Ciertas dulzuras

 

 

Gustavo Acosta Viñasco

 

 

Para Victoria

 

En el crepúsculo de nuestra infancia... Claribel y yo devorábamos los días en inclementes caminatas remontando el balasto grueso de la arteria veredal que bisecaba la finca de mi abuelo.
Marchábamos carretera arriba a “las partidas” (toda ruta campesina posee una encrucijada llamada de este modo, o a veces “tres esquinas”, signada por fonda o virgen) con el propósito ¿exclusivo? de llegar al tenderete de don Helí Barbur para ahogarnos en agua gaseosa.
Desbocábamos bajando, sin sobresaltarnos por el ronquido anciano de algún Willys que embistiera tras las curvas... y subíamos arriba y bajábamos abajo.
Broches de guadua a la vera del camino introducían cafetales y guayabos, mangos, aguacates, guamos y limos; puertas de tranca abrían los caminos que llevaban a los lotes, al río, a los potreros, o a la celda del ariete.
Mi papá, desde abierta la mañana se iba a los sembrados o cabalgaba entre los cortes revisando la cogida. Claribel y yo nos escondíamos detrás de los arbustos o bien adentro del silo para frotarnos las pelvis. No nos dábamos besitos.
Ella jugaba parejo con nosotros, las niñas envidiosas le decían marimacha en virtud de su neutra pubertad; cuando jugábamos a “policías y ladrones” cada uno de los dos encabezaba un bando, ella por ser la más sagaz, yo por ser el hijo del patrón.
Amiga verdadera, olía profundamente a un aura de berrinche, y su pelo achilado por el vapor de la leña le brincaba sobre la espalda aguda. Yo sentía su aliento agrio al acercármele al cuello.
Había varios cuartos de servicio en la nave lateral de la casa principal de aquella finca, de la “hacienda”, pues desde allí se administraba. El cuarto de herramienta almacenaba palas, recatones y rastrillos, machetes y azadones. Con frecuencia era necesario abrir la ventana que daba al patio trasero con vista hacia el yucal, para ventilar el olor nebuloso a fungicida que entrapaba la madera del bahareque.
También almacenaba la pintura, los clavos, los galones, las fumigadoras con sus rústicos cilindros de latón, y los sombreros desflecados a sol y lluvia quimbayas. Aparte, en un rincón independiente, pendía de una percha el overol de Tista apicultor, con careta, sombrero y guantes de cuero con mangas; allí yacían el fuelle ahumador, algunas cajas con marcos de cera estampada en su interior, lista a ser fecundada por melifluas abejas, y la centrífuga robusta, con el curioso mecanismo de impulso igual al de una bici, para ordeñar los panales.
Cuando era el tiempo de sustraer la miel, Tista se encajaba en el overol, desempotraba guantes y careta, y el fuelle se despertaba escupiendo las cenizas de la dulce cosecha anterior. Afinando el oído, se lograba percibir a distancia la excitada frecuencia de los enjambres cargados, entonces era peligroso traspasar los naranjos que guardaban las hileras de cajas superpuestas. Tista cargaba el ahumador con estopa amarillenta y le prendía candela, y embebía de melaza los marcos a instalar, para después emerger desde la hacienda expirando nubes grisáceas que aturdían a las abejas.
Su desplazamiento al colmenar estaba revestido de la solemne lentitud del ingrávido aeronauta que en su mente saborea un delicado saber, una ley de la vida traspasada por el arte. Los niños y los perros seguíamos la humeante figura a lo largo de los carros de secado de café, por entre las tomateras, y hasta el tanque abastecedor de la despulpadora, pero el séquito feliz se detenía al llegar al naranjal; sólo Tista penetraba en la colmena activa, e iniciaba el proceso.
De algún bolsillo del overol sacaba un cuchillo mocho que hacía de palanca para romper el hermetismo de las cajas, selladas por semanas de natural laboriosidad. Extraía los marcos pletóricos de miel como un oficinista que exhumara un archivo delicado, peligroso; de algún otro bolsillo sacaba el cepillo barredor y, sosteniendo el marco con una leve inclinación, barría las abejas pegadas al panal. A continuación descubría una espátula para recortar los amorfos fragmentos de panal fuera del cuadro. Un nuevo bastidor ocuparía el espacio vacío del cajón; el procedimiento se repetía con todas las doce cajas, y cuando había un ayudante, el embarazo era menor para humear y sustraer al mismo tiempo.
El misterio inicial desde que Tista subía a la colmena se perdía de bajada por el nervioso apuro con el que regresaba, ya que las abejas se le habían colado quizá por las costuras desgajadas de su traje. Alguien recibía los cajones que traían el néctar de oro, para que Tista se pudiera desvestir a toda prisa y enjuagarse con el líquido amoníaco, que siempre mantenía en el frasquito tipo agua de colonia, con qué controlar el veneno. Jamás dejó de decirme que, si yo llegare a ser picado, me untara orines en la roncha como medida paliativa.
Los marcos eran desarmados desencajando los vértices, así se liberaban los panales enteros para depositarlos en el tambor de la centrífuga; cabían tres por ronda. Todos queríamos pedalear para dar a luz la miel. Por turnos, se accionaba el mecanismo apenas engrasado; templada la cadena, la transmisión hacía circular los panales a gran velocidad irradiando un zumbido de vendimia que hacía las bocas agua.
Las botellas de aguardiente ya estaban lavadas y sin etiqueta, para acopiar la miel transparente. Evitando despicarlas, se pegaban a la canilla incrustada en la parte inferior del armatoste, el cual adquiría el porte de una laja amerindia de cuyo pipí se mamara miel.
Congelado el mecanismo, de los panales nutridos sólo quedaba el bagazo, que Tista arrojaba a una cuba mirándonos a los ojos. Claribel y yo escogíamos los pedazos que todavía tuvieran miel, y aún seguíamos rumiando las blandas costras de cera. En su mentón anguloso y por los labios carmesíes se le formaba un pegote infantil de mecatera que me causaba alborozo.
El revuelo en el colmenar se prolongaba por varios días; en el transcurso de las tardes se venían para la hacienda cogedores y jornaleros picados por las abejas; buscaban el amoníaco de don Tista salvador, pero él les replicaba, con buen humor campesino, que el motor de la guadaña se las ponía nerviosas, que lo tenían merecido por la pereza de no cercenar la maleza a mano limpia.
Ya habiendo sido instalados en los cajones caoba, era común que los enjambres se aburrieran de su sitio, entonces se escapaban y era un enjambre perdido. Pero mi tío Carlos tenía un método extraño para volver a cazarlos: cogía un pedazo de riel de las vetustas carrileras (de cuando el tren aún pasaba por la estación de Betulia) y lentamente lo golpeaba con una lima para afilar. Habiendo un enjambre cercano tal vez aterrizaría, y si era de reina italiana, era fácil que se amañara con la melaza en la cera dispuesta como carnada.
Cuando caían las tardes, los peones jugaban fútbol en un potrero convexo. Y apenas entraba la noche, se dirigían al campamento; allí se dormían pronto, ordenados en camarotes. En una que otra mañana yo bajaba al campamento en mi bici roja de cross para llevar leche a la casera, y a veces, llevaba queso. Doña Aurora era muy gorda y abundante en atenciones, y se reía con su risa desdentada y lluviosa; sus hijas jugaban descalzas en el traspatio empolvado. Yo regresaba a la hacienda desarenando terrones con la llanta trasera.
No siempre montaba en burra; otras veces jineteaba en una yegua colorada que logró vivir hasta que mi voz empezó a timbrarse un poco grave, y durante todas mis vacaciones sus exactos cascos herrados salpicaron las quebradas para llevarme a la cuenca del Barbas, brioso río enmohecido.
La mamá de Claribel, ya vieja y envejecida, se enfermaba con frecuencia; era el castigo que ataba a la niñita indomable. El rostro de esa señora refractaba el sufrimiento de tener dos hijos rateros, holgazanes, bazuqueros, que por la noche se sacaban el plátano y el maíz, y en el día divagaban como sonámbulos enfermos por entre el gigante corte del filoso pasto imperial, o entre el oscuro establo encharcado siempre de estiércol, hablando con los caballos, los machos y los terneros.
La languidez sorpresiva se tragaba a Claribel hasta con ropa y huesos, y de sus ojos recién rasgados brotaban legañas pardas más tristes todavía que las lágrimas cenicientas. Entre su casa y la hacienda había un banco de macana donde, verbosos y juguetones, nos arrellanábamos oyendo las campanadas que saltaban desde el poblado de Ulloa; entre un angelus y el otro, esperábamos las chicharras, mientras del guayacán amarillo y espacioso nos llovían flores yertas que presagiaban las ansias de una adultez impropia para los niños de la montaña.
Aquel jardín explanado, perfumado de yerbabuena, albahaca y limoncillo, aromaba la vista abierta de los arqueados lembos sobre el extenso horizonte;
-Mañana me voy pa’ Cali, este lunes empieza el colegio...
-Entonces (sin dejar de remover la tierra con un chamizo), me pondré a coger café, porque a la escuela ni riesgos.

 

 

Gustavo Acosta Viñasco (Colombia).
Poeta y narrador. El presente cuento hace parte de un libro en preparación.


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