Hasta el fin del amor

 


Claudia Ivonne Giraldo Gómez

 


Viajar siempre le parece un castigo: apartarse de la rutina, del mundo seguro y conocido la deja sin fuerzas, se vuelve un ser indefenso ante la voluntad suprema de quien planea el recorrido, de los altavoces del aeropuerto, de ese gran aparato que deberá elevarse por el aire, repleto de gente que siempre huelen mal, que siempre tienen que estar haciendo fila frente al baño, que no se pueden estar quietos. Si la dejaran, los amarraría a sus puestos y al primero que se parara o hablara le dispararía un tiro en la sien.
A menos que el marido le ofrezca varios tragos de whiski se siente inerme y malgeniada. Lo único bueno de viajar es volver, se dice, mientras con todas sus fuerzas pareciera que sostuviera el avión, desconfiada de las imposibles leyes físicas que hacen que semejante aparato tan enorme se eleve por los aires. Y cuando por fin aterrizan en el aeropuerto de destino, la fila de la aduana le produce como una pequeña rabia, la repugnancia por la diferencia de los rostros de mil países, está loca lo sabe, se lo dice con frecuencia, íntimamente, una vocecita parecida a la de ella, a la de su marido, a la de ese gringo que la mira y no la mira en ese momento, estás loca, loca, loca. Este viaje se parece a la muerte, siempre la sensación de muerte. Te vas a morir, te lo aseguro, le dice la voz de adentro, la inconfesable. Te estás muriendo, eso debe ser, o a lo mejor ya te moriste y no te has dado cuenta dada la extrema inexactitud de los sentimientos, planos, nada profundos, leves como un suspiro, apegada a nada, sólo a la idea de volver, a ver si revives. El pobre del marido se esfuerza por hacerla sonreír, pasar buenos ratos, tan bueno, condescendiente, a pesar de que sabe que nunca ha encajado nada bien dentro del molde, siempre del otro lado.
Lima le resulta demasiado gris. Los árboles, escasos, están sin hojas, por Dios,- ella se dice-, parece la ciudad a donde uno viene a morir, debe ser eso. Pasean abrazados, ella silenciosa, él locuaz como casi nunca, promete que será un paseo impresionante. Impresionante sí, porque vengo a morir aquí, dice la vocecita malcriada que él afortunadamente no puede oír, qué tal que oyera todo lo que se dice a sí misma desde sí misma, la voz de la loca.
Esa mañana toman el city tour del hotel de lujo: los han esperado por cinco minutos, nada mal para latinos, siempre incumplidos, el alivio es que un par de daneses o algo así también bajan corriendo, hay que acabar con la mala fama, no siempre estamos retrasados, es que dormimos sueltos, es que anoche tomamos dos tragos de más… Va contenta por fin, ha visto por primera vez el sol, el sol le hace falta, tanta que moriría de invierno y de frío. El marido se devuelve por el celular; ni en esa ciudad que no es la suya, que no tiene oficina, que no tiene a nadie, deja el aparatito que lo vincula con el mundo, eso debe ser, algo de él se parece al celular en el que nunca se pueden ver las llamadas perdidas, las llamadas hechas, los mensajes de voz o de texto, todo con clave, todo guardado, todo secreto pero siempre tan amable, inocente. Por eso duerme como si no tuviera preocupaciones, ni arrepentimientos, ni enamoriscamientos: duerme como un bendito; ronca toda la noche mientras a ella la atormenta la oscuridad, el silencio, tendida allí como en un ataúd caliente y suave.
Entonces ella debe subirse al pequeño bus y soportar la mirada de reproche de los compañeros de viaje; ahí es cuando lo ve, lo ve como una ve a la gente cuando se sube apenada a un bus, es decir, a las volandas, rápidamente, sin medir extensión o tamaño alguno, pero lo ve, se le clava en la mitad de la pituitaria, nada más que ahí en donde seguramente nace la voz de la loca. Como toma asiento en la banca de atrás, puede ver a todos a sus anchas, incluso cuando el marido sube agitado con su celular en la mano, contento. El hombre va solo, eso no es raro, van otros tres hombres solos y una morenita que resulta ser de Guatemala. La gente, mucha, viaja sola. Cosa de locos. A alguien tan apegado a la tierra, tan poco aventurero como ella, le parece cosa impensable, pero a otro, seguro más de este tiempo, posmoderno, tercermilenista, debe parecerle cosa común y corriente, cosa de hombres, de valientes, en fin. Tiene el pelo entrecano, unos cuarentayocho o cincuenta, no más. Nada de barriga, alto, los ojos bellos, la nariz recta, la boca en un gesto que conserva desde que le ha sonreído cuando se subió al bus. Seguro pensó que iba sola, seguro fue por eso que sonrió. El pelo se le cae sobre la frente y lo empuja a cada rato, ese gesto la seduce, a veces piensa que todos los hombres que le gustan, hacen eso. Lleva bluyines y una chompa color champaña; los zapatos son finos aunque informales. Se viste bien para ser extranjero. Cuando preguntan nacionalidades, les dicen que si de Colonia, -Nooo, de Colombia-, dice ella, todos se ríen, ella también; también el hombre que la mira. Él es de Croacia; piensa ella que la gente de la Europa oriental es bella, que los tenían guardados, qué bellos son, con la aristocracia que da la conciencia de la propia belleza y también las penurias pasadas, el dolor. Eso es, el hombre va adolorido, parece Jesús a punto de ser sacrificado. Eso es, le está gustando porque parece triste o dolido a pesar de que hace mucho que ella no cae en trampas de hombres tristes o dolidos, siempre necesitados, qué jartera los hombres tristes que necesitan madre, que se mueran todos. Pero este no. No está buscando madre, seguro. A este le duele donde a ella le duele, seguro, él cree también que se va a morir en este país pobre y gris. Tal vez viene de la misma muerte.
Concéntrate en el viaje, se dice y se concentra: ve las embajadas, galería de hermosas casas quintas, palacetes que hablan de un pasado más glorioso, de una clase orgullosa de su dinero, de indiecitas de pelo muy negro corriendo de aquí para allá diciendo, ¿le provoca un té, señorita? ¿Están bien así las sábanas, señorita? La ciudad vieja la conmueve; el contraste entre el pasado de una Colonia que se aleja ante los edificios republicanos, llenos de vanidad, un poco salidos de tono en un país tan pobre.
La parada es en el convento de San Francisco: hermoso y deteriorado, ofrece las catacumbas como gran atracción turística. El marido no bajaría allí por nada del mundo; prefiere quedarse, le faltaría el aire, le entraría el pánico. Pero ella quiere ir y él la esperará afuera. Las famosas catacumbas son las mismas de todas las iglesias cristianas: abajo se enterraba a los personajes principales, seguramente a los monjes del convento y seguramente a muchos o muchas que simplemente tenían que desaparecer. Galerías y galerías húmedas llenas de fosas con huesos. Fémures, tibias, costillas y cráneos, son los que más resisten el paso del tiempo, explica la guía, en español y en inglés. De pronto, en una gran bóveda dos puertas enrejadas la atraen, por eso, porque están cerradas y no se puede pasar: no hay nada distinto, sólo que allí hay tantos huesos, indefensos, tristes, abandonados a su suerte, sin nombre, fantasmas de un fantasma. Se recuesta en la reja de una de las puertas y piensa en las fosas comunes, en los miles de desaparecidos, en la otra clase de muertes de la tierra sembrada de huesos de su país. Y entonces sucede: el hombre también se acerca a la otra puerta, exactamente al lado, y con el mismo gesto de ella, que se protege la frente con el antebrazo para apoyarse sobre la reja, se apoya, la imita; así se quedan los dos quietos un instante, lejanos a esos otros turistas que provienen de países en paz, gordos, desaliñados, con cara de sabuesos, disparando flashes en donde está prohibido hacerlo; ellos, unidos por el pensamiento de la muerte, lejana, cercana. Condolidos. De ahí en adelante, el hombre la sigue de cerca, la mira de lejos, a pesar de la presencia del marido. Ella no se atreve a sostenerle mucho la mirada, ya sabe que no tendría caso, allí, en esa ciudad gris y triste.
En el hotel, el hombre sigue solo: come solo, camina solo, definitivamente no tiene compañía y no parece interesado en buscarla. Compañía tendría mucha, si quisiera, ahí mismo o si saliera a la calle. Las muchachas de la recepción son extremadamente amables con él, le sonríen todo el tiempo. No deja de sentir que tiene celos de un desconocido solitario. Tonterías de una mujer con mucha imaginación.
Voy a dormirme temprano, amor, estoy muerto; creo que caminamos todo el Perú de una sentada. Y se duerme, profundamente. Y ella se queda como anclada en el vacío, con ganas de un trago, hace tanto frío que tiene hasta la punta de la nariz helada. Por primera vez desea hacer algo osado, correr la aventura milimétrica de bajar al bar del hotel mientras su marido duerme y tomarse un trago. Se arregla, se perfuma, tiembla, va por un trago. Sale al pasillo, tiembla, se frota las manos, va por un trago. Entra en el ascensor y marca el número uno en el tablero de botones dorados. En el piso cuarto, de bajada, se marca parada y él, el hombre, aparece. Tiembla, sonríe torpe, se quiere morir. Pero él la mira, le sonríe tranquilo, se acerca. Voy por un trago, quiere decirle. Va por un trago, le pregunta en castellano pausado. Ella asiente con la cabeza. Entonces él, la toma suavemente del brazo y vuelve a marcar el piso cuarto en el botón dorado del tablero del ascensor. La conduce como sin querer, mientras ella continúa temblando, abre la puerta con la tarjeta electrónica: su habitación está pulcra, ordenada. Huele bien. Tiene sala y una cama matrimonial. Por primera vez en su vida no quiere preguntar, le recibe el trago de whiski que no tiene hielo y se lo toma de una, a ver si se calienta, si se me quita la tembladera, se dice, estás loca qué estás haciendo, pero no hay más verdad que la verdad, que lo que viene que es el comienzo de un afán que se precipita y que arrecia al correr el cierre de la chompa de color champaña y sentir sobre su boca la boca de este hombre que al parecer también tiembla, del que no sabe nada más que el dolor que parece compartir con ella, tal vez un libertino, raro un libertino tan solo, tan sin palabra, quién sós, quién sós, el nombre de ella, el nombre de él la hace reír.
Nos vamos mañana, dice ella. Me quedo para ir a Nazca y regreso a casa, dice él. Ella no pregunta más. Pero sin hablar entona la oración de acción de gracias por este desconocido de cuerpo hermoso, por un instante de vida en medio de las ideas obsesivas de la muerte. La cercanía de un hombre que es capaz de comportarse con tanto respeto ante los huesos de los muertos. No dice no te vayas. No dice tengo que irme, aunque el marido pueda despertar y no encontrarla. No dice, pero está segura de que, como líneas que se cruzan en una misteriosa llanura de un país gris y fantástico, ellos están allí, ciertos, hasta el fin del amor.


Claudia Ivonne Giraldo Gómez
(Colombia)
Profesora de Literatura. Este cuento hace parte del libro “El hijo del dragón”, próximo a publicarse.


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