El superviviente


Juan Fernando Merino


"En este edificio no se acostumbra fumar con la ventana abierta ni recalentar comida china. Si no es capaz de cumplir con las normas, debería marcharse de Manhattan".
Así dice el mensaje vil que encontré clavado en la puerta de mi apartamento al regresar del trabajo esta tarde.
Tal cual. Clavado. Porque quien quiera que haya sido el redactor del mensaje (con una máquina de escribir eléctrica) no tuvo la finura de introducirlo en mi buzón o deslizarlo bajo mi puerta; la crucificó con tres puntillas para que el resto del piso se enterase.

Constato que día a día aumentan las repercusiones por el mensaje acusatorio. Los vecinos salen de sus apartamentos más temprano o más tarde para no tener que cruzarse conmigo. El portero de la tarde ya no se alza la gorra para saludarme o informarme que llegó la ropa del lavado en seco. Y ahora cada vez que uso el elevador, todos sus ocupantes fingen leer el periódico, hablar por celular o acariciar el perro.

Hoy encontré otro mensaje recriminatorio clavado en mi puerta al regreso del
Me freno a tiempo. He estado a punto de escribir "al regreso del trabajo" cuando no hay tal. Por pura inercia; por este sonambulismo que tanto nos está afectando.
Recomienzo.
Encontré clavado en mi puerta un mensaje aún más odioso que los anteriores esta mañana cuando regresaba a casa del despido. Porque hoy me despidieron del trabajo a las 8 y 47 a.m. (había llegado a la oficina un cuarto de hora antes que de costumbre). Me expulsaron, sin la menor consideración, de la empresa de informática a la que no había faltado un solo día laboral en los pasados diez años. Nueve años, once meses y catorce días, para ser exactos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la recesión se extiende como la plaga y la mitad de los neoyorquinos están desempleados. Eso fue lo que me dijo esta mañana el jefe de mi jefe, de mi ex jefe, quien me convocó a su despacho en cuanto crucé el umbral, antes del primer café, sin darme tiempo siquiera para descargar el maletín. Yo no lo niego, no pongo en duda que Nueva York vaya camino al desastre, pero nada justifica que me hayan despedido sin previo aviso, sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie!

¿Qué decía el mensaje de hoy? Con la emergencia de mi despido ya se estaba quedando atrás. Quizá tenga algo de cierto aquello de que un clavo saca otro clavo, pero no voy a permitir que ése sea mi caso. Dos clavos son dos clavos y punto.
Abro comillas: "No es aceptable el volumen de su música y mucho menos su gusto musical. El piso 7 merece consideración y respeto. Hermandad de Vecinos Responsables".
Lo de la hermandad fue una gran sorpresa. Yo siempre había creído que mi enemigo o enemiga era uno solo. ¿Me habré equivocado de nuevo? ¿Y si fueran más de tres y más de cuatro? Siento una opresión en el estómago cuando visualizo la escena: un grupo de vecinos confabulados alrededor de una mesa cuadrada de un apartamento anónimo para hablar mal de mí. Para fraguar el contenido del siguiente mensaje. Lo único peor que tener un enemigo declarado es tener una pluralidad de enemigos.
¿Pero quiénes son y cómo son mis vecinos? Habrá que averiguarlo. Porque nada más crucial cuando habitas una ciudad tan impredecible y riesgosa como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón cuando el destino te ha llevado a vivir en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el Subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos: los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas detrás de las paredes o por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en la cocina una de aquellas madrugadas en que se queda entreabierta la puerta de tu apartamento.
Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados, no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser el peor de tus errores. No obstante, en el caso que ahora me ocupa, el de los mensajes canallas, la cuestión es compleja. Según mis sumas, de los doce apartamentos en este piso, cinco de ellos tienen dos inquilinos, uno está desocupado y otro habitado por tres; en el resto vivimos personas solas. (Los bebés o niños, los ancianos y los inválidos no están permitidos en este edificio). En total, 17 individuos sin contarme a mí, y exceptuando a la albanesa del fondo del pasillo que sólo habla albanés y serbio, cualquiera de mis vecinos podría ser el autor de las notas.

Ha llegado el momento de pasar a la acción. Una vez perdido el empleo en la empresa informática y después de haber perdido a mi esposa (pero Helga no merece otra gota de tinta), ya no me quedan pretextos para aplazar la misión. Para centrarme en lo esencial. Es decir la supervivencia, el seguimiento de mis vecinos. Si no te temes a ti mismo ni a tu Creador, al menos témelos a ellos.

¿Pero, por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en su dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro…
Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, lo pienso mejor y decido cambiar de prioridades. Empezar por la actriz. Tiene que ser así: resulta muy sospechoso que un vecino te demuestre tanta cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la amabilidad ajena cuando te duele hasta el alma.

Han pasado cinco o seis días (¿siete?, ¿ocho?) desde que me vi forzado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Uno de los pocos resultados relevantes de esta misión es lo poco relevante que resulta la observación directa de los otros inquilinos de un edificio. La información es muy magra, casi deleznable. Tantos días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala comedor alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, y sin embargo, la información obtenida deja mucho que desear. La verdad es que me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E y la novia del empleado del M.T.A. que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del 7-M consuma algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Desde luego que no! Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. ¡Si son malísimos! Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia por fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas. Pero ni el más mínimo indicio sobre qué apartamentos y qué individuos podrían estar involucrados en el complot contra mí. Ni el menor aporte al objetivo primordial de ponerme a salvo. De protegerme de tal o cual vecino, y de aquel otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto el gas, va a envenenar la pizza a domicilio de los viernes o a introducir cristal molido en las botellas de jugo Tropicana.
No puedo perder más tiempo. Ha llegado la hora de pasar a otra etapa de mis indagaciones. Más moderna y tecnológica.

Si la observación visual y directa de mis vecinos dejó conclusiones precarias, la era tecnológica ha sido aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor: en la primera hora y cuarto de exploración cibernética reuní los nombres con que aparecen los inquilinos del Séptimo en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. También los portales de Internet más visitados por cada cual, las exenciones de impuesto, las cuentas de correo y las contraseñas. Una pérdida de tiempo; nada que sirva para mis pesquisas. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en las estupideces que escriben en sus emails, en librodecara.com, pasiones y puntocom, etcéterapuntonet. No sabría por dónde empezar a burlarme de ellos. Ni por dónde empezar a compadecerme.

La vigilancia directa de mis vecinos se encontraba suspendida, aunque con ocasionales reincidencias. La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal; avanzaba. Pero todo se complicó ayer por la tarde cuando el 7-E cometió un error garrafal y entonces no tuve más alternativa que pasar a la acción directa.
Ocurrió más o menos así: cuando bajaba al sótano a arrojar mis basuras y mis desperdicios —que llevaban varios días acumulándose— se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que alcancé a recoger, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
Allí pillé in fraganti a una mujer rubia de pie ante mi puerta como si se dispusiera a abrirla con una llave maestra. O a clavar otro mensaje tan ruin o más que los anteriores. Era la joven alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense… Helene.
De modo que era ella quien pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme. ¡Heléne!
Sólo entonces me acordé de que una noche congelada, cuando regresábamos muy tarde y muy ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria), me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sea, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos nos dimos un beso en la boca.
¡Lo juro!
Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O hasta que sea un tanatorio.
Fue un beso.
Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe), ni a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
Es tan sólo una coincidencia más. Heléne y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación y vigilancia.
Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.

Llegados a este punto, no cabemos los dos en el mismo sitio. Es ella o yo.

Tres días con sus noches sin escribir una sola nota en este cuaderno. Las cosas han salido mal y me he visto en la obligación de tomar un paréntesis: alejarme del vecindario y salir de Manhattan antes de que las cosas se compliquen aún más. Desde entonces tengo alquilado este modesto cuarto en otro condado. Poco importa que este sea un albergue de ínfima categoría, una habitación sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra cerca de ninguno de los cementerios que abundan en esta zona. Me aseguré de ello desde un principio. No me gustan los cementerios. No me gusta el olor de sus árboles y arbustos. Menos aún el de las flores para los muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. No voy a revelar el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
Los zapatos. Eso es lo que más me angustia, me afecta el sueño y la digestión. Porque al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave e incriminatorio es que en la cocina quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Con seguridad que aquello despertó las sospechas de los policías, bomberos y detectives, que habrán venido al día siguiente para revisar todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso. O sus escombros.
Porque las cosas salieron mal, muy mal. La situación se me salió de las manos. Lo siento, de verdad que lo siento. Lo voy a repetir por última vez: lo siento. Sólo puedo decir en mi defensa que una vez que supe con certeza quién era el enemigo que me acechaba en el piso, en este caso la enemiga que me dejaba notas envenenadas, ya no me quedaba otra opción para ponerme a salvo.
Llegados a aquel punto, era su estufa de gas o la mía.

Juan Fernando Merino
Vive en Nueva York donde salta el lazo las 24 horas del día. En los momentos libres que le deja tal actividad, escribe cuentos, viaja por el mundo y traduce.


Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos I, Juan Bosch


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