Insectos

 


Pablo Montoya Campuzano

 


1


El apartamento queda cerca al bosque, en los límites del Seminario Mayor. La vista que tiene es la de un ramaje intrincado de diferentes verdes. Cuando decides arrendarlo, este es el motivo que te anima. La ausencia de carros y de vecinos ruidosos propician aún más el entusiasmo. En realidad, no quieres ver a nadie. Tu deseo es sumergirte en el duelo en el mayor silencio posible. Te instalas en el apartamento de manera apresurada. Sólo armas la cama y pones una mesa más para comer que para escribir. Los libros los dejas recluidos en las cajas. Las tablas de las repisas las abandonas en uno de los rincones de la sala. En las noches, empero, ese silencio se rompe. Proveniente del bosque, llega un estridular que te estremece. En la cama, para alejarlo, pones la almohada encima de tu cabeza. Y, al cabo de un rato, logras por fin dormir.

 


2


El sueño es recurrente. Acaso en él se define algo de tu malestar. En las primeras noches del nuevo domicilio se repite varias veces. Ambos caminan por un río. Remontan un lecho escaso de aguas y carente de piedras. La tersura que pisan es de arena. Sientes el mismo sosiego que Manuela siente cuando da los pasos. En una parte del sueño, los dos están ataviados de negro y tomados de la mano. En otra, aparecen desnudos. Es tan clara la imagen de los pechos de Manuela, que tú ves en ellos el entramado de sus venas, como una cartografía de quebradas. Luego se abrazan y caen al agua. Pero en algún momento, cuando el cauce del río se expande sorpresivamente en una curva, algo atrae la atención de Manuela. Ves que gira su cara hacia una de las orillas. Una figura rutilante surge. Se atraviesa entre los dos. Y de un aletazo, porque la criatura tiene varios pares de alas enormes, los separa.

 


3


Comes sin tener ganas de comer. En la mesa hay un libro que hace días intentas leer. Durante minutos te quedas ensimismado en una frase que no comprendes. El recuerdo de Manuela, su cuerpo junto a ti después del amor, te asalta una vez más con fuerza. Ella te dice, con la respiración cansada, que es como un halo blanco en que el todo se funde maravillosamente. La dureza de uno de los pezones pasa bajo tus dedos con suavidad, mientras escuchas lo que sigue diciendo Manuela sobre sus orgasmos. Pero una mariposa se entromete. Revolotea en torno al libro. Circunda tu cabeza. Sientes que se mete dentro de la camisa. La espantas con un manotazo. Por unos minutos desaparece. Cuando vas a apagar la luz del cuarto, afuera otra vez está el estrépito del bosque, sobre el interruptor ves una figura blanca. Es otra mariposa. Pero ésta es más grande que la anterior. Aunque las mariposas, te dices, al posarse sobre cualquier objeto, siempre asumen una grandeza inesperada. Es dueña de un blancor que te impresiona. Al verla, recuerdas el matiz de tu semen. Y eso te duele profundamente. Como si una cuchilla te desgarrara las entrañas.

 


4


En el bosque se ha instalado el silencio. Has caminado, un poco antes, por sus inmediaciones. Te has acercado por entre un camino pantanoso a las alambradas que circundan el Seminario. Desde lejos has visto un par de jóvenes leyendo en voz alta, pero tú no oyes nada, un libro que comparten. Primero lee uno y después continua el otro. Crees que hay algo parecido a la alegría en ese acto de lectura mutua. En algún momento ellos se percatan de ti. Te hacen un gesto con la mano que te ahuyenta. Cuando regresas te resbalas en el camino y caes de bruces sobre un charco. Llegas al apartamento embadurnado de barro. No te limpias. Te acuestas en la cama y la sábana, ya sucia, se vuelve más turbia. Entonces te percatas que en vez del ruido habitual de la noche, está ese silencio extraño. Y es como si esa fuera la señal para que dejes entrar el llanto. Desde la cama, a través de la ventana, alcanzas a ver la sombra de los follajes. Lloras y sabes que ese acto es la única forma que tienes de romper el silencio insoportable. Gimes hasta morderte los dedos. Hasta que tu pecho se llena de huellas rojas. Y de nuevo es la asfixia que te parte el pecho en mil pedazos. Sucede entonces algo. Tu miembro empieza a despertarse. Padeces una lenta erección. Y frente a ese incómodo deseo te sientes más desamparado.

 


5


Sobre la mesa están los restos de la comida. Afuera llueve. El sonido de la lluvia vence al que sale del bosque. Sobre la foto, al lado de los platos, revolotea una abeja. Quizás ha escapado del agua. No sabes por dónde ha entrado. Todas las ventanas y las celosías las cerraste para evitar alguna inundación. La abeja se posa sobre tu mano. Juguetea alrededor de tu nariz. Dejas que se pasee sobre tu frente. Enseguida va a los restos del arroz. Momentáneamente su cuerpo tapa la sonrisa de Manuela en la foto. Te levantas para llevar el plato a la cocina. Allí todo está sometido al descuido. La grasa se acumula en los intersticios de las alacenas. Los platos, los cubiertos, las ollas se desparraman sucios por todas partes. El basurero reboza de desperdicios. Hay un olor ácido que empieza a adquirir consistencia en el apartamento. Cuando vuelves a la mesa, la abeja realiza torpes revoloteos sobre sí misma. Pero ahora lo hace con más velocidad, y no en el aire sino sobre la foto. Observas esta vertiginosa agonía. La abeja intenta levantar vuelo por un instante, pero cae una vez más sobre la sonrisa. Convulsiona durante segundos. Después su cuerpo se entumece.

 


6


Sigues preguntándote por qué vienen a morir al apartamento. No te satisfacen las explicaciones de la luz o los breves ciclos que brotan en el bosque y se acaban al cabo de las horas en tu pieza. Muchos de ellos se arrojan a los bombillos con frenesí. Pero más tarde parecen olvidarlos. Se ponen después a revolotear en torno a tu cuerpo. Y no lo hacen enloquecidamente. Te sobrevuelan con movimientos más o menos amplios. La noche anterior fue una pequeña mariposa de alas pardas. Estabas acostado en la cama. La luz del cuarto era leve. Sobre la cama parecías una equis con tus flacas extremidades extendidas. Comenzaste a acariciarte el cuello. Bajaste las manos hasta el vientre. Las pusiste luego en las piernas y ascendiste. Con los ojos cerrados indagaste en la verga. La fuiste descubriendo de su capucha. Tu mano logró otorgarle un relieve duro a lo que antes era flacidez desvalida. Y pronunciaste el nombre. Y fue como si de tu boca surgiera una pequeña exhalación gris. La mariposa revoloteó alrededor de la lámpara. Luego se extendió sobre tu erección. Pensaste que así, las alas posadas sobre tu miembro erguido, te tatuaba la nostalgia. Sentiste, y no hubo miedo, al contrario dejaste que lo hiciera durante minutos, como una diminuta y persistente lamida.

 


7


En la mañana barres los cuerpos de los grillos. Horas antes habías escuchado un silbido. Prendiste la luz. Creíste que el sonido venía del baño. Revisaste cada rincón. Un silencio como respuesta se instaló frente a la pesquisa. Intentaste dormir de nuevo. Ahora el chirrido era más fuerte. La luz volvió. Entonces un salto atravesó, veloz, el espacio de la cama. El grillo era negro. Sus antenas se veían muy largas con respecto a su cuerpo, que supusiste la proeza que significaba saltar con semejante carga. Hizo una serie de maniobras prodigiosas que lograron su propósito. Y tu asombro creció cuando su último salto se dirigió hacia ti. Estiraste la mano. El grillo la recorrió. Sus antenas se desplegaron como una caricia sobre tu brazo. Ante el cansancio, te acostaste con cuidado para no espantarlo. Lo hiciste y él apenas se percató. Iba y volvía sobre tu piel. Te confortaste al pensar que él estaba frente a un territorio conocido y seguro. Recordaste, de golpe, que la luz del cuarto permanecía prendida. Abriste los ojos. En el techo, adheridos, había otros grillos. Cantaban pero lo hacían en un íntimo registro de consuelo. Te levantaste. En la cama, entre las sabanas, viste otros más. Uno de ellos, acaso el de la larga caricia, ya había muerto.

 


8


Esta vez son mosquitos. Se acumulan en el suelo, sobre la mesa, en la cama. Forman una especie de tapiz con sus cuerpos quebradizos. Entre ellos escoges los de alas más grandes. Con cuidado las desprendes y vas poniéndolas unas tras otras en la mesa. Las alas construyen un dibujo abigarrado. Conjeturas que allí podrías encontrar una explicación secreta de por qué los insectos vienen a morir junto a ti. El dibujo te atrae por sus líneas. Figuras cercanas a las extravagancias que los cristales forman en las cuevas. Intentas otro diseño. Sopesas las nuevas alas desprendidas. Su ingravidez te emociona porque distingues en ella un vínculo con la degradación. Luego tomas el semen recién derramado. Y pegas con él la grafía de las alas en las paredes.

 


9


Oyes que tocan la puerta. No abres porque no quieres ver a nadie. Pero la insistencia es paradójica. En vez de aumentar los golpes, éstos van disminuyendo. Hasta que, en un tono casi inaudible, rasgan la madera. Te levantas y abres. Un seminarista, alto y flaco, con el pelo engominado, te sonríe. Ambos se observan sin decirse nada. Comprendes, como si esto fuese una revelación, que su sotana negra está levantada donde se sitúa la pelvis. Entonces, en algún momento, él estira la mano hacia tu calzoncillo. Al rozarte te percatas de la otra revelación. Algo te pesa en los genitales. Te aterrorizas. La puerta la cierras con violencia en las narices del seminarista. Te quitas apresuradamente la prenda. Y ves sobre tus testículos, adheridas, unas bolsas. Y ves que de ellas van saliendo pequeñas cucarachas. Miles de cucarachitas que te bajan por las piernas y te suben por el vientre. Todo te da vueltas. Sufres náuseas y vomitas. Estás aullando de desesperación cuando despiertas.

 


10


Dónde está Manuela. En qué lugar podrás encontrarla. Por momentos crees olvidar su cuerpo. No sabes si serías capaz de reconocer su voz si te hablara ahora. Pero hay otras ocasiones en qué es tan fresco el sabor de su vulva en tu boca. El bosque, tras su voz nocturna, expele una fragancia inquietante. Abres la ventana para embriagarte de ese olor donde el amor planea como un animal inalcanzable de alas luminosas. Como has prendido la luz, chapolas frenéticas empiezan a revolotear. Cierras los ojos. Escuchas cómo el aleteo seduce la flama. Cómo se terminan carbonizando los impulsos.

 


11


Una alucinación tornasolada irrumpe en el apartamento. Su zumbido se establece con incómoda arrogancia. Choca enloquecido contra los vidrios y las paredes. Sale y vuelve a entrar en la pieza. Lo esperas en la cama. Por fin la fatiga lo vence. Lo ves recorrer las baldosas. Sientes lástima de su pesadez. Lo subes a la cama. Junto a tu mano gira durante minutos. Su caparazón le sirve como apoyo. Patalea en el aire. Después hace un esfuerzo último. Regresa a su posición normal. Los élitros se despliegan con ímpetu. Intenta volar, pero se queda paralizado. Entonces lo tomas para arrancar sus alas y sus patas. Maceras su frágil caparazón con los dedos. Y en la lengua brota un amargor. Parecido al de la sangre del sexo que alguna vez bebiste.

 


12


Desde la pieza escuchas de nuevo el susurro del bosque. Los insectos han dejado de morir en el apartamento. Vienen y, después de recorrerlo, se van. Ahora te levantas de la cama. Los pies te pesan y la espalda duele. No sabes cuántos días llevas postrado. Llevas mucho tiempo sin comer y el estómago es un hondo vacío que te tortura. Abres la ventana. Una luna redonda fulgura en los follajes. El bosque se ahonda en una mudez súbita. Ves entonces una enorme mariposa negra. Se eleva por encima de los ramajes. Se lanza hacia la ventana. Esperas que entre al cuarto, que te saque del apartamento y te lleve lejos. A ese lugar probable donde puedas olvidarte de ella y de ti. Pero la mariposa se detiene. Sacude sus olas frente a la ventana. Y, después de emitir una suerte de graznido, se va. Sobrevuela el bosque por un momento. Y luego se hunde en el horizonte. La luna te ayuda a observar su silueta hasta que desaparece.


Pablo Montoya Campuzano (Colombia)


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