El mejor juguete

 

 

Hernando Téllez

 

 

Cuando recuerdo mis juguetes de niño pobre, el trompo de madera, las bolitas de cristal, el cornetín, el aro, todo barato, tosco, y los comparo con los juguetes contemporáneos, finos, pulidos, estilizados, me doy cuenta de que el mundo ha progresado espléndidamente, y de que la civilización física le va dando a la vida innumerables posibilidades de placer. Hace un cuarto de siglo, los muchachos debíamos conformarnos con lo mejor o lo peor de la tradición europea en materia de juguetería. Ya empezaba a llegar, es cierto, una que otra pequeña maravilla de Estados Unidos. Pero la mayoría de los juguetes se importaban de Francia, de Alemania, de Austria, de Holanda, de España, en menor escala. De España los diminutos naipes; de Francia, los anteojos estereoscópicos para mirar en relieve, los paisajes de la Provenza, la Catedral de Reims, Notre Dame y el Arco del Triunfo, y, desde luego, la Tour Eiffel, culminación audaz de la Exposición Internacional de fin de siglo; de Suiza, unos relojes de bolsillo, grandotes y brillantes, con un gallo de cresta reluciente en el centro del muestrario; de Holanda, unos pequeños molinos inservibles, reducción deliciosa de los grandes y laboriosos molinos de esa tierra; de Alemania, la Alemania del Kaiser Guillermo II y del General Hindemburg, unos sables de cincuenta centímetros escasos, de vaina dorada o plateada, de suave y flexible cinturón de hule negro con remaches también dorados; y del mismo país que tronaba, a la sazón, por la voz de sus cañones en Verdun y Flandes, una gloria militar, fugaz y perecedera, llegaban los cascos de hojalata y las primeras pistolas de agua.
También pasaban en las aduanas hispanoamericanas, por entonces, los paquetes de dulces, de caramelos italianos —el famoso caramelo milano, el turrón napolitano, el chocolate Torino— bellamente envueltos en su leve cáscara de papeles pintados.
Además del obsequio imponderable de su sabor, el chocolate Torino, ofrecía, al fondo de su envoltorio, el regalo adicional de unas estampas pequeñitas, en las cuales aparecían lindas cabezas de niños, mordiendo con deleite inefable la barrita de dulce, o derramando enternecedoras lágrimas porque se les negaba el precioso don; a veces figuraba también la cómica estampa del rey Víctor Manuel III con esta leyenda: “El Rey de Italia recomienda el chocolate Torino, rey entre los chocolates”. Yo coleccioné esas estampas, y del naufragio de los años se salvaron milagrosamente, y por ahí las veo a veces, en las manos de mis hijos, estropeadas, maltre­chas, amarillentas, traspilladas, pasadas de moda, como melancólicos símbolos de una edad fenecida...
El anteojo estereoscópico fue el juguete prodigio para quienes éramos niños hace veinticinco, treinta años. De las manos infantiles pasaba a la de los mayores, felices con el invento, descubierto varios años antes. Había que graduar convenientemente la distancia de la estampa, la cual quedaba engazada en dos ganchos y corría, al gusto del observador, por un canal de madera. Además de las catedrales europeas, las estampas reproducían, con sus mejores colores, el espectáculo fascinante de las montañas suizas, de los lagos helvéticos, de las tumultuosas o sosegadas caídas de agua; y también la Plaza de la Concordia, la Plaza de la Señoría, la Plaza de Venecia, la Calle de Rívoli, la Avenida de los Campos Elíseos; y además, una historia completa, verídica y exacta, de la vida, pasión y muerte del redentor del mundo: Jesús entre las rubias pajas del establo, calentado por el vaho del buey y adorado por los reyes magos; Jesús en la carpintería de su padre terrenal, sacando a la madera, con un pesado cepillo, la grácil espuma de la viruta; Jesús entre los doctores; Jesús predicando la nueva fe entre los filisteos; Jesús arrojando a los mercaderes del templo; Jesús llorando sobre las colinas de Jerusalén; Jesús entrando “bajo palmas a lomo de su borrico” en la ciudad amada; Jesús en la noche angustiosa del huerto de los Olivos; Jesús besado por el Iscariote; Jesús coronado de espinas; Jesús flagelado; Jesús exhibido ante la turba vociferante y sanguinaria; Jesús con el madero sobre los frágiles hombros; Jesús y la Verónica; Jesús clavado en la cruz; Jesús herido en el suave costado por la lanza de Longinos; Jesús moribundo...
Con qué interés, con que cándida y perdurable emoción seguíamos los muchachos de entonces, esta historia divina y humana, en la lente estereoscópica. Veíamos de bulto, en sus tres dimensiones, todas las figuras del gran drama. Mi madre amaba, tanto como sus hijos, estas estampas, y cuidaba de ellas con exquisita minuciosidad. Por Semana Santa y nochebuena salía, sin dificultades, el mágico aparato, guardado en la cómoda maternal y pasaba de mano en mano, por turnos rigurosos entre la chiquillería anhelante. Ese fue, que recuerde, el juguete supremo, el mejor juguete de mi infancia.
Los niños de este tiempo lo miran como una antigualla curiosa, pero sin mayor interés. Y ese desdén tiene su justificación psicológica. El cine, los dibujos animados del cine, el mágico mundo de Walt Disney, el mágico mundo real de los viajes cinematográficos por tierras de maravilla, han liquidado eficazmente el encanto, la sorpresa que pudiera quedar a la lente estereoscópica. Este juguete fue para nuestros ojos el primer instrumento que abría concretamente perspectivas de ensueño. No conocíamos el cine, que apenas empezaba sus primeros e inseguros balbuceos de imágenes. De esta suerte, mirábamos y remirábamos con ansiedad a través de los cristales milagrosos, buscando el más allá, el hinterland misterioso de los paisajes lejanos, de las tierras distantes. El muchacho contemporáneo no tiene menos capacidad de evasión y de ensueño que el de otro tiempo; pero ocurre que la civilización, al perfeccionar el mundo de la mecánica y de la física y de la química hasta el grado portentoso en que se encuentra, le elimina todas las dificultades y tropiezos o, por lo menos, una abrumadora porción de ellos, en el camino de satisfacer todo su apetito de maravilla, todo el anhelo de sorpresa, toda la fuerza de ensoñación de su espíritu.
De este tiempo presente puede decirse que el mejor juguete inventado para los hombres y los niños es el cine. En el cine se colma con pródiga largueza toda sed de prodigio. Disney es uno de los supremos benefactores de la humanidad; y sus creaciones, representan, sin duda posible, una superación de las encantadas fantasías literarias de Perrault, de Andersen, de Grimm, de Schmidt. La posición psicológica de quienes nos quedábamos lelos, al aplicar los ojos a la lente estereoscópica, y observar ese trasmundo de imágenes, ofrecido en los cartones litografiados, no se parece a la posición psicológica de los muchachos que se quedan estupefactos en los salones de cine, observando los cartones animados de Disney. De uno a otro invento, corre un proceso de acomodación y estilización de la técnica, de poético reajuste de la mecánica y el arte, en obsequio del placer desinteresado de los espíritus.
La juguetería europea no ha progresado mucho en un cuarto de siglo, digamos, para mayor comodidad temporal, en los años que van transcurridos de esta centuria. Se observa en Europa un grande afecto a la tradición lúdica. Huizinga, en uno de sus bellos libros, está a punto de definir al hombre occidental, como el homo ludens. No llega, ciertamente, a tanto. Extiende esa categoría a todos los hombres. Mejor, dice, que el “homo sapiens” y que el “homo faber”, el “homo ludens”, el hombre que juega expresa una función más categórica e inevitable de la criatura humana. La observación parece inobjetable y el mismo Huizinga se encarga de demostrar sutilmente esa inobjetabilidad. Pero no existe demasiado en el aspecto del tradicionalismo lúdico. Empero es fácil advertir, o era fácil advertir hasta antes de la guerra actual, en Europa, un cierto apego, por lo demás magnífico, a todo lo tradicional en materia de juego y de juguetería. Recuerdo, por ejemplo, que de la cosecha innumerable de juguetes de navidad que inunda las tiendas de feria y los escaparates de los grandes almacenes en Francia, el fruto más abundante y requerido era el de los santones de pesebre: pequeñas figuras de arcilla, primorosamente iluminadas, trabajo anónimo y ancestral del pueblo, no interrumpido a través de los siglos. Claro está que allí brotaban también la fauna y la flora de los juguetes modernos, pero no en la escala de fantástica producción con que aparece en Estados Unidos; ni tampoco con esa insuperable perfección mecánica que ostentan los juguetes norteamericanos.
El Japón derrotaba prácticamente a sus competidores en la transformación del celuloide. Ni Alemania, ni Francia, ni Estados Unidos llegaban a producir tan barato y de manera tan eficaz y tan atractiva, los juguetes de esta materia. Todos, a lo largo de treinta, tal vez de cuarenta años, hemos tenido en las manos un muñeco, un soldado, un policía de celuloide, que lleva en las espaldas o por debajo de los pies, una leve marca, casi imperceptible en donde se lee: “Made in Japan”. Qué solidez, dentro de la fragilidad; qué excelente acabado de la forma y del color; qué destreza en las líneas. Más tarde, los Estados Unidos empezaron, a fabricar millones y millones de juguetes de celuloide, y lograron hacer cosas admirables, sin que por ello consiguieran destruir en estos países, la fama del celuloide asiático.
La América hispana, desde México hasta Buenos Aires, no ofrece todavía nada especial en juguetería moderna. Quedan sí, como en Europa, pero con diferente acento estético, los juguetes típicos, los juguetes tradicionales, en barro, en cobre, en plata, en madera, en caucho, en tagua, flor variada y multiforme del folklore. La simpática rusticidad de esas formas de la juguetería nacional de cada país hispano, entusiasma mucho más al etnólogo y al sociólogo, que a los niños. Estos prefieren el tren eléctrico, con su diminuta estación de dínamos, fabricado primorosamente en Estados Unidos, que las alpargatas microscópicas tejidas en Pasto, o los caballitos de Ráquira, o la liliputiense cerámica de los mercados populares del Perú y de México.
De ese desvío infantil por el juguete nacional, ligado a la tradición nativa, se deriva el hecho de que tales juguetes hayan ascendido al estado de la decoración interior y se les imponga, por las gentes serias, el servicio civil obligatorio de figurar como adornos sobre las mesas de los salones o en las vitrinas de curiosidades folklóricas. Han perdido su vetusta y alegre condición de juguetes, para tomar la categoría de documentos, de pruebas, acerca del proceso artístico de determinados pueblos.

 

Hernando Téllez (Colombia)
Fue un importante ensayista, cuentista y periodista. El presente texto hace parte de su libro Diario, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, 2003.


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