Días de domingo

 

 

Diana Ospina


 

Me promete que no se lo dice a nadie... es que... le voy a contar un secreto y nadie, nadie... nadie en el mundo lo puede saber. Es que por la noche, cuando todo está oscuro y mi mamá me lleva a la cama para acostarme... ella me hace estirar las manos a los lados, así... como si fuera a volar. Me enrolla en la cobija porque de pronto me la quito de noche. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo ¡Amén!... decimos juntas y ella luego apaga la luz; la pieza queda así negra... pero no tengo miedo porque tu estás aquí —mira los revoloteos de un caballito alado que pasa frente a ella y vuelve y se aleja... la mirada corre detrás, intenta tocar su piel de terciopelo, pero un nuevo giro la sorprende, el caballo escapa agitando sus alas muy cerca de la niña.
Tú si me gustas porque eres bueno, pero... pero... esos otros que tienen unas cosas aquí por los ojos —ahueca sus manitos simulando unas anteojeras—. ¡No! esos caballos me hacen dar mucho susto. Son malos. Pero ¡shiss!... porque de pronto oyen y les da rabia y vienen y nos asustan —se acomoda la cobija y se acuesta, mira hacia los rincones presagiando una sombra distinta a la de los objetos que llenan la habitación oscura.
—Mira mis años —y la mano se abre con su racimo de dedos—. Ya casi voy a entrar a la escuela... —recorre con sus ojos los últimos giros del caballito alado hasta que su mirada entra al sueño... (silencio). Ella, sus hermanas y sus padres están en la iglesia. Todos visten ropa dominguera... unos zapatos de charol verdes, con bolsito del mismo color y un camisón naranja... Al salir de la iglesia su papá compra dulces en forma de cigarrillos y gomitas de colores... la niña se ve a sí misma acostada en la banca de la iglesia de la Milagrosa sobre una sábana blanca... tiembla, mira hacia el atrio y del fondo de una puerta alta de madera oscura sale un acólito vestido con su traje largo y blanco. La niña contiene el aire en el pecho... luego lo descarga, el joven acólito camina con un aire monacal... se acerca cada vez más hacia ella... la niña respira lentamente tendida sobre la banca, se hace la muerta, pero el joven llega hasta donde ella y le jala la sábana... ella se agarra con fuerza a la sábana pero el muchacho vestido de blanco la empieza a arrastrar y a arrastrar... entonces la niña se sienta horrorizada... a punto de gritar... se despierta sin un solo aliento para hacerlo... mira la alcoba... mira hacia donde queda la ventana... el corazón retumba por todo su cuerpo en medio de la oscuridad... mira hacia la puerta por donde se filtra una franja de luz amarillenta... Su mamá está trapeando la casa mientras escucha una emisora en un transistor granate por donde pasan una radionovela... De pronto, en la oscuridad de la alcoba surge el caballo agitando sus alas. La niña lo mira.
—Mi papá me quiere mucho. Él es muy bueno conmigo y con todas mis hermanitas. Todos los domingos nos compra dulces al salir de misa. Y juega con nosotras. Nos lleva al parque de la Milagrosa y yo me voy para los sanjuaquines, les arranco unas flores rojitas y me las chupo por debajo. Y nos hace juegos para adivinar, por ejemplo, él esconde unos palitos en la mano y si escojo el palito más largo... “¡ganó un premio!” dice mi papá y me da confites. ¡Ah! también hace unas ranitas de papel y las hace saltar, muy alto, muy alto, cuando les toca la cola —se interrumpe y mira hacia la puerta. El caballito agita sus alas frente a los ojos de la niña quien se le acerca para hablarle en secreto. —A veces sueño con un muchacho que me está arrastrando en la iglesia, y me despierto muy asustada, pero después veo que estoy aquí y que no hay nadie. La sábana queda por fuera del colchón porque yo me agarro fuerte, fuerte. Y después yo miro así... de frente y aparecen esos caballos feos y miedosos que tienen los ojos tapados. A mí no me gustan porque son malos, llevan unos señores raros montados encima, con una ropa toda dura de guerreros. Esos señores van montados en unos caballos que se paran encima de esta cama y pasan por encima de mí. Entonces yo cierro los ojos duro, con todas mis fuerzas, pero los sigo viendo, entonces los abro así, bastante y también siguen ahí caminando por dentro de mí. A veces me tapo con mi cobija, pero continúo viéndolos y sintiendo la presión de sus cascos sobre mi pecho para sacarme el aire y ellos no se van y me pisan tan duro que casi no puedo respirar... —la niña aparta la vista de sus recuerdos... los sonidos de la llegada de su papá la distraen. Escucha a su mamá en la cocina y se levanta con cuidado, camina enrollada en la cobija y con pasitos cortos de geisha llega hasta la puerta, mira a su mamá quien conversa con su papá mientras le sirve la comida, luego le lleva las arrastraderas, embetuna sus zapatos y hablan cosas que casi no se escuchan. La niña se devuelve sin hacer ruido y se acuesta pensando que no debe estar despierta cuando su papá llegue a casa. Entonces se duerme... (silencio). Es domingo y juega con su papá en el parque, en prados, en Rionegro, en otros pueblos, en sitios donde hay piscinas y juegos, columpios, deslizaderos, mataculines y ella lo llama a los gritos para que vea cómo nada y cómo se desliza y cómo brinca y cómo corre... Él siempre responde contento y sonríe con amor paternal... se despierta... todo esta completamente silencioso y oscuro... el aire frío se agolpa en su pecho trayendo un mal presagio, la niña mira con temor hacia todos los rincones de la alcoba... unos guerreros con armaduras plateadas van a caballo, irrumpen en la oscuridad... llevan unas espadas con mucho filo... empiezan a pelear y se tumban... caen encima... las espadas duras traen la muerte... su filo atraviesa los cuerpos que se quedan por un momento enteros... hasta irse desmoronando por capas obedeciendo a los cortes exactos de la espada... la niña cierra los ojos con fuerza... pero los cuerpos continúan cayendo sobre sus piernas... Encima de su cama matan a gente de la televisión y a otra gente que ella no conoce... que nunca ha visto en su vida... Abre los ojos... desea desde lo más hondo de sus deseos de niña estar soñando... tiembla, piensa... mira... todo a un mismo tiempo... mueren decenas de hombres y de mujeres a sus pies... todos aquellos que ella trae a su pensamiento... personas casi todas desconocidas desfilan su muerte... y la niña llora frente a esta pantalla gigantesca y profunda... entonces el dolor la adormece... Duerme por unos instantes... pero en realidad quiere creer que duerme y que su pensamiento no trae los seres que ama... se cubre la cabeza y cierra los ojos con fuerza... pero aun así, debajo de su ceguera, por entre su cobija, nace un anciano loco, mugriento y con dientes podridos caminando descalzo en dirección a ella, con un costal cargado sobre el hombro y... “ahí lleva otros niños”... piensa ella... “No me meta ahí” le suplica, pero los ojos rojos del viejo no paran de avanzar por su mirada... cierra con fuerza sus párpados... ¡no lo soporta!... llora suave... contenida la respiración, para que el viejo no la escuche... De nuevo intenta pensar otras cosas con todas sus fuerzas... en recuerdos lindos... en cosas agradables... y transcurren un repertorio de imágenes veloces que se expanden al instante sin que ella las pueda retener... Y otra vez caminando lento a través de sus párpados, por entre sus ojos; el viejito del costal acecha con su mirada... la niña hace un máximo esfuerzo... y aterriza en San Javier, en la casa de sus primas; juegan con una casa de muñecas llena de juguetes... la niña tiende una camita de madera con una pequeña colcha de lana... pero a un mismo instante todo desaparece y el viejo vuelve a surgir implacable, con su costal al hombro, cada vez más cerca de ella... con su sonrisa de dientes podridos... otros niños y niñas se mueven dentro del costal —piensa ella—.
¡No! —grita para sí misma... abre los ojos... a toda velocidad busca el interruptor, enciende la luz y es tanto su horror que todo desaparece... como un soplido.
Un rato más tarde, después de inventar historias surgidas de las imágenes que se forman con las pequeñas imperfecciones y relieves del techo, apaga la luz y al momento aparece el caballo alado. Se lleva la mirada de la niña tras sus locos revoloteos.
—Yo te quiero contar una cosa, pero es que nadie, nadie puede saber esto, porque... Yo, cuando estoy dormida y me despierto con la sábana entre las manos, siento el corazón ¡tan‑tan‑tan‑tan!... rápido, y siempre vienen esos señores grandes en caballo y matan a... (silencio) —susurra cerca al caballo alado—. ¿Por qué no vienes siempre tú?, es que —el caballo pasa cerca de la niña mientras ella trata de tocarlo, pero el caballito pasa por entre su mano y ella no puede retener su ligero aletear—. ¿Cierto que las niñas no son malas? —dice, y el animal desaparece... la niña trata de retener los aleteos entre sus dedos pero en la oscuridad nacen figuras de hombres que caminan sobre sus pies... mira asustada a un guerrero que se acerca montado a caballo. El guerrero lleva un casco que no deja ver su rostro. Mueve la espada con frenesí, hacia los lados y hacia el cielo. En la otra mano lleva un escudo grande... mata todo cuanto aparece en el pensamiento de la niña... hombres y mujeres que tal vez ella había visto alguna vez en su vida... y el guerrero blande su espada sobre el cuerpo de toda persona en la que ella piensa... llora casi ahogada, contenida la respiración para que el guerrero no sepa que está ahí... piensa en gente que no conoce... rehuye al recuerdo de su mamá o de sus abuelos; ella no deja que aparezcan por su mente... cuando ellos o sus hermanas se están asomando por la cabeza, como jugando al escondido, ahí mismo ella piensa en otras personas que acaso habrá visto algún día en la televisión (silencio). El caballito alado surge del silencio y la oscuridad... la niña juega un rato con él desde su cama.
—¿Tu sabes jugar al escondido? Cuando se va la luz en la casa todos jugamos a las escondidas... a mí me gusta mucho pero también me da mucho miedo cuando siento que me van a encontrar... por eso me tapo fuerte para que no me vean... —la niña se tapa los ojos por un momento y cuando mira de nuevo ya el caballito no está... El guerrero saca su espada ¡Zua, zua, zua! Y ella mira con horror a cada uno de los que caen tasajeados por la espada y lucha con todas sus fuerzas para no dejar que se acerque a su memoria el recuerdo de su mamá, sus abuelos... sus hermanas... o de... toda la gente que ama.
La guerra. Permanentes apariciones y desapariciones donde se tratan de formar algunas imágenes frente a las que la niña huye... se retuerce... crispa cada partícula de su ser y de su espíritu... hasta que al fin el sueño, bálsamo de las tristezas, hace desaparecer todo ante su cuerpo extenuado, y la posee con ternura (silencio). El caballo alado vigila su sueño con rezongos y sortilegios, ella duerme... una mañana de domingo su mamá coloca una ponchera con agua sobre el piso. —A lavarse las manos y a desayunar —grita desde el comedor. Después de jugar un momento con el agua, la niña y sus hermanas se sientan en la mesa con papá y mamá. El desayuno de la niña es especial, todos le sonríen, ella toma un sorbo de chocolate espumoso que bebe con gusto... una algarabía llena el corredor de la casa. El papá llama a la niña, ella llega al momento, un pájaro ha traspasado una hendija de la ventana, el papá con su risa grande de todos los dientes le dice que ese pájaro ha entrado a casa para darle el feliz cumpleaños y que durante todo el día cada canto de los pájaros y toda la pólvora que suene es para felicitarla... es de noche y todos se encuentran reunidos en la cocina, el papá pone música en la radio y las invita a bailar. Les enseña algunos pasos de baile tropical y cuando saca a bailar a la niña, ésta lo hace con gracia, sin equivocarse, mientras su padre la mira y le sonríe con todos los dientes... (silencio). La niña se despierta y aparece el guerrero como un verdugo implacable y fatal... la niña no puede espantar el recuerdo del sueño que aún lleva pegado a su piel... su mirada persiste tercamente en la última imagen... la espada del hombre de armadura de plata atraviesa el aire y tasajea con cortes rápidos el cuerpo de su padre que permanece intacto por un instante... la niña llora, mira hacia la ventana y ruega a Dios porque amanezca, mientras... el de la risa de todos los dientes... cae desmoronándose por pedazos... deshecho sobre su cuerpo... la niña llora sin consuelo mirando con insistencia hacia la ventana... gime suplicante para que amanezca... sin retirar los ojos de la ventana... entonces, un pequeño rayo de luz matutina atraviesa la penumbra de la alcoba y llena el ambiente de azules, amarillos y violetas... los guerreros, el viejo, su padre... han desaparecido... en cambio empiezan a caer del techo cientos y cientos de flores de todos los colores... descienden navegando sobre el aire, perezosas. Muy lentamente, desde el techo, las flores de todos los tamaños y especies, invaden la habitación. La niña levanta sus brazos para tratar de acariciarlas, pero no se dejan, atraviesan sus manos como una neblina colorida y olorosa, y continúan pasando hasta quedarse pegadas a su cuerpo, a su cama, a sus cobijas... entonces, la niña
amanece


profundamente


dormida.

 

 

 

Diana Ospina P. (Colombia).
Escritora y guionista. Ha publicado algunos de sus cuentos en revistas y suplementos dominicales. Recientemente la editorial Planeta publicó Ardores y furores, donde incluye un cuento suyo.


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