Una reflexión y una presentación

 

Ramón Cote Baraibar

 


El tema que nos reúne esta noche lleva por título “En defensa del cuento”. El planteamiento supone ya de por sí que alguien, no sabemos quién, o quiénes, atacan al cuento y que este, como el agredido, tiene derecho a defenderse.
Estamos, de este modo, ejerciendo entonces el sagrado derecho de réplica. Pero me gustaría detenerme un momento en un asunto que está tácitamente planteado: al “defender” el cuento se está cometiendo un error, ya que sugiere que debemos salir en defensa de su marginalización, lo que no deja de ser una paradoja porque, a su vez, y con la mejor voluntad, también lo estamos marginando.
Para explicar esta curiosa situación, se me ocurre hacer una comparación con los movimientos sociales del siglo XX, como el feminismo, las negritudes, los indígenas, etc. Ellos en sí fueron grandes conquistas, pero el error, me parece, es que a su vez que se autoafirman, se autosegregan, tal como bien lo estudió Robert Hughes en su libro La cultura de la queja.
Por lo tanto, me parece, habría que hablar de la defensa del cuento sin la necesidad de erigirse en campeones despojados de su título de victoria y sin la actitud de caridad de quien pide limosna.
El cuento, sobra decirlo, está tan a la altura de la novela como de la poesía y el teatro. Es, perdónenme la obviedad, un género tan respetable como cualquier otro. Que se lea o no, que no goce del favor del público mayoritario o de los intereses de las grandes editoriales, es otro problema. Por supuesto que es un gran problema que nos afecta, pero que al escritor que lo hace no le debe modificar su deseo de hacerlo. La pelea, si hay que darla, es lograr que nuestros cuentos estén a la altura de los grandes cuentos de nuestro país, de nuestra lengua y de la literatura universal.
Para terminar, quisiera mencionar sólo un nombre entre los cientos de nombres que también ustedes ya conocen. Me refiero al peruano Julio Ramón Ribeyro. Perteneciente por derecho propio al boom y amigo de todos ellos, dedicó toda su vida, pasión, sensibilidad e inteligencia al cuento. E intentó escribir, y lo logró, un par de novelas, con el propósito de ejercitarse en ese otro género que lo tentaba. Vio como Gabo, Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, eran celebrados y célebres y él sentía que estaba siendo relegado por dedicarse a su género amado: el cuento,
En vez de resignarse a las sombras y sentirse un autor de segunda línea, sabía que su vida no había pasado en vano, y que sus novelas no estaban a la altura de sus cuentos. También, que nos dejaba una colección de cuentos que son de los más grandes de nuestra literatura. Les puede parecer un poco romántica, un tanto ingenua esta conclusión, pero es un gran ejemplo: la defensa del cuento no consiste en atacar a las editoriales o quejarse del gusto predominante; aspectos, insisto, de gran importancia. La defensa del cuento es luchar por poner un poco más alto el listón.
Los verdaderos lectores saben que Gabo, Rulfo, Bioy, Vila-Matas, por sólo hablar de algunos autores de nuestra lengua, han escrito páginas memorables tanto en sus novelas como en sus cuentos. Y son igualmente válidos en cada uno de sus géneros. Pero que el asunto central sea la desidia, el olvido, les digo: a otro con ese cuento.
Uno de los problemas del cuento es que muchos lectores consideran que el cuento es un medio y no un fin. Es decir: que el que escribe ahora veinte páginas escribirá en un futuro doscientas. Y cuando lo haga, estudiosos volverán la mirada a su producción anterior en busca de las raíces anticipadas de su genialidad. No lo creo así, y me niego a creer que un escritor serio considere la escritura de un cuento como un estado intermedio para alcanzar algún día el mar océano de la novela. Al contrario, si lo hicieron es porque estaban convencidos de dar lo mejor.
No comamos cuento, por favor. Como dice el gran Bioy Casares: “Cuando escribimos un texto que nos parece estúpido, probablemente lo sea”.


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