circulan por la acera y dejan atrás a una señora con la bolsa de la compra vacía.
De repente, en la tarde silenciosa, sin ruido de motores ni bocinas, el cielo se viene abajo en una costra gris que se deshace en agua sobre quienes se quejaban del calor y quienes no lo hacían. Abelardo levanta la cara al cielo y ríe a carcajadas, la risa le sale de las tripas, sin que pueda contenerse, sus lágrimas se funden con las gotas de agua que le bañan las mejillas. Con necesidad de llegar a alguna parte, echa a correr bajo la gruesa lluvia, riendo, y camino a su apartamento chapotea en el arrollo.
Mientras se cambia de ropa para librarse de la humedad, del cansancio de un día inútil, de la frustración de salir y no poder llegar, escucha el buzón de su teléfono: “Usted tiene tres mensajes nuevos. Primer mensaje, recibido hoy a las 8:00 a.m., ...Hijo, tu papá se puso mal, el médico vecino dijo que había sufrido un infarto. Va a conseguir una ambulancia para llevarlo a la clínica, por favor, comunícate. Segundo mensaje, recibido hoy a las 10:15 a.m.”, de nuevo la voz angustiada de la madre: “...Hijo, por favor, comunícate con nosotras, no hemos podido conseguir una ambulancia. El médico lo ha atendido como ha podido, pero necesitamos llevarlo a la clínica. Tercer mensaje, recibido hoy a las 2:08 p.m.”, Reconoce la voz de su tía y un presentimiento le provoca un latido anormal en el pecho. “... Abelardo, habla Lucrecia, murió tu padre. Por favor, llámanos ...
Temprano, la mañana siguiente, Abelardo abre la ventana, pensando en su madre, a quien la noche anterior prometió que iría a primera hora, dada la imposibilidad de llegar a ningún lugar en aquel momento, y ve cómo, en medio de un silencio pesado como la bruma mañanera, permanecen intactos, inamovibles, soldados unos a otros como los brazos muertos de un colosal arácnido, los autos de color gris metálico en su mayoría. Apenas se ven en la larga fila unas incrustaciones amarillo taxi, aquí y allá. No se puede determinar cuándo se disolverá el nudo de chatarra que atenaza la ciudad. Sus tentáculos rodean todo el cuerpo, ciñéndola, apretujándola, unidos unos a otros los automotores articulados en enormes brazos que se prolongan, que estrujan y oprimen ...


Fanny Restrepo (Colombia)
Ha sido traductora y educadora. Ha publicado sus cuentos en la revista Odradek y en antologías. Su libro de cuentos y relatos Lectura de domingo fue publicado por la editorial Universidad de Antioquia, en 2008. Sigue escribiendo cuento y poesía en algún lugar de las montañas de Antioquia.


www.odradekelcuento.com

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