¡No vendan la Virgen!

 


María Teresa Ramírez Uribe

 


—A sus órdenes señora.
—Gracias. Estoy buscando una imagen de María Auxiliadora.
—Y, ¿Cómo la quiere? ¿Grande, mediana o pequeña?
Carmen levantó sus dos manos sobre el mostrador y señaló en el aire el tamaño deseado. Era la víspera del cumpleaños de Raúl y una semana antes había hecho una gira inútil por los alrededores de Envigado sin encontrar la Virgen. Estaba agotada. Le pareció absurdo y regresó a la casa renegando de la Virgen, de la religión y de la mala hora en que se le había ocurrido comprar un regalo tan disparatado. ¡Una Virgen agotada! ¡Qué idiotez!
Pero María Auxiliadora, Madre del Salvador, Abogada de Imposibles y Auxilio de los Cristianos, era la devoción no sólo de Raúl, sino de toda la ciudad. A ella se le atribuían milagros tan dispares como rescatar a un secuestrado, curar a un agonizante, o hacer “coronar” un cargamento de coca en el exterior.
El empleado se dirigió a la bodega y después de unos minutos apareció con una imagen en las manos: tenía aproximadamente sesenta centímetros de altura y una mirada cautivadora. Carmen la miró con detenimiento. Sí; la corona estaba en su lugar; la túnica era azul como tenía que ser; los ojos lucían brillantes, y la imagen del niño tenía proporciones perfectas.
—Ésta le cuesta ciento veinte mil.
Ni siquiera pensó en regatear el precio. Después de recibir el dinero, el empleado convirtió la imagen en una momia de papel y Carmen salió del almacén para tomar un taxi en la calle Boyacá.
Al día siguiente, después de un suculento almuerzo y de soplar las velitas del bizcocho, acompañada por sus tres hijos, Carmen hizo que Raúl subiera por las escaleras con los ojos vendados para mostrarle su regalo de cumpleaños. La imagen lo esperaba entronizada sobre un gran mueble en la alcoba matrimonial. Cuando estuvo frente a ella le quitaron la venda y hubo una exclamación de alegría. En ese momento percibieron una leve sonrisa en los dos rostros de yeso. Aunque todos lo notaron, cada uno en su interior pensó que se trataba de una especie de alucinación. No obstante, unidos por las manos, con mucho recogimiento entonaron La Salve.
Raúl quedó maravillado con el regalo y las bendiciones no se hicieron esperar: los negocios prosperaron y Carmen se sintió recompensada al comprobar que el tiempo y el dinero invertidos no habían sido en vano. María Auxiliadora había sido la devoción de los abuelos por años, y al morir éstos, Raúl se sentía comprometido a continuar con su fervor.
Los meses pasaron y una tarde de agosto, llegó de visita una de sus primas acompañada de Cecilia, antigua compañera del colegio. A pesar de no haberla visto en años, una vibración negativa sacudió todo su cuerpo. Recordaba a Cecilia como una lambe monjas. Por culpa suya había sido sorprendida varias veces haciendo trampa durante los exámenes de álgebra. Sin embargo, la vida se las estaba cobrando, porque aunque estaba casada con un político adinerado, su única hija había nacido ciega. Carmen sintió pena por ella y se hizo el propósito de olvidar sus rencores juveniles. Charlaron, recorrieron la planta baja de la casa, y cuando subieron a la alcoba matrimonial, los ojos de Cecilia se quedaron fijos en la imagen.
—Te compro la Virgen —dijo.
—No puedo venderla, es la Virgen de Raúl.
Los ojos de Cecilia se convirtieron en dos pozos inundados, y algunas lágrimas rodaron por sus mejillas dejando una huella cristalina.
Carmen también miró a la Virgen y creyó ver un rictus amargo en su boca. Nunca se le habría ocurrido venderla; era la Virgen de Raúl. Pero pensándolo mejor... ¿Por qué no? A estas alturas la corona se veía deslucida por el óxido, los ojos ya no tenían el mismo brillo y cierto día, limpiando, Rosaura la empleada le había quebrado tres dedos de la mano. Además, de todas maneras ella podía volver a comprar a Raúl una más grande y más bonita...
Cecilia insistía y Carmen dudaba, cuando apareció Rosaura en el umbral de la puerta y exclamó poniéndose las manos en la cabeza:
—¡No vendan La Virgen! ¡No vendan la Virgen! ¡Ay, doña Carmen!... ¡Si vende la Virgen, una maldición va a caer sobre esta casa!
—¡Rosaura! ¿De dónde te has sacado esas tonterías?
La empleada no contestó, pero blanqueó los ojos hacia el Cielo, juntó las manos y comenzó a rezar en voz baja un sartal de jaculatorias que las hizo sonreír y mirarse de reojo.
En ese momento nadie hizo caso de la advertencia de Rosaura. El comentario procedía de una mente elemental, donde muy seguramente cabrían en igualdad de proporciones los dogmas de la Iglesia Católica, con el vudú y la magia negra.
—Bueno... ¿Y por qué no se la regalas? —Inquirió la prima, como solución.
A Carmen le daba lástima. Imaginaba el dolor y la angustia que su amiga experimentaría al ver crecer a su hijita ciega. Tal vez en esa imagen silenciosa que ahora las miraba, estaba la esperanza de Cecilia. Tal vez María Auxiliadora podría hacerle el milagro que tanto necesitaba... Su corazón estaba a punto de ablandarse y regalar La Virgen a su condiscípula, cuando su memoria se iluminó con las angustias de los exámenes de álgebra. Entonces, pensó en una cifra exagerada que la sacara de todo intento de negociación. Sin embargo, cuando le dijo el precio, Cecilia exclamó decidida.
—Trato hecho.
Y se fue feliz con su Virgen.
Estaba empezando a oscurecer, cuando cayeron sobre el techo las primeras gotas de agua, grandes y ruidosas, como piedras arrojadas desde el cielo. Primero fueron unos goterones desmesurados que estallaban sobre las tejas, pero al cabo de un rato el diluvio alternaba su estruendo con diminutos pedazos de hielo que apuñalaban los vidrios y taponaban las canoas de los desagües. Truenos y relámpagos hacían relevos en el firmamento con estrépitos y fogonazos. El chubasco se desató y por las calles desiertas corrían ríos de agua. Las hojas de los árboles caían al suelo dejando los troncos desnudos y las raíces se separaban de la tierra para acabar rodando arrastradas por las aguas enfurecidas.
Durante cuatro días el sol se escondió y sólo de cuando en cuando el resplandor de un rayo iluminaba los tejados de la casa y los charcos tristes que se formaban alrededor. Como un cuadro mojado y desierto, el paisaje se desvanecía cubierto por las sombras, y arroyos de agua y viento. Los pocos árboles que quedaban en pie lucían escuálidos sin su follaje, y varios postes salieron disparados por el aire como palillos de madera soplados por la boca de un gigante.
De repente, el cielo rugió; el agua comenzó caer como si todo un océano hubiera estado detenido allá arriba y en un instante se hubieran abierto las compuertas. Cataratas de agua se filtraban por los huecos que el granizo había dejado en el techo y el suelo se convirtió en un lago, con toda clase de objetos náufragos. Tablas, zapatos, pedazos de pared, adornos y juguetes, rodaban por las escalas como los rápidos de un río, mientras los hijos lloraban, vencidos por el hambre de varios días de vigilia. Los cimientos de la casa se fueron debilitando. Las habitaciones de la planta baja cedieron a la fuerza de las aguas, y la vivienda amenazó con derrumbarse como un castillo de naipes.
La última noche, antes de desmoronarse las paredes, Carmen y Raúl frente a una ventana contemplaban fascinados el espectáculo de la tempestad. Sus miradas permanecían fijas, hipnotizadas por la pirotecnia de los relámpagos, cuando el ímpetu de un rayo los eclipsó. Antes de que pudieran reaccionar cerrando los párpados, una sombra se extendió sobre ellos y las tinieblas se quedaron para siempre. Entonces, otra vez quisieron rezar, pero ya no había nadie que oyera sus plegarias.


María Teresa Ramírez Uribe (Colombia)
Véase Odradek, el cuento No. 5


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