La bicicleta

 


Harold Kremer

 


Mamá dice que la desgracia de la familia empezó cuando se llevaron a mi tío Raúl. Desde ese día quedamos marcados con una cruz sobre la frente, sobre todo papá. Cuando mamá habla de eso yo corro a mirarme al espejo a ver si veo la cruz y nunca la veo, aunque ella dice que nosotros no podemos verla pero los hombres que vinieron sí pueden verla. Se lleva la mano a la frente y hace la señal de la cruz y dice que ahí está, que ellos la ven como si tuvieran gafas especiales para ver cruces.
Papá corrió con la fortuna de que ese día no estaba en la casa, porque si no también se lo hubieran llevado amarrado y arrastrándolo con el lazo con el que amarrábamos a Peludo, el burro con el que bajaba al pueblo a vender una que otra carguita de café.
Pero luego, no sé cómo, a papá le quedó marcada la cruz, y había momentos en que se iba a dormir al monte para que no vinieran por él. Una noche llegaron y revolvieron toda la casa y miraron hasta debajo de las camas y nada que encontraron a papá. Entonces el hombre que parecía ser el jefe de todos los otros le dijo a mamá que le dijera que se presentara a la finca que llaman Yegüerizo, porque ya tenían listo el contrato tan bueno para comprarle ese mangón que a él no le servía para nada.
Al otro día mamá trató de convencerlo, le dijo que con ese dinero podían ir a vivir a Buga, que esa ciudad era casi como el mismo campo, con casas grandes y patios inmensos donde podía cultivar tomates, yucas y hasta tener unas maticas de café. Y al fondo, dijo mamá, un gallinero para que tuviéramos huevos frescos. Pero papá era terco y una noche que se emborrachó se puso a gritar como si le doliera algo y le decía a mamá que no se iba porque aquí había nacido él y todos sus hijos y que sólo saldría con los pies por delante. Y se paró en el corredor a gritar pa’l monte oscuro, en dirección a Yegüerizo, puteando y maldiciendo a un tal Ganzo, que así le decían al señor dueño de esa finca. Mamá lo agarró como pudo y lo tiró al suelo y le tapaba la boca con las manos, pero él se soltaba y corría monte adentro y seguía gritando que el tal Ganzo era un hijueputa, y que aquí lo esperaba para que pelearan los dos, de hombre a hombre. Y luego se calló y de vez en cuando oíamos la voz de mamá diciéndole que se entrara pa’la casa y que se quedara callado. Fue cuando me asomé por la ventana y vi que venía gateando como si fuera un niño. Y de pronto se arrodilló, se limpió los mocos con la camisa sucia y se restregó la cara con tierra. A mí me pareció que se comía la tierra y que no parecía que le supiera nada mal, pero mamá no lo regañaba como cuando regaña a Susanita porque se come la tierra de las materas. Entonces salí a la puerta y mamá me gritó que entrara a la casa y que me acostara a dormir sin despertar a mis hermanas. Yo me puse a mirar otra vez desde la ventana y vi a papá besar la tierra, con unos besos ruidosos, y a decir que la tierra no valía plata, que ningún dinero del mundo se la iba a quitar porque era un don de Dios, y que primero muerto que sin tierra.
Entonces la desgracia creció porque al día siguiente papá se levantó temprano y, sin desayunar, se fue monte adentro con Peludo. Mamá me mandó a buscarlo y lo encontré por el lado de los cafetales voliando machete, tumbando todas las matas de café. A mí me dio miedo y subí hasta una colina a esperar que se calmara y desde allí vi cómo le cortó el pescuezo a Peludo después de que lo amarró a un árbol de guayaba. Y se sentó a mirarlo morir. Fue cuando bajé gritando y llorando porque a Peludo yo lo quería mucho. Papá me cogió muy duro para que no le diera patadas y puños y, poco a poco, se me acabaron las lágrimas y los gritos. Cuando Peludo estiró bien las patas, me soltó. Luego, en la casa, dijo que me iba a comprar la bicicleta que tanto quería y a Tita le iba a comprar una muñeca de esas que hablan y que dicen con voz chillona yo quiero a mi mamá. Papá me cargó y me sacó pa´fuera y me dijo al oído que mientras él no estuviera, yo era el hombre de la casa y tenía que responder por mi mamá y mis hermanas.
Al otro día la desgracia siguió creciendo porque vinieron por papá, lo levantaron a patadas de la cama y se lo llevaron para que firmara la venta de la finca. Mamá se agarró de los santos y prendió todas las veladoras que le quedaban y nos obligó a todos a rezar un rosario por la mañana, otro por la tarde y otro por la noche. Al día siguiente, ya sin veladoras, volvimos a rezar y luego de una semana, cuando ya estaba cansado de rezar, aparecieron los hombres y dijeron que papá había hecho un buen negocio y que, como la finca ya era del señor Ganzo, teníamos hasta el otro día para que nos largáramos lo más lejos posible. Mamá les preguntó por papá y ellos dijeron que le habían dado el dinero y se había ido del pueblo con una mujer que le decían La Toalla. Pero mamá dijo que eso no era cierto y los hombres se rieron y se fueron diciendo que si no nos largábamos, entonces iban a seguir con nosotros. “El primero es el muchacho”, gritaron metiéndose pa´l monte.
Al otro día nos fuimos al pueblo y nos sentamos todo el día
en el parque a ver pasar la gente. Mamá fue donde el alcalde y donde el notario y al atardecer apareció con una lata de atún y un pan que no nos alcanzó para llenar las tripas. Esa noche dormimos en una escuela. Yo soñé que Peludo estaba vivo y rebuznaba de la pura alegría y que papá llegaba a la casa con la bicicleta que me prometió.
Al día siguiente la desgracia se hizo de verdad desgracia, porque nos montaron en un bus y nos mandaron a este pueblo y nos metieron en otra escuela donde había mucha gente a la que el señor Ganzo le había comprado las fincas. Nos dieron dos colchones y un mercado y mamá se fue a hablar con las otras señoras para lo del almuerzo. A Tita le dije que yo era el hombre de la casa y que tenía que obedecerme mientras volvía papá. Me dijo que sí con la cabeza y se quedó dormida abrazando a Susanita. Al rato volvió mamá y empezó a organizar el rincón que nos dieron. Sacó una foto de papá, de cuando era joven, y prendió una veladora para que no le pasara nada y volviera a vivir con nosotros. Yo me fui al patio a mirar a unos niños que jugaban fútbol, a esperar a ver si me llamaban a jugar. Al rato me llamó mamá y dijo que me quedara con Susanita, que la cuidara porque Tita tenía fiebre y se iban para el hospital. Mamá demoró tres días en volver y cuando apareció venía sola, sin Tita, y me dijo que se había ido al lado de papá y que, si teníamos suerte, pronto también estaríamos al lado de él. Luego llegaron todas las mamás y una de ellas la obligó a tomarse un caldo mientras las otras empezaron a rezar, a decir oraciones por papá y por Tita.
Ahora estoy sentado aquí en el patio viendo jugar a los otros niños y a dos niñas que pasan en bicicletas. Las miré y sé que cuando papá vuelva me va a traer una mejor, nueva y reluciente, roja, como la que vi un día en una revista que se quedó allá en la finca.


Harold Kremer


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