Guerra sin cuartel

 


Naudín Gracián

 


Ahí estaban de nuevo, sobre ese campo estrictamente demarcado para que cada quien supiera sin confusiones su posición e importancia. Aunque al principio dieron pasos muy cautelosos, se sentía la agresividad en el ambiente, una agresividad resignada, como si cada quien fuera consciente de la fatalidad de su destino y no la protestara sino que la asumiera con orgullo. Algunos de los que estaban en la vanguardia daban saltos agresivos, temerarios se lanzaban solos, como si intentaran arreglarlo todo por su cuenta. Otros eran más cautos. Incluso algunos no se movían, esperando con paciencia, agazapados tras los más beligerantes, como hienas. Atrás estaban los más hábiles, que poco a poco fueron tomando la iniciativa en el ataque. Eran realmente poderosos. Algunos poseían armas de largo alcance, que atravesaban de un lado al otro el campo de batalla, como mísiles certeros, y luego volvían a su sitio de partida, o cogían otros rumbos, o morían con su orgullo. Otros tenían una actitud como de aplanadora, pesados, de accionar cuadrado por la contundencia de su personalidad. Había unos que tenían la potestad de saltar sobre los demás, con unos brincos traicioneros hacia delante y hacia atrás, pero con distancias muy limitadas. Cuando estos guerreros se juntaban, causaban gran alboroto de miedo en las filas enemigas. Incluso había uno que mataba por los cuatro costados: era la máquina perfecta para masacrar. Su sola presencia hacía aglomerar a una considerable cantidad de combatientes enemigos en un punto determinado para poder hacerle frente, o hacía que todos se retiraran del sitio y buscaran combate en otro lugar. Era el Aquiles eterno cuya sola prestancia ponía en alarma hasta a los dioses. Y allá, muy atrás, estaba el general supremo, el Agamenón regente máximo del ejército: pesado, valioso, huidizo. Pero no por inútil o cobarde, pues en ciertas circunstancias es una fiera aniquiladora y decisiva, sino por la enorme responsabilidad de su cargo: la supervivencia de su ejército descansaba sobre su cabeza.
Los que iniciaron en la vanguardia eran los más lentos, poco hábiles para el fragor de la guerra, imposibilitados para retroceder, totalmente vulnerables por los flancos y por detrás. Sus armas eran de cortísimo alcance, y ellos mismos de poco valor para su ejército. Sin embargo, su menor importancia era su arma máxima, la que decidía su mayúscula condición en el campo de batalla, pues podían ser taimados, camuflarse, aparecer de improviso. Al enfrentarse con los poderosos (siempre y cuando estuvieran bien respaldados), dichos soldados de baja consideración los hacían huir despavoridos. Esto también ocasionaba que sus cabezas fueran poco apetecidas por los rivales, hasta el punto de que algunas veces les perdonaban la vida estando totalmente inermes y resignados. Además, tenían estos guerreros la inigualable característica de que si lograban llegar a salvo al otro lado del campo enemigo, eran investidos con los poderes más altos y se convertían en Aquiles tonantes.
Por su parte, los más poderosos en el combate, así como eran de sangrientos y agresivos, también eran perseguidos y hasta vulnerables. El peligro de perder la vida era directamente proporcional a la efectividad de su poder: en la medida en que un guerrero tuviera mayor capacidad de hacer estragos en las filas enemigas, más se le atacaba, más arriesgaban los otros en masa la vida por despacharlo al otro mundo. Era un orgullo y se convertía en héroe quien muriera matando a uno más poderoso.
A veces la contienda se concentraba en ciertos lugares. Como hormigas se apelotonaban en un sitio, cada uno esperando furibundo, y temblando del pánico por la vida propia, el momento de saltar sobre el contrincante más cercano, o sobre el generalísimo de los enemigos. Se han dado casos en que esto se logra casi sin pérdidas en las filas propias y contrarias. En otras, el campo tiene que ser arrasado de guerreros, y la batalla se termina cuando ya no existen contrincantes. Pero también en ocasiones los sobrevivientes de ambos bandos se retiran, hastiados y desesperanzados en obtener la victoria o la derrota.
Y toda esta crueldad, infinita en su crudeza y en el tiempo, se gesta, promueve, consuma y perpetúa por un ser ajeno a esta contienda, inmune al dolor de este enfrentamiento.
Ah, quién pudiera ser ese ser y no peón, alfil, torre o incluso rey, en este cementerio impune que es la Tierra.


Naudín Gracián (Colombia)
Cuentista y novelista. Autor entre otros de los siguientes libros: Los muertos valen lo que pesan sus recuerdos (cuento) 1991; Con los cuerpos enredados (cuento) 1992; Un amor para el olvido (novela) 2002; Agal e Ismael (novela) 2006.


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