Los mocasines de la hermana Berta

Ana Ramírez



Soy los mocasines de la hermana Berta. Sé que suena raro eso de soy, teniendo dos cuerpos, pero es así: somos un par, uno solo. Ser los mocasines de la hermana Berta me ha dado estabilidad y comodidad en la vida. Caricias embetunadas, cielo de montañas carmelitas y sueños santos; ella en su piedra catre y yo frente al tragaluz, sobre mi baldosa roja y brillante.
¡Qué frío hace en este ropero! ¡Y qué olor tan extraño! A polvo, a trebejos, a calle, y a despensa vacía. ¡Cómo extraño los pies de mi monjita!, la trama de sus medias, sus callos y llagas, su olor a piel encerada y virtuosa. Se acabó la vida de la hermana Berta y se acabó la mía. A ella la metieron en un cajón bien acolchadito, y a mí, en este lúgubre ropero.
Dice los botines negros del lado, que este es un lugar donde la gente viene a comprar calzado y otras cosas necesarias para vivir. ¡Y yo que creía saberlo todo! Les confieso que desconozco estos especímenes de mi raza. ¡Pero en qué estado se encuentran los otros! Da pena verlos.
Cuenta el vecino que todos son jóvenes, que el mayor tendrá unos siete años... —¡Que supieran mi edad!— que tengo que esperar a que alguien quiera comprar zapatos cerrados, marrones, cuarteados, y en avanzado estado de... se ríe. Y dice que la palabra mocasín no la había escuchado antes. Le explico que viene del inglés, que hace referencia al calzado indio, que soy la versión moderna de los anteriores; me mira burlón.
Las alpargatas manchadas que está un poco más atrás, murmura riendo, que no sabe si soy para hombre o para mujer.
¿Calzado para hombre y para mujer? ¡Qué sinvergüenzada! Cuando salía al vestíbulo a recibir las visitas de mi monjita, trataba de imaginar el aspecto de mis congéneres, pero sólo oía sus pasos a través del torno. Vi el tenis cuando dejaron entrar por primera vez al muchacho de la gaseosa. Por el jardinero conocí las botas; contaba que iba a casa de una señora Sandalia tacón alto con una flor en piel de ante y que su recuerdo no lo dejaba dormir.
Botas campesinas sigue contando sus empantanadas hazañas en el campo; que tampoco conoció más mundo que el zarzo y la tierra húmeda; que extraña los cuidados del viejo y las abarcas de la vieja.
¡Qué charla tan rural y frívola! Extraño el silencio, el olor a papa rellena, los cantos religiosos y los asaltos al refectorio para tomar vino de consagrar. Extraño mi piso sin mancha y el corazón de la hermana Berta, blandito por dentro y por fuera, como los algodoncitos que eran sus dedos gordos; las noches en que bailábamos hasta tarde, oyendo una y otra vez su trillado long-play de Libertad Lamarque, exhaustos y felices. Cierro los ojos y siento su olor a cebolla, a brilla metal, a ostia rancia. Estos recuerdos me maltratan hasta el forro. ¿Qué puedo esperar hoy de la vida?
Oí decir a zuecos —con tacón de corcho, ¿pueden creerlo?— ¡que claro!, que la gente tiene más de un par de nosotros; unos para salir a la calle, otros para ir al trabajo, otros para andar por la casa; otros para… no puedo creerlo. También dijo que si en dos meses no nos compran, nos llevan al asilo y que aun allí, es posible que nos desechen; entonces vamos a parar al botadero y si corremos con suerte, nos creman. Prefiero esto a dejarme arrastrar sin caridad por unos pies sucios, o a ser reemplazado por otro. ¡Qué sacrilegio!
¿Qué pasa? ¡Qué algarabía! Parece que descargan mercancía sobre nosotros: botas, tenis, chancletas, zapatos de cuero, y hasta de tela, ¡qué ordinariez! ¡Y qué variedad! Y yo que sólo había oído hablar del calzado papal. ¡Y se me presentan todos así, de un solo golpe!
De una destartalada caja de sombreros sale un olor a incienso celestial y caen unas extrañas zapatillas rojas, como las llama el vecino; pero… ¡por la virgen santísima! ¡Qué empeine más escotado! Esto no me puede estar sucediendo a mí; conocer toda la especie en un día, ¡y a mis años! ¡Ave María Purísima! Viene hacia mí, y ¡por Dios! ¿Qué hace? Me roza un costado. ¿Qué quiere? ¿Cómo se atreve a pegárseme así? Oigo que murmura: “Zapatillitas y mocasines”, entonces conoce mi género. Me acaricia con sus cintas doradas; teñidas, dice una vecina; que viene de una casa de placer, dice otra; que su dueña la cambió por un par de zapatillas bordadas en hilo de seda. Empiezo a ver todo nublado, tengo las suelas mojadas, las puntillas temblando. Cómo quisiera volver a mi capilla, con sus santos despicados, con su aroma a lirios y a agua bendita; me arde el empeine. Quiero mis corredores ociosos, mi piso beato.
Ella debe notar mi sofoco porque se ríe, se burla, y me tienta de nuevo. Debo mostrarme frío, indiferente.
—¿No te han besado nunca? —me pregunta riéndose. —¿De dónde vienes? —no me atrevo a hablar. Siento un apretón en el fondo del cuero y me queman las costuras; tengo miedo de escuchar el ruidito que hacen sus cordones, vendrá también de su fondo. Los enreda a mi alrededor y luego los mete bajo mi lengüeta y no sé qué hacer, siento el cuero de gallina. Arde cada milímetro de mi pellejo y mi pespunte, desde el enfranque hasta la punta. Quiero volver a mi santuario. Tengo la gamuza revuelta y me suda hasta el tacón.
Veo los ojos del viejo carriel fijos en mí, censuradores. Todo me da vueltas: el recuerdo de la hermana Berta pidiendo rezar por ella a la hora de su muerte, los cachivaches de este ropero, el limbo, la muñeca de trapo, los diez mandamientos, el cucú descarriado, la monja de urbanidad, los pupitres rotos y la perdición eterna… Será este el pecado capital que tanto mencionaba la hermana Berta…
Este remolino de santos y trebejos endemoniados me revuelve el juicio. Viene a mi mente la explicación de la monjita: una sustancia puede convertirse en otra, como el pan y el vino, en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Por secula seculórum. Amén.

Ana Ramírez (Colombia)

Ha publicado cuentos para niños (1984 - 1997) Ha sido integrante del taller de escritores dirigido por Emma Lucía Ardila y del Taller de Escritores Creativos de Yurupary.


www.odradekelcuento.com

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