La estación

 


Sebastián García Barrera

 


Había caminado sin rumbo por la ciudad durante horas. Había contemplado las vitrinas de los almacenes, como hipnotizado por las luces. En las calles, bajo la luz enferma de las lámparas, casi había sentido vergüenza de saberse solo. Tarde en la noche, mientras sus pasos lo llevaban a su casa sin su entero consentimiento, descubrió sorprendido la fachada de un nuevo bar: La estación. En un día cualquiera, le habría faltado coraje para entrar solo a un bar. La idea de sentarse, de pedir un trago, de observar a los otros y de ser observado, solo, lo turbaba sobremanera. Pero lo que le llamó la atención de este bar, además de la fachada, algo extravagante, que parecía una vieja estación de tren, fue un afiche publicitario pegado en la puerta: “podrás comerte a quien quieras”. En un día cualquiera, le habría faltado coraje para entrar a una sala de cine porno, o a cualquier otro antro de erotismo que revelara a los otros su soledad desesperada. Pero hoy no había nadie en la calle, nadie en la puerta, ni una luz encendida en las casas vecinas; y lo más importante, estaba lleno de esa fuerza que sólo procura el hastío. Así que empujó la puerta despacio y entró a La estación.
Sorprendido comprobó que no había nadie. Sorprendido observó también que lo que había considerado un bar se asemejaba quizá demasiado a una estación de tren. Era un corredor largo, bastante ancho, con asientos para esperar el tren y una pantalla que indicaba los horarios de llegada y de salida. La blancura del piso y de los muros era deslumbrante y las luces de neón dispuestas en el techo a lo largo del corredor no revelaban la más mínima suciedad. En eso, La estación se asemejaba más a un hospital que a una estación de tren. Miró la hora de llegada del próximo tren en la pantalla. Cinco minutos de espera. Se sentó. Pensar en los rostros de los pasajeros al verlo subir, al reconocer su acuciante soledad, su excitación obscena, lo aterrorizaba; pero para contrarrestar este enojoso sentimiento repetía en su mente “podrás comerte a quien quieras, podrás comerte quien quieras”. La perspectiva de un encuentro sexual selectivo y no del todo premeditado, en esa noche en que había paseado su silencio y su hastío por las calles, le parecía casi un privilegio. Se dijo que lo mejor sería esperar el tren, echar un discreto vistazo a través de las ventanas, y sopesar la situación teniendo en cuenta la cantidad y el aspecto de los pasajeros.
Pasaron cinco minutos. Primero escuchó el ruido del tren sobre los rieles. Luego vio las luces iluminando progresivamente el túnel. No pudo ver con claridad hasta que el tren se detuvo completamente. Sentía tambores en los tímpanos. Las puertas se abrieron. Al entrar al tren observó, no sin cierta sensación de alivio, que no había absolutamente nadie en el vagón. Las puertas se cerraron. El tren partió de inmediato. Esa premura inesperada lo sorprendió. Pensó en salir. Estiró el brazo hacia las puertas. Es demasiado tarde, se dijo. “Podrás comerte a quien quieras”, se repitió para darse valor, mientras el tren avanzaba veloz bajo la ciudad.
Se sentó. Nada en el tren denotaba el más mínimo tránsito humano. Ni una servilleta, ni un vidrio empañado, ni una mota de polvo. Era un tren impecable, futurista. Se preguntó si no habría sido víctima de una gran broma. Se preguntó cómo era posible que hubiera una línea de metro que él no conociera, más moderna que la última de las líneas en que había viajado, recientemente construida. Se preguntó cómo era posible que no hubiera nadie, ni en la estación, ni en el tren, ni en la calle. Nadie. Se habría preguntado muchas otras cosas de no haber visto que el tren se acercaba a lo que parecía ser una estación.
Se levantó. Miró por la ventana. El tren se detuvo. A través de la ventana vio una estación idéntica a la primera, un largo corredor blanco, pero en lugar de asientos había camas, empotradas en el muro formando una especie de nicho, y en cada nicho había una lámpara, y sobre cada cama había una mujer desnuda que se acariciaba. Recorrió con la mirada el corredor, apresurado. No había nadie, sólo esas mujeres que se daban placer solitario en sus camas. Quiso poseerlas. Ya su mano sentía la línea convexa del seno. Ya sus dedos rozaban un pezón imaginario. Al ver dedos crispados y perdidos en los montes de Venus, pensó que si bajaba del tren su propia anatomía sería más que bienvenida. Sintió de nuevo tambores en los tímpanos. Corrió hacia la puerta, pero ésta se cerró antes de que pudiera alcanzarla, y el tren partió con prisa renovada.
Esta vez prefirió esperar de pie, junto a la puerta. Las mujeres desnudas seguían acariciándose en un rincón de su mente. Tratando de imaginar la sorpresa que le reservaría la próxima estación, miraba con ansiedad por la ventana. Minutos más tarde el tren disminuyó la velocidad, signo de la inminente llegada a la próxima estación.
A través del cristal de la puerta vio grupos de hombres y mujeres que hacían el amor. Los cuerpos, las pieles, los rostros absortos, entregados por entero al placer llenaron sus pupilas. Sobre sábanas blancas unas piernas abiertas, un rostro que marcaba con un rictus el ritmo endemoniado de las muchas embestidas simultáneas, músculos poderosos aferrados a algún vientre insaciable, labios y sexos con responsabilidades invertidas; y en cada grupo, mujeres que buscaban, que querían más. Descubrió posiciones imprevistas. Adivinó en los gestos los orgasmos. A través del cristal, pudo ver cómo algunas mujeres lo miraron con ojos suplicantes, con bocas que abrasaban. Sintió que todos sus tendones y sus huesos le ordenaban que bajara. Sintió que el centro del universo estaba entre sus piernas. La puerta se abrió al fin y trató de bajarse, pero el tren no se detuvo completamente, y mientras trataba de coordinar sus movimientos para saltar sin caerse, lo que hubiera representado una torpeza imperdonable en medio de ese perfecto concierto de besos y de pieles, la estación quedó atrás, volvió la oscuridad del túnel, y la puerta se cerró de golpe.
Desesperado, trató de comprender lo que había sucedido. Había desperdiciado dos buenas estaciones, pero se prometió que se las arreglaría para bajar en la próxima, que, a juzgar por las dos anteriores, y confiando en la progresión lógica que éstas trazaban, debería procurarle un placer aún más inusitado. Recorrió el vagón buscando algún mecanismo para manifestar su deseo de bajar en la próxima parada. Lo único que encontró fue un botón rojo, al fondo del vagón, no lejos de la puerta. Lo accionó. Una luz roja, diminuta, se encendió encima de la puerta. Aunque diminuta, esa luz lo tranquilizó. Le hizo pensar que esta vez sí podría bajar del tren. Al mismo tiempo, la inminencia de la realización de su deseo lo asustaba un poco. Las piernas le temblaban. El sexo sin cortejo, sin la molesta costumbre del cortejo, sexo sin nombre, sin pasado, sin preparativos ni promesas, ¿qué más puede desear un hombre?, pensó. Trató de recordar las escenas que había presenciado en las anteriores estaciones, trató de imaginar lo que le reservaba la siguiente, trató de verse haciendo el amor con mujeres como las que había visto, hermosas, fogosas, obedientes tan sólo a su deseo. Pero recordó su calvicie prematura, sus piernas flacas, su incipiente barriga. Para darse valor repitió varias veces el eslogan de la entrada: “podrás comerte a quien quieras”. Y mientras esto repetía sintió que la velocidad del tren disminuía y se precipitó hacia la puerta.
Esta vez, como medida de precaución contra el comportamiento caótico del tren, se bajó sin mirar lo que le esperaba en esta estación. La puerta se cerró y el tren desapareció entre las sombras. Miró alrededor. Era una estación como las otras, pero no había camas, ni sillas. La misma luz blanca y cegadora le reveló cientos de niños desnudos que caminaban despacio hacia él. Esto es demasiado, se dijo. Debí haberme bajado en la estación anterior. Debí haber saltado. Son todavía niños. Esto es demasiado. Se dirigió a la puerta, apresurado. Los niños se acercaban cada vez más. La puerta estaba cerrada. Trató de forzarla, en vano. En un instante estaba rodeado de niños desnudos. Les gritó que se fueran, pero no respondieron. Se preparó para abrirse camino como fuera hasta la carrilera. Los niños reían. Tuvo miedo. Los niños se acercaban lentamente. El primero era un poco más grande que los otros. Creyó que podría hablar con él. Tengo que irme, le dijo, sin respuesta. ¡Déjenme salir!, gritó. El más grande lo miró a los ojos. Su boca deformada ostentaba una sonrisa macabra. “Podrás comerte a quien quieras”, dijo el niño, y todos se abalanzaron hacia él. Trató de defenderse, pero eran demasiados. Luego sintió cientos de mandíbulas desgarrándole el cuerpo.


Sebastián García Barrera (Colombia)


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