Lola

 


Paloma Pérez

 


Comencé a pensar que la vida es más
importante que el arte,
y que si arte hay, solamente
puede venir de la vida

Luis Caballero

 

¿En qué estaría pensando Lola cuando me llamó? Me había dejado recados en la oficina y yo había marcado varias veces a su teléfono móvil, pero me contestaba la voz del buzón. Hasta que un día me llamó una mujer desconocida a preguntarme para qué la necesitaba. Entendí que estaba llamando de memoria a un número equivocado. Ignoro si hubiera podido evitar lo ocurrido. Una fatalidad es el último eslabón de una cadena de pequeños descuidos, malos entendidos o inexplicables olvidos.
Llegué hace un rato, son las diez de la mañana; estoy en la sala de espera del hospital, en el barrio bajo cerca de la alcaldía. Huele a vómito. Javier y Mónica, dos de los incontables artistas propios y extranjeros que habitan el pueblo natal del gran pintor, me acompañan. Ellos vivieron la historia y son quienes me la cuentan. Encontraron a Lola donde la habían dejado, en el rincón de la cocina, recostada al mueble, abrazada al animal. La ropa ensangrentada, la cabeza ladeada, el cuello relajado y el rostro inmóvil mirando a lo alto con la misma fuerza con que miraba lo profundo. El perfil, la perfecta línea de resistencia. Cuando la levantaron, cayó la jeringuilla.
La última vez que yo había venido a visitarla, con ocasión de una exposición, se irritó cuando dije que una de las obras me parecía rígida. Se lo expresé con delicadeza, después de hablar de la necesidad de hacer de los amigos los primeros espectadores sinceros. La muestra era realmente valiosa, pero a esa pieza le faltaba movimiento. Después de un rato lo admitió y aseguró que el trozo de madera no le había ayudado. Por más que lo disimulara, le disgustaba la crítica. Esa vez, como siempre, me fui arrepentido.
No era la crítica el único motivo de desencuentro entre nosotros. Su peculiar relación con el agua y la limpieza también nos causaba enfados. No soy obsesivo con el orden; me gusta que haya muestras de vida por la casa: el sombrero sobre una silla, un libro o una revista a la mano, un bolso dejado por ahí, la regadera olvidada en la cocina, o el pocillo abandonado en el descanso de la escalera. Tampoco soy especialmente sensible al polvo, y mis dedos no tienen la manía de pasarse por encima de los muebles, pero obedezco a la estética de mi madre, de casa con pisos brillantes, baños y cocina impecables.
Mi llegada a la morada de Lola, situada en la zona árida mediterránea, desde donde se veían los cultivos de cereal y barbechos, era siempre una alegría para ambos. Ella salía a recibirme con los perros allí donde el camino desemboca en la autovía, y nos íbamos abrazados por esos montes abundantes en perdices, codornices, conejos y liebres. Pero al tercer día de convivencia, mis propósitos de respetar costumbres distintas a las mías se venían al suelo. El olor a perro invadía hasta el último rincón y fregar podía ser un despilfarro imperdonable.
El fanatismo ambientalista de Lola me exasperaba; su terca negativa a instalar el acueducto comunal me sacaba de casillas. Depender del agua lluvia en esa tierra estéril era absurdo y hasta ridículo, pues a la hora de la verdad no quedaba más remedio que comprar en el pueblo agua envasada. Desatino capitalista, vaya ecologismo… En fin, que era como acampar eternamente a cuatro kilómetros del pueblo, y a dos pasos de la luz y de la toma del agua.
Muy peculiar era el manejo de los desechos humanos. Las heces y la orina se convertían para ella en valiosísimos óbolos para el planeta y extraña fuente de goce. Abría huecos alrededor de la casa, y al aire libre, sin puertas, sin protección de la mirada ajena, uno tenía que sentarse sobre una estructura de dos tablas de madera, mejor, de palitos. Al lado del agujero había una pala, un montoncito de estiércol seco de caballo y arena con los que, concluido el acto, se tapaba el regalo. Carente de órgano para penetrar, con un sustituto, mi amiga, como el Robinson de Michel Tournier y algunos aborígenes africanos, copulaba con la tierra y la fertilizaba.
Lo que en un baño de porcelana es un acto automático y culto, en el mundo de Lola era el retorno al placer infantil ya olvidado de sentir el calor —en las noches frías se veía el humo— y el olor de la excreta fresca; de mirar la forma que adopta cuando cae… Era el regreso al ambiguo placer de observar y ser observado en el más íntimo de los actos. Uno terminaba entrando de mala gana en ese culto extraño, cuyo cerebro era un ser eyectado por la ciudad, que había construido el paraíso de su infancia, un lugar mítico donde era libre, donde nadie podía someterla, hacerla crecer; porque ella era la dueña de su territorio; y uno, el que respondía a sus leyes.
Era una persona excéntrica, sin duda. Sin embargo, yo había amado a la mujer y ahora amaba a la artista, aquella de cuyas manos veía salir prodigios, obras que parecían vivas, reflejo de la naturaleza representada y la emoción que le suscitaba. Alguien infinitamente dulce y comprensiva, un regazo, un punto de llegada. Admiraba su convicción; la terquedad creativa que la había llevado a hacer esa obra tan conmovedora y tan suya, y ese cosmos tan propio... Tan propio que repelía.
Los amigos le reprochaban querer más a los animales que a las personas, lo que había sido motivo de incontables peleas antes de su partida y cada vez que nos visitaba, casi siempre por Navidad. El desmedido amor por los animales la llevaba a atemorizarse con la sola idea de ofender las fuerzas del universo si mataba las hormigas que estropeaban las escasas plantas que sobrevivían en su jardín y las cucarachas que caminaban sobre las exiguas reservas de comida. El caso de los perros, ah, los perros, era un punto delicado. Sin embargo, me preguntaba cómo conseguía tener esa comunión con los animales. Sería gracias a un don que yo no poseo y que en el pasado hubiera dado todo por tener para retenerla a mi lado. Pero para eso hay que ser un tipo de persona que yo no era.
Una actitud hostil y brusca se le había instalado hacía algún tiempo, después de dos robos sucesivos rodeados de un halo de novela negra, donde habían estado involucrados los mayordomos de una finca vecina. Había perdido las herramientas de talla, heredadas de su maestro, y la música. Yo conocía desde mi convivencia con ella, antes de tomar la decisión de dejarnos a la ciudad y a mí, su tendencia cíclica a encerrarse en sí misma por días y hasta por semanas. Se sentía basura; se azotaba y se apropiaba de todas las culpas de la humanidad. Pero yo también sabía que un día regresaba fortalecida, resplandeciente y sobre todo llena de ideas que luego se traducían en obras cada vez más bellas.
Javier y Mónica la querían a pesar de su rareza y no la perdían de vista. Ellos estaban al tanto de que el perro, Faulkner, Fok para abreviar, el único macho entre siete hembras, estaba enfermo, pues dos días antes le habían practicado una cirugía para sacarle un quiste del estómago. Javier se había acercado varias veces a la casa, pero ella lo había recibido de mala gana y con evasivas. No había pasado del porche.
—Llámame si necesitas algo —fue lo único que pudo decir y se marchó tan preocupado que le pidió a Mónica probar mejor suerte.
A Mónica le fue mejor. Me contó que a los dos días, y después de varios ruegos, Lola le abrió la puerta. Llevaba un bidón de agua, como era costumbre entre los amigos, y una canasta con vino, pan, embutidos, frutas y quesos. Lola se veía demacrada. La delgadez la caracterizaba, mas esto era distinto, daba lástima de lo esmirriada que estaba. La casa apestaba y había más desorden del habitual. Cruzaron algunas palabras sobre la salud de Fok y de Lola misma. Mónica muy suavemente la convenció de que ordenaran un poco la casa y le prometió que luego irían a cumplir con el ritual del atardecer antes de dar cuenta del contenido de la canasta. Lola asintió y la casa quedó presentable.
Se sentaron con el perro, al que Lola no quitaba la vista de encima y reñía cada vez que intentaba lamerse la herida, en la piedra plana desde donde, con una vista de 360 grados, se observa el acontecimiento del atardecer. Imperceptiblemente uno va girando el cuerpo sobre la piedra y va mirando en silencio, hasta que el cielo pasa de azul a azul oscuro y a azul más intenso. Y uno no se va hasta no contemplar un rato el manchón blanco imponente, sobrecogedor de la Vía Láctea, y observar la aparición de una, dos, tres estrellas fugaces, sólo para verlas, gratis, para no pedirles nada, porque nada falta.
—Aquí, —dicen ellos, los artistas— estamos viviendo el futuro, la materialización de nuestros deseos: el despojo.
Juntas encendieron las velas y la chimenea. El vino fue relajando la tensión y hasta se vio animación en el rostro de Lola, tanto que por un rato largo pareció olvidarse de Fok. Estaban sentadas en el mostrador de la cocina hablando de cualquier cosa, cuando Lola, de espaldas al fregadero, giró para mirar al perro y observó una mancha en el piso. Alarmada, le preguntó a Mónica si el vino se había derramado en el descorche. Ante la negativa de tal supuesto, iluminaron con una linterna y apareció un reguero de sangre y un rastro de gotas gruesas que iba hasta debajo de la estufa, donde estaba el animal acezante.
—Se va a desangrar —dijo Lola con angustia.
—No, no se va a desangrar —contestó Mónica.
—¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? —gritaba desesperada—, pongámosle café en la herida para detener la sangre.
Mónica, quien no sabía sino pintar y cocinar, trató de recordar lo aprendido en el colegio sobre primeros auxilios y dijo:
—No, no, el café lo infecta más.
—Entonces azúcar, —insistía.
—No, es peor. Mejor le pones un trapo limpio en la herida y la aprietas mientras hablamos con la veterinaria, dame el teléfono. —Mónica no entendía que una mujer capaz de dejar la ciudad y construir con sus manos una casa de piedra en ese terreno tosco para vivir sola por tantos años, se viera tan indefensa y desesperada frente a una situación inusual, sí, pero controlable.
La inexperta y joven veterinaria que había operado a Fok estaba de juerga en la capital y fingió perder la señal de su móvil. Después no contestó más.
—Se va a desangrar, se va a desangrar —repetía Lola, mientras con una mano apretaba la herida y con la otra acariciaba al senil animal.
—Tranquila Lola, lo vamos a resolver. Las mujeres sangramos cada mes y no morimos…, le contestó Mónica, disimulando su impaciencia.
Cuando llegaron a la casa de Javier en el pueblo, éste ya había localizado a otro veterinario, quien de mala gana accedió a ver al perro en el baúl del destartalado jeep de Mónica. Lola lloraba y temblaba como una niña y le rogaba que no dejara morir al animal. Él le contestó con cierta arrogancia que esa operación no debió hacerse; que no se podía suturar una herida abierta y que no veía qué hacer con un animal tan viejo. Terminó recomendando el sacrificio; no dolería y todos tan tranquilos... El horror en la cara de Lola obligó a los amigos, quienes en secreto compartían la opinión del doctor, a suplicarle que hiciera algo por salvar al animal, y el hombre accedió a aplicar una inyección para contener la hemorragia.
Ya habían recorrido una cuadra de regreso, cuando Lola los obligó a dar marcha atrás. Tocó con fuerza la puerta del veterinario y, con los ojos brillantes y resueltos, le dijo:
—Déme la ampolla con la que lo iba a matar. Si se tiene que morir, lo mato yo.
De regreso, Fok no dejó de sangrar. Lola se encascaró en un mutismo hostil y sólo murmuraba palabras cariñosas para el perro. Permitió que le ayudaran a ponerlo sobre una manta en su lugar favorito, debajo de la estufa. Ella sin intentar limpiarse la sangre, tomó un cojín, se sentó en el piso a su lado y los obligó a salir, al tiempo que les pedía no volver a llamar ni a aparecer por allí. Todo ruego fue inútil.
No hubo más palabras.
Queda esperar la entrega del cuerpo para cremarlo. Al atardecer iremos a la piedra, regaremos las cenizas sobre el último agujero y en él sembraremos un olivo, el árbol que más amaba, beberemos vino y escucharemos la música triste del tan tan del cincel sobre la madera.


Paloma Pérez (Colombia)
Nací en Jericó, Antioquia y escribo cuentos. Como investigadora, el área de mi interés es la literatura escrita por mujeres. En 2000, la Colección de Autores Antioqueños publicó mi Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1950.


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