El biombo

 


Guido L. Tamayo S.

 


Quien tiembla, sueña con hacer temblar a los otros,

quien vive en el espanto acaba en la ferocidad...

Y se refugia en la crueldad para olvidar el miedo.

Cioran

 


El biombo lo hallamos en uno de los anticuarios de la parte vieja de la ciudad; abandonado tras unos desgastados muebles de sala Luis XV que lo ocultaban de la curiosidad, y un tanto resentido y triste por ser víctima de la desidia —infortunadamente frecuente — por parte de los dueños de esta clase de comercios. La pieza era de madera caoba y al parecer había soportado con decoro los atropellos del olvido. Estaba adornado con un jaspeado dorado de inspiración japonesa que representaba a un grupo de acicaladas bailarinas en trance de movimiento. Coincidimos en que sus dimensiones se ajustaban con precisión a nuestros propósitos y que el diseño sobrio y de buen gusto, alegre y discreto a la vez, dejaría una buena impresión en nuestros visitantes.
El propósito para el cual el biombo estaba destinado, exige una sucinta pero imprescindible explicación. Habíamos decidido, después de una larga y accidentada conversación familiar, mudar a Valerio del sótano a la sala principal con la seguridad de que en un espacio amplio y desahogado, regado por una generosa luz andina durante la mayor parte del día, además de permitir suficiente holgura para las visitas, confortaría en parte su deleznable salud.
Inicialmente mis hermanas, haciendo caso de su irrenunciable inclinación al sentimentalismo y a cierta, ¿cómo decirlo?, melodramática expresión del espectáculo, preferían que, ubicándolo en la sala, lo rodeáramos de una especie de cilindro de cristal, de torre de marfil, que por una parte nos permitiera estar atentos a sus requerimientos a la vez que su contemplación sirviera para despertar, según sus palabras, el tan adormecido significado de la compasión en quienes lo observaban.
En cuanto a nosotros, los hermanos, más prácticos y razonables, éramos más propensos a lo que finalmente se decidió, es decir, llevarlo a la sala —eso nos facilitaba a todos llegar a él—, pero a diferencia de ellas, optábamos por esconderlo un poco de las miradas con el ánimo de no violentar la sensibilidad de los que nos visitaran. Al fin y al cabo, incluso nosotros que estábamos medianamente acostumbrados a vivir con él, no conseguíamos a veces sustraernos del todo al horror nos deparaba su contemplación.
Unos y otros estuvimos de acuerdo, eso sí, en que seguir teniéndolo recluido en el sótano nos dificultaba prestarle una óptima atención, además creaba una insana perspicacia entre nuestros allegados y amigos.
La utilidad del biombo, pues, nos pareció irrefutable. Aun más, nos brindaba una eficiente versatilidad: nadie estaba obligado a observar a Valerio, pero la veracidad de su condición se podía constatar por cuenta y riesgo del interesado. Y, si alguien descartaba por motivos de susceptibilidad traspasar el biombo y contemplarlo, podía, sin el menor esfuerzo, escuchar el intermitente sonido de sus ahogos asmáticos, la insistencia de sus ataques de tos, el timbre agudo de sus lamentos que se filtraban por entre los surcos que dejaban las piezas del biombo, y, un poco más sutilmente, la mixtura de tales sonidos tras la forma de un ruido seco y recortado como la furtiva frotación de un papel de lija sobre una superficie de madera.
Finalmente todos, obedeciendo a una razón u otra, quedamos satisfechos con el servicio que nos prestaría el mueble. Incluso, me pareció percibir en la usual inmovilidad de los ojos de Valerio un ademán de aprobación.
En vista del inmejorable consenso que había ganado nuestra adquisición, decidimos poner manos a la obra. Lo primero, que María, la mayor de las hermanas, quien se encargaba de la penosa tarea diaria de su higiene —por lo demás con un estoicismo digno de su ya irremediable y serena soltería—, lo preparara lo mejor posible para su nueva ubicación dentro de la casa. No había que olvidar que en esta oportunidad la limpieza de Valerio exigiría una aún más delicada atención puesto que por primera vez, y gracias a las facilidades del biombo, él podría, si alguien así lo deseaba, ser observado.
Después de aguardar por una larga hora durante la cual sólo María tuvo acceso al sótano, pudimos admirar la excelente labor que había realizado con el cuerpo de Valerio. No se había limitado a asear su piel accidentada, sino que, en un gesto inequívoco de fina sutileza, también había recubierto con unas gasas de inmaculada asepsia parte de él, dejando sólo a la vista las heridas menores y una que otra de severa gravedad, que representaban con mesura el alto grado de descomposición de Valerio.
Después del buen hacer profiláctico de María, venía la suerte, digamos, cosmética, que atendía con lozana sapiencia Amalia, la menor de mis hermanas.
Amalia, mujer de extraña delicadeza, que se acercaba injustamente a los treinta años de edad, puesto que su apariencia no revelaba algo más de veinte, había estado al borde de dedicar su vida al cuidado de Dios, pero la triste contingencia de la enfermedad de Valerio la había obligado a renunciar a los hábitos para ayudarnos a velar por él. Ahora repartía su vida entre el esmero por Valerio y sus servicios en un respetable salón de belleza. Del ejercicio de su oficio provenía la destreza con que Amalia acicalaba a nuestro dolido.
No le tomó a nuestra hermanita demasiado tiempo espantar la fetidez que emanaba del cuerpo llagado. Unas fragancias debidamente mezcladas y vertidas sobre él en justas dosis creaban un agradable aroma: razonable equilibrio entre lo dulce y lo amargo. También procedió a peinarlo, a pintarle sobre las ojeras una breve sombra oscura que diera relieve al insomnio y, para terminar, esparció una fina capa de polvos por todo el cuerpo para evidenciar su escualidez.
Concluidas las artes sutiles de nuestras hermanas, no restaba más que trasladar a Valerio a su nueva geografía y ultimar detalles antes de dar paso a las visitas. Entre mi hermano Eduardo y yo, sobre una colchoneta de espuma, lo transportamos hasta la sala central. Posteriormente fijamos sobre el piso de parqué el crucifijo, cuidando que quedara bien aferrado a su base para evitar cualquier oscilación que pusiera en peligro su verticalidad. Por último, ubicamos a Valerio lo más cómodamente posible sobre la estructura de madera, clavamos sus extremidades sobre los vértices y, entre todos, sellando con ese gesto la unidad familiar, colocamos el biombo de tal manera que ocultara su figura.
Tal y como lo habíamos pensado, el mueble, dispuesto en el rincón más luminoso de la sala, ofrecía a la vista una imagen amable y hasta sugestiva. María, consciente de que todo estaba en su debido orden, se dirigió a la puerta y abriéndola, dio paso a las visitas que desde hacía un buen rato se arremolinaban tras ella.


Guido L. Tamayo S. (Colombia)
Exdirector Cultural de la Cámara Colombiana del Libro.

 

***


A veces Yonatán se sorprendía de cómo la miraban otras personas, hombres, se quedaba atónito al ver con qué ímpetu intentaban comprender los secretos de su belleza melancólica, mediante bromas y groserias; otros, con maneras propias de un padre, como ofreciéndole su apoyo; otros, con sutiles insinuaciones –estos últimos parecían esforzarse en hacerle señas y en hablarle en un tono suave y secreto–; otros la trataban como si de ella dependiese su salvación, como implorando su perdón y misericordia. Y algunos le susurraban con dulzura, como si conociesen algún secreto que, por supuesto, a pesar de su exquisita educación, ella también conocía. Y, de diferentes maneras, todos esos desconocidos se esforzaban en llegar con ella a un acuerdo que no necesitara palabras ni hechos, tan sólo una conocida música interior.
Amos Oz, Un descanso verdadero


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