Divagaciones domingueras,
cuatro treinta de la tarde


Alejandro Bellazetín

 

El ruido del agua que cae me despega del piso más profundo del sueño, en donde me veo tirado, durmiendo la mona...
...Sin salir totalmente a flote, en un piso intermedio, se me aparece un manantial tecnificado que despacha agua fresca embotellada en envases de boca ancha, como las de Padre Kino. El desierto que inunda mi boca me lleva a tomar tembloroso y con premura una de esas botellas, pero al empinarla el agua ya no es agua, es una bola de pasto seco, enmarañado y apestoso que se adhiere a mi paladar y penetra mis encías. “¡Qué puta resequedad!” digo al momento de abrir los ojos y verme tirado en el piso de mi cuarto, ya sobre la Tierra.
Sin correr porque me caigo, me apresuro hacia el hilo del agua que sale de la averiada llave del baño. Abro más y succiono fuerte para matar la sed que inflexible se instala en mi boca, pero el alivio dura apenas el tiempo en que se diluye: soy una tierra árida bajo el sol con ansia de lluvia. Me sostengo con mis manos en el lavamanos, miro sin conciencia el hoyo del desagüe y trato de concentrarme. “Sí, algo quedó de ayer”. Busco la última botella usada y la calma regresa cuando la encuentro y veo, con alegría, que algo aún queda. Recupero la felicidad. “Feliz”, digo en voz baja mientras me asomo por la ventana: el puesto de Catita todavía está abierto, señal de que todavía no dan las cinco, hora en que, no sé por qué carajos, dejan de vender alcohol. Calculo cuatro y media. Todo bajo control. Bebo un sorbo mediano y remato: “¡Mmta, y yo tomando agua!”.
Como si la palabra “feliz” se hubiera quedado pocos segundos suspendida al momento de pronunciarla, advierto que ha entrado a mi cabeza en una abstracción. En una dizque reflexión. Bebo. En mi mente desfilan pensamientos en forma circular, viciados de tanto dar vueltas y de llegar al mismo lugar: felicidad es el júbilo de anotarle un gol al contrario, comerse un cerdo entero hasta acabártelo, amanecer cobijado y seguir durmiendo, la fiesta de bienvenida a un preso puesto en libertad, ver la cara perpleja del candidato a quien odias en una elección presidencial perdida, el escupitajo sobre la cara de un político, escuchar el tintineo de monedas en las bolsas de mi pantalón y, claro está, embotar la mente y reavivar el cuerpo entregándose a una botella de alcohol.
Divago. En mi vida anterior, no la del más allá, sino ésta en que tengo cuerpo humano, transitaba y hacía lo que el común de la gente, cosas más, cosas menos. Me levantaba a la hora exacta y disponía de los planes rutinarios: desayunar, ir a trabajar, hablar con la gente de asuntos serios, ja, y luego, durante el resto del día, lo que hubiera: ir a dar la vuelta, al cine, mirar la tele, leer, ver a algún amigo, refugiarse en la cantina. O mejor, encontrar alguna buena mujer a la cual murmurarle corazón al momento de entrar vigorosamente en ella, y escuchar sus gemidos de agradecimiento.
Recuerdo también cómo el primer circulito de gente conocida que tuve cuando llegué a esta ciudad parecía ensancharse y achicarse a la voluntad del azar. En la mañana, digamos, veía a Julián, un compañero del trabajo. Más tarde, si es que salía al centro comercial, me encontraba a Julián, sí, el mismo, y nos volvíamos a saludar. Y luego en la noche, caminando solo por las calles, ¡Uta! ahí está otra vez Julián. Y él, bien contento, me volvía a preguntar con cara de sorpresa: “¿Qué onda, qué andas haciendo por aquí?”, “¡Tratando de ocultarme de ti, pendejo!”, pensaba y me iba. La única privacidad posible se conseguía no saliendo a la calle, al encerrarse, sin saber ni ver a nadie. Pero luego ni eso. Aquí, uno se desprende de las personas, pero al chico rato te tropiezas con ellas, de cuerpo vivo o por pláticas con terceros. De un modo o de otro ahí siguen, como los chicles que se pegan en los zapatos. Venturosamente he aprendido a sortearlos.
Recuerdo el cómodo anonimato con el que solía vagar las calles de donde salí hace tiempo. Así de grande era ese lugar, con premoniciones ingenuas de un caos que futuré yo muerto y que me alcanzó vivo. Aquel anonimato hoy lo he sustituido con la escualidez, las barbas y la mugre que ahora me adornan. Tanto ha sido el cambio en mí que, ora que curioseé los pasillos del nuevo centro comercial, no me reconoció una señora que antes me hablaba. Me acerqué a ella y la miré franca para ver si me saludaba. Pero ella, luego de desviar sus ojos puestos un segundo sobre mí, y tocada por alguna especie de halo bondadoso, le dijo al demonio en potencia que llevaba de acompañante, cual santo en formación: “¡Qué no se te olvide, hijo!, tenemos que juntar nuestros trapitos para dárselos a esa pobre gente que está sufriendo por lo del huracán. Ropa vieja, dos kilos de frijol, de arroz sólo uno porque está más caro que el frijol. Puedes también donar uno de tus domingos y los juguetes que ya no usas. Para esa gente cualquier cosa que nunca hayan tenido los hace feliz. Pobrecitos, tan pobres y en desgraciada”,... bla bla bla... ¡Vaya con la vieja!, cómo me alegré de haberla sacado de mi vida; a ella y a los de su especie. Y si después me vuelve a surgir la curiosidad o la tirria a ellos, me agencio entonces cualquier página de sociales de cualquier periódico para constatar, ya sentado sobre el excusado, que sus aspiraciones siguen siendo las mismas. Luego me limpio y me olvido del asunto.
... Me tomo el último trago y vuelvo a divagar. Pienso con nostalgia en la época en que me fui transfigurando. ¡Benditas las cantinas que sobrevivían en este lugar al que huí pero que tristemente se fueron contaminando! Qué bien era estar entre el personal de ahí, gente de huevos puestos en su justo lugar, y gente sin ellos ostentándolos. Mostrando sin pena sus medianías, sus cobardías, sus fantasías, sus desdichas, sus fuerzas. Llega a mi memoria, por ejemplo, ese compa con el que en una ocasión platiqué; de él me llamó la atención que no dijo: “Con mucho esfuerzo me he hecho de mis cositas, lo último que compré fue un Jetta para mi esposa que tanto lo merece, la pobre”. Nel, dijo: “Vieras cabrón cómo he hecho lana, ¡harta lana!, con decirte que hasta le compré un carro a mi vieja nomás pa’ que no esté chingando”. O aquel que abrazando a su amigo le externa con mucho cariño lo mucho que lo quiere, beso incluido. O ese otro que se escucha reclamar a la cantinera: “Pinche Ceci, ¿qué pasó con mi cuba, no ves que me lleva la fregada?”, y ésta respondiendo: “Pus ’pérate buey, ¿qué, crees que soy tu cantinera personal?”. Más transparente ni el agua. O en el mejor de lo casos, féminas de cualquier edad, jóvenes o viejas, que no tiemblan ante la primera lisonja aventada a su hermosura, sin que pongan cara de “quécreesquesoy”, aterradas porque imaginan/ansían que te las vas a tirar ahí merito, en ese instante, delante de todos. Al contrario. Veces hay en que la suerte está de tu lado y te llegan a besar con libertad, ofreciendo sus labios y su lengua a los tuyos sin más pago que el placer de ese contacto.
“Ahh, ¡qué bien me ha caído este trago!”, me escucho decir y salgo de mi ensimismamiento. Lo urgente ahora es conseguir más. Si no, ¿cómo recordar? Reviso entonces debajo del escombro que hay en la mesa, que para todo sirve menos para comer, pero confirmo lo que sospecho: ni una moneda. Sin ánimo de derrota sigo buscando. Levanto cajas, ropa, papeles, envolturas, botellas, pura decoración, pues, y voy recogiendo monedas de un peso las menos, y varias de cincuenta, veinte y diez centavos.
Me vuelvo a asomar por la ventana y veo, con las cejas levantadas, que doña Cata está cerrando su venta de fritangas. ¡En la madre! ya son la cinco, ¡las CINCO! Salgo entonces disparado, pero antes choco con la mesa, tropiezo con un zapato y me pego con el marco de la puerta. Alcanzo a la Doña ya encaminada y le pido unas monedas para acompletar. Yo creo que es mi expresión lastimera y el que en ocasiones le ayude a levantar su puesto que nomás mete su mano a la bolsa del pantalón y me da lo que le pido. Corro como puedo hacia el expendio de bebidas, pero al llegar me topo con la cortina de metal bajada, ¡maldito mundo!
Soy un perro amenazado de muerte, impotente y amarrado. ¿A quién carajos se le ha ocurrido no vender alcohol los domingos en la tarde? ¿Qué nomás uno debe embriagarse de lunes a sábado porque el domingo es día de guardar, de dedicarse a la familia y al bienestar del alma? ¿De ordenar los días como si cada uno tuviera una función específica? ¿Qué pretenden? ¿Disminuir el alcoholismo cuando los Sanlunes, después de una larga lucha, se idearon para sobrellevar los días venideros que duro martillean? El trabajo, ¿para qué sirve, si no es para joder al otro? Por eso yo ni trabajo. ¿Por qué no me dejan tranquilo y en libertad de emborracharme para poder sufrir en paz?... ¡¿Por qué me cierran la puta cortina, chingá?!, grito al final de mi perorata, mientras la pateo como un demente.
Por fortuna, en esta nueva vida tengo el circulito que me acomoda: compacto, soterrado y sin atadura. Subo entonces hacia atrás del mercado, por calles laberínticas e imperfectas, hasta llegar a la esquina de encuentro. Sí, ahí están dos cámaras. ¡Qué seguridad ésta!, siempre hay alguien. Excepto cuando se han ido al funeral de otro cámara, noticia que a nadie sorprende pero que ofrece tema para el siguiente encuentro de nuestra incesante peda. Yo para ellos soy una especie rara e inofensiva, alguien que apenas habla pero que a veces trae dinero. Al llegar, sin saludar, les digo: “Tengo estas monedas, ¿qué transa?”. Uno de ellos, el menos ebrio, responde: “Ya vas”, agarra las monedas y va por el servicio: él ya sabe dónde y con quién. ¿Cómo chingados no?, en esta vida todo se puede: hasta ser feliz.
Ya es de noche cuando decido regresar al cuarto. Dejo sin despedirme a mis cámaras: a uno dormido y al otro hablando, que ni compañía le hace falta para soltar palabras que sólo él escucha.
La calle en pendiente está silenciosa, solitaria, ahora revestida de nuevas dificultades. Respiro el aire nocturno y pienso en lidiar con mi propio ahogo para poder llegar a mi domicilio y descansar, para soñar con dormir... Bajo por la calle lentamente, sosteniéndome de postes, autos estacionados y paredes. Meo. Me meo los pies. Prosigo. Hago un esfuerzo descomunal por concentrarme en los pasos que doy. Llego al callejón donde está mi vivienda. Entro a la vecindad. Atravieso la puerta siempre abierta de mi cuarto y consigo, esta vez sí, echarme en el catre.
El ruido del agua que cae me hace sentir bien, me es familiar. Vuelvo a divagar precipitándome en la esterilidad de mi honda inconciencia: “La felicidad a pedacitos, la que se da por momentos. Esa es la única real... anotar un gol... comerse un cerdo... salir libre...”.

Alejandro Bellazetín (México)
Editor de la revista literaria El perro.


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