La agenda negra

 

Javier Samudio


Doblé rápido la esquina. Seguí derecho, sin mirar atrás. Adelaida sabía por las indicaciones que nos veríamos a las 3:14 en el cinema, para el estreno de una película del Señor de los Anillos. En mi mano se balanceaba el libro de Tolkien y en el bolsillo de la camisa los cigarrillos Derbies.
A las 3:32 minutos llegué. Ella me esperaba, como de costumbre, sentada en la barandilla, tomándose una cerveza Costeña. ¿Quieres?. Tomé un trago largo y me moví directico para la puerta, donde un joven con uniforme de Cine Colombia esperaba. Entramos sin prisa, apenas estaban en los cortos de las otras películas, y eso, sabíamos, iba a durar mucho. Ella me apretó la mano y sin disimular me dio un beso en la boca, allí frente al coming soon.
No nos besábamos hacía cinco días, porque ella pasaba mucho tiempo con su novio y sólo nos veíamos en salas de cine. La última vez habíamos visto una película francesa en la Tertulia y habíamos aprovechado la oscuridad de los arboles para darnos una pasadita de mano.
Cuando nos sentamos, comenzó el filme; era la última parte de la trilogía, así que, después de ubicar nuestros dedos juntitos, nos callamos para la primera escena. El cinema estaba hasta reventar de parejas ese día, por eso no nos preocupamos por disimular: todo el mundo andaba en lo mismo. Intercambiábamos besos, miradas y una que otra caricia atrevida mientras mirábamos la película.
A las 6:00 me ofreció una cerveza. Yo prendí un cigarrillo después de asentir con la cabeza. ¿A dónde?, me preguntó. Yo me quedé en silencio y le dibujé un corazoncito en el aire. ¿Y Rubén?, inquirí distraídamente. En la casa de la mamá, respondió, y me tiró un besito en el aire, que atrapé rápido y estampé en mi boca. Te amo, susurró. Yo la abracé y después de pasarle la lengua por el oído, balbuceé lo mismo. Nos abrazamos.
Le regalé el libro después de caminar un buen rato con algunas cervezas en la cabeza; a ella le gustaba Tolkien, tanto, que la había conocido por una lectura mía sobre literatura fantástica, en donde me mencionó más de veinte veces el mismo nombre. Me gustó desde un principio, pero no le hice caso sino mucho tiempo después, cuando por casualidad me la encontré en la función de La comunidad del anillo y sonreía a cada instante. Fue la sonrisa, escribí en mi agenda. Aquella fue la primera impresión de su poesía en palabras. A partir de ahí se volvió regla encontrarnos en la entrada de los cinemas de la ciudad, sólo por azar.
“Son las 7:00”, respondí. Puse mi mano en su cintura y me senté en la banca. “¿Te gusta?”, le pregunté. Me miró un rato, sacó un lápiz de ojos y me escribió una pequeña nota en una servilleta. “No lo mires”, insistió. Yo no me opuse, guardé aquello en mi bolsillo y la besé largo rato. “Quiero un cigarrillo”, dijo. Le ofrecí uno.
Odiaba los Derbies. Sin embargo, sabía que otro tabaco me producía nausea. Me había torturado con toda clase de cigarrillos, probando olores y sabores para mirar cuál se acomodaba a su orden de cosas. Tuve, entonces, que fumar más de cien marcas distintas y pasar por centenares de enfermedades respiratorias, que al final me volvieron inmune a la contaminación global, aunque no a su terquedad que crecía como una niña mimada. La obstinación de sus actos, melodía de sus caprichos y perfume de su soledad, escribí en mi agenda.
“¡Nos vamos a las 9:00!”.
Yo no llevé la contraría, la miré fumar el cigarrillo y fumé el mío. El parque estaba vacío, le faltaba la gente de siempre y los mosquitos estaban más cansones que de costumbre. Nos dieron las nueve entre besos y caricias que, a cada instante, iban subiendo el calor corporal y aligerando la respiración; ella miró el reloj por error, un gigantesco armatoste digital que pendía de un puente peatonal a unos cien metros. Levantó el rostro, con los ojos medio cerrados y la boca húmeda. “¿A dónde?”. “A mi casa”, respondí sin pensar. Ella se negó, con un no pequeño. “¿Estás loco?” “Donde la primera vez”, dijo. Yo me alcé sin pensarlo y le puse la mano al primer taxi que pasó.
El Moulin Rouge fue nuestro nido de amor una vez, la primera en que nuestros cuerpos se habían encontrado para una lucha rápida pero con consecuencias terribles. Esa noche me enteré de la existencia de Rubén, y puse, por primera vez los pies en un motel. Fue después de haber visto El odio, película francesa. Sin olvidar que nos habíamos ayudado de un par de tequilas y cientos de besos que venían como un río que se desborda para cubrir una ciudad, en este caso, la de los dos. De sus besos no existe escapatoria, su lengua es una ola enfurecida en un océano sediento de muerte, escribí en mi agenda, mucho después, meditando sobre aquella noche.
Llegamos. Serían las 9:30 cuando atravesamos la cortina de cuero dentro del carro. No me gustaban los moteles, Adelaida sabía que odiaba esa manía humana de esconder las cosas, de sentir vergüenza por algo. Pagué rápidamente, el chofer me dio la devuelta y arrancó no sin antes desearnos suerte.
Le pasé dos billetes de cincuenta. La chica del mostrador me devolvió uno. “¿Toda la noche?” “¿Condones?”. Yo asentí con la cabeza y la miré. Adelaida se concentraba en el libro de Tolkien. “Cuarto 222”. Subimos por las escaleras como dos desconocidos, primer piso, segundo piso, volteamos a la derecha y seguimos por el corredor. Íbamos en silencio, sin besarnos, escuchando los gemidos que compartían su eco de habitación en habitación. El silencio de su mirada perdida en una babel de placer. Encontré el cuarto mientras miraba por una ventana, por pura casualidad óptica, gracias al reflejo del número en un vidrio sucio.
La 1:00, pensé mirando jadeante la habitación de arriba abajo. Adelaida gustaba estar sobre mí y se entretenía con mi pene adentro.
1:15a.m. Me gustaba intentar devorar su cuerpo o ser devorado. Su cuerpo es un desierto desprovisto de un oasis.
1:40 a.m. Me levanté a orinar, ella se iba quedando dormida poco a poco, las piernas cubiertas por el calor invisible de mi cuerpo. Cuando volví a la cama la abracé fuertemente. Ella besó mis manos, yo besé sus labios.
Me desperté a eso de las 5:30 y sentí su sombra que se deslizaba, quise gritar su nombre pero no lo hice, callé y cerré mis ojos entreabiertos. El ruido de la puerta fue estruendoso, me levantó de un sobresalto y serían las 6:00 cuando abrí el portón y la vi marcharse, con las manos vacías. Quise gritar su nombre pero no pude. Volví a la habitación, me acosté semidesnudo, callé y cerré mis ojos entreabiertos.
Desperté de nuevo a las 8:30, cuando sentí el gritó agudo de una mucama: “¡Le quedan quince minutos!”.
A las 9:00 estaba parado en la acera, con un Derby en la mano derecha. Voy a coserme a tu espalda, para ser tu otra sombra, para nunca estar sin ti. En la mano izquierda cargaba el libro de Tolkien y esperaba que acabara el día, que el mundo desapareciera, que nos extinguiéramos todos, que el bus pasara.
Me senté en la parte de atrás junto a la salida de emergencia. A esa hora los buses que subían por la circunvalar iban vacios, así que eramos sólo yo y otros tres pelagatos que parecía que habían sido igualmente abandonados a la madrugada.
Abrí el libro por curiosidad, encontrando una nota de su puño y letra: “Ya no me gusta Tolkien”. Cerré el libro con la boca abierta y lo abandoné para siempre allí.
Llegué a las 10:50 a casa. La luz de la sala estaba encendida. Busqué mi llave en el bolsillo y la hallé junto a una servilleta doblada a la mitad. Decidí no verla sino hasta después de hablar con Verónica.
Ella esperaba sentada en el comedor, en pijama, con los ojos rojos. Mi agenda yacía sobre la mesa, la misma de cuero negro que ella me había regalado de cumpleaños. No dije nada, sólo avancé por mi agenda, pero ella la empujó hacía el suelo.
A Verónica la conocí en un recital dos años atrás en Bogotá. Dos meses después nos habíamos casado e instalado en Cali de forma permanente.
Recogí la agenda y la abrí. No había nada. “¿Y las hojas?”, pregunté casi susurrando. Ella me lanzó un manojo de papeles que esperaban bajó su protección. Las levanté una por una y me devolví por donde vine. Sé que ella quiso gritar mi nombre pero no pudo, yo tampoco dije nada más. Ya afuera, miré la servilleta: era un beso de despedida, el dibujo de unos labios acompañado de un adiós. Sos todas mis mujeres, las que tengo en la cabeza, las que suben por mi pecho y duermen en mi espalda, escribí en mi agenda, sentado, otra vez en el Moulin Rouge, esperando a que volvieras y reclamaras por tu sombra. La que olvidaste en la noche, sobre una cama, con el sexo caliente, la boca callada y los ojos entreabiertos.


Javier Samudio (Colombia)
Poeta colombiano. Ha publicado el libro de poesía El Infierno de los Otros y tiene en edición el libro de poesía Viento de Retorno. Algunos de sus poemas aparecen en revistas de Colombia, España y Argentina.


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