Amnesia


Carlos Albeiro Agudelo


Abrí los ojos y vi todo blanco.
No había sonidos.
Más allá de la dominante blancura no veía nada. A pesar de no estar oscuro, mis ojos nada percibían, como si estuviera en medio del polo norte rodeado de la cándida inmensidad. Con la soledad alrededor. Solo con la nieve blanca, muy blanca. Hasta el cielo era blanco. Pero no hacía frío. El ambiente estaba cálido.
Intenté moverme pero al primer ensayo fallé. Mi cuerpo no me obedecía, como si mente y cuerpo fueran dos cosas diferentes y extrañas. Pensé que tal vez estaba muerto. Que eso era la muerte: todo blanco y sin sonidos. Sin el control de mi cuerpo, sin la oscuridad y la luz al final del camino de la que tanto hablan. Pensé que la antesala de la muerte era luz y no oscuridad.
Si era así, estaba muerto.
Especulé que había encontrando la respuesta al Más Allá. Solté una sonrisa casi irónica porque habían pasado muchos años desde que me alejé de la religión y dejé de creer aunque fuera en un Dios indiferente. Ya no me preguntaba si habría algo después de la muerte. No me interesaba conocer las respuestas. Me decía que era yo quien las creaba.
Estaba seguro de que la vida era una hipócrita, así que preferí vivirla sin la espera.
¿Cómo la vive usted?
Supongo que no muy diferente a como lo estaba haciendo yo. Si no, no sería capaz de hacer estas cosas.

* * *

Intenté hablar y escuché un eco dentro de mi pecho. Como cuando se ponen las manos tapando las orejas y se siente la reverberación de la voz dentro de la caja torácica.
Cerré los ojos y todo se hizo un poco más oscuro. En ese momento supe que sí era cierto que estaba todo blanco. Por momentos sentía que Saramago narraba lo que me estaba pasando y por eso todo era blanco, una ceguera blanca. Delirios de lector. Creemos que la vida de los personajes es mejor que la que nos toca vivir.
¿Lee usted libros?
No es verdad que hagan mejor a las personas, simplemente las entretienen. Claro que algunos logran mover el interior del lector, pero son pocos, muy pocos. Supongo que si no lee libros tiene otras cosas que lo mueven por dentro. Ojalá que no sea lo que ellos dicen. Debe buscar algo más importante que todo esto.


* * *

Abrí los ojos de nuevo e hice mi mayor esfuerzo por ver cualquier cosa. Una casa, un camino, un árbol… Debía haber algo.
El blanco comenzó a cambiar: empezó a ser un poco gris. A lo lejos vi algo amarillo. Me pregunté si sería la luz, esa que las almas siguen para aceptar la muerte. No sé usted, pero siempre me he preguntado por qué la luz es sinónimo de vida y la oscuridad de muerte. Siempre preferí la oscuridad. Me siento más seguro en ella. En la luz todos te miran. Te señalan. En la oscuridad sólo estás tú y el sonido. No hay nada más. En ella puedes escucharlo todo. Se acrecientan los sentidos.
Poco a poco también comenzaron a llegar los sonidos. Muy bajos, pero estaban ahí. Era como cuando se pone volumen al radio desde el silencio. De manera lenta comencé a escuchar más y más. Lo primero fue un sonido repetitivo. Conocido. Pip pip pip… La alarma de un auto. Me aferré a ese sonido y percibí que, en poco tiempo, escuchaba mejor.
Por primera vez me pregunté dónde estaba. No podía recordar cómo había llegado hasta ese lugar blanco y gris: el desierto frente a mis ojos.
Escuché que alguien gritaba, pero no lograba identificar lo que decía. Luego apareció otro grito. No era un grito cercano, pero aun así intenté levantarme de nuevo para descubrir de dónde provenía y por fin logré moverme. Cuando apoyé mi brazo izquierdo, sentí un dolor que me partió el cuerpo. Hice un esfuerzo mayúsculo para no acostarme de nuevo. Aún no podía ver nada de mí, sólo observaba pedazos grises en todos sus tonos y variedades. El dolor se calmó despacio, se disipó por todo el cuerpo. Supe que me había roto el brazo.
¿Ha sentido alguna vez ese dolor? ¿El de un hueso roto?
Tal vez sí, haciendo lo que hacemos es difícil no pasar por esas cosas. Si no ha sido un hueso roto tal vez haya sido un desgarro, una herida de bala o cualquier cosa por el estilo. Entonces sé que puede dimensionar lo que sentí.
La visión comenzó a aclararse. Veía puntos amarillos de diferentes tonos en el horizonte, logré identificar que eran pequeñas y grandes fogatas que brillaban aquí y allá. Estaban por todas partes. Parecía una procesión del Santo Sepulcro en medio de la niebla, camino del cementerio.
No le pregunté si usted cree en Dios.

* * *

Bueno, igual sé que no va a decirme nada. Pero no voy a desaprovechar estos últimos minutos por eso.
Estaba en el suelo de algún lugar. Me senté con mucho esfuerzo y cuidado para no lastimarme más el brazo. Me quedé así por algunos segundos. No sabría decir si llegaron a ser minutos, pero fue un tiempo gigante que avanzó con ritmo lento, muy lento. Si no fuera por el dolor del brazo izquierdo, aseguraría que estaba muerto. Tal vez le parezca una tontería, pero me preguntaba si la muerte dolía o si el dolor existe hasta el segundo antes de morir. Estoy seguro de que no soy el primero ni el último que pasa por sus manos. Pero cuando cambien los papeles y usted esté donde yo estoy ahora, le aseguro que se acordará de mí y pensará que no eran preguntas tan tontas las que me he hecho.
Muy despacio, el humo gris se disipó y vi que estaba rodeado por carros destruidos. Estaba sobre el pavimento. Entre varios automóviles, el cemento demolido, el espacio limitado y el polvo por todos lados. Moví una pierna, me apoyé sobre mi brazo sano y luego puse una rodilla en el suelo. Mi espalda se oprimió y el pecho me dolió como si la golpiza que usted me ha propinado ya hubiera ocurrido en ese momento. Finalmente me puse de pie y permanecí otros segundos esperando a adaptarme. El mundo giraba dentro de mi cabeza sin piloto que lo controlara.
De nuevo me pregunté dónde estaba. ¿Qué era ese lugar?
El dolor se había hecho casi imperceptible.
Mi cabeza giraba alrededor de la misma pregunta: ¿dónde estaba?
Tenía que recordar cómo llegué allí. Esa fue la parte reveladora: cómo era que había llegado hasta aquel lugar, había hecho todo lo que hice y no me acordaba de nada. Por esos minutos fui otra persona.
Sentí mi cabeza húmeda, era una humedad tibia que se deslizaba por mi rostro. Mi mano derecha tocó mi cara de manera instintiva. Miré mis dedos manchados de rojo. Sangre. Nunca la había visto como en ese momento. Era mi sangre, mi vida. Todo olía a sangre.
¿Qué estaba haciendo yo en ese lugar?
Comencé a caminar despacio, un pie, luego otro. Avanzaba hacia alguna parte, hacia adelante o hacia atrás, daba igual. Vi que algo se movió unos tres metros más allá de donde estaba. Pero no era algo: era alguien. Era una persona que se quejaba. Avancé hacia ella y tropecé con un cuerpo. Pensé en decir "lo siento", pero me detuve cuando le vi el rostro. Era una mujer y estaba muerta. Me agaché un poco para confirmarlo. Sí, estaba muerta. Eran unos ojos abiertos que no miraban, la mejor muestra de la ausencia. La mirada de la nada. Sentí nauseas, mi cuerpo se estremeció, y a duras penas logré sostenerme en pie.
Nunca la muerte me había mirado.
No sé si me comprende. Antes había visto muertos, claro, pero la cara de esa mujer era la sorpresa frente a lo desconocido. Miraba como si acabara de ver un espanto.
Los que pasan por aquí tienen tiempo de saber qué les va a pasar. No hay sorpresas. Por eso tal vez nunca ha visto lo que yo vi.

* * *

Continué caminando hasta el hombre que se quejaba. Toda su ropa estaba cubierta por polvo. Era un hombre gris. De la parte baja de su vientre salía sangre. Logré identificarla por su color intenso sobre la neutralidad de lo grisáceo. El hombre no podía moverse. "Ayúdeme", me dijo.
El sonido de una sirena se acercó con rapidez. Pensé que en ella llegaba la vida. Una esperanza para ese hombre que necesitaba ayuda. Pedí que no tardara mucho.
Otra vez me pregunté dónde estaba, qué estaba haciendo en ese lugar.
Desperté del letargo e intenté ayudar al hombre, pero ya era inútil. Había dejado de quejarse. Nadie podía ayudarlo.
La quietud terminó.
Llegó la vida y su movimiento.
Un grupo de personas comenzaron a moverse de un lado a otro. Se detenían, ayudaban a alguien y continuaban.
Me dejé ir. Avancé sin poder detenerme. Mi pie golpeó algo, era… creí que iba a vomitar. La vida partida en pedazos, en pequeñas partes sin sentido. Seguro que le causará gracia mi impresión, pero yo nunca he hecho nada de lo que usted está acostumbrado a hacer. Seguramente por eso fue que tuve ese espacio de vacío, de desconocimiento.
Las sirenas estaban cerca. Ya debían estar allí. Sabía que mi herida era una nimiedad.
Olía a humo, a quemado.
Y a sangre.
Había muchos cuerpos a mí alrededor. Todo estaba destruido. Comencé a entender qué era lo que estaba pasando y cuál había sido mi papel.
Entre el sonido de las sirenas y los gritos escuché un llanto. El aire comenzaba a limpiarse. Seguí el sonido. Era un niño. Un bebé. Me dejé guiar por su llanto hasta el cuerpo de una mujer con un vestido largo. A su lado estaba aquel que lloraba. Lloraba y sangraba. Intenté levantarlo, pero volvió el dolor. No tenía fuerzas. Me agaché y con mi mano derecha logré elevarlo hasta mi pecho. Era un futuro que se aferraba a mí.
Le había dicho que la vida es hipócrita.

* * *

Fue en ese momento cuando vi el nombre del lugar donde estaba. Entre tanto caos el nombre resaltaba puesto sobre el cielo. Estaba ahí para que yo lo leyera.
Ya sabía qué estaba haciendo ahí. Mi presencia tomó sentido. El lugar y el desastre se unieron. Dejé de ser ese otro y fui de nuevo el que siempre he sido.
Lloré.
Puede reírse todo lo que quiera, pero saber qué estaba pasando fue un golpe duro. Quise ser otro, otro que no se pareciera en nada a mí.
Caminé con el pequeño aferrado a mi pecho. Los ojos me ardían. Las lágrimas se mezclaron con algo que los hacía arder. Veía borroso, pero seguí caminando igual.
"Señor, ¿está bien?", me preguntó alguien. Le dije que tomara al niño y lo cuidara. Me preguntó si era mi hijo. "No, no es mi hijo".­ Esa persona puso su mano sobre mi hombro y me guío fuera del humo. Me llevó hasta una ambulancia.
Miré hacia atrás.
El infierno existe y ese era un pedazo.
Una mujer me limpió el rostro. Era una noche sin nubes. La luna iluminaba todo. Le pregunté por el niño y ella dijo que estaría bien, que no me preocupara.
Deseé que lloviera para que el agua limpiara todo. Para que me limpiara a mí.
Intenté bajarme de la ambulancia. "No puede moverse", me dijo la mujer. "Debo…", fue la última palabra que dije antes de contarle todo esto a usted: debo. Callé porque yo ya no debía hacer nada. Sólo esperar a que la noche se acabara.
Rogar para que nunca hubiera existido.
El resto de lo que ocurrió no importa. Sabía que llegarían a mí muy rápido. El plan debió ser desde el principio que yo también muriera allá.
No puede negarme que tengo razón: la vida es una hipócrita.
Durante estos días no había sido capaz de hablar. No quería. Incluso cuando me traían hacia acá,­­ me interrogaron y no dije nada. Se lo cuento a usted porque de ahora en adelante algo nos unirá por toda la eternidad.
Supe que sería usted quien me preguntaría algo por última vez. A lo mejor porque no lo hizo comencé a hablar. La agradezco que haya escuchado.
Ya no tengo nada más que decir. Puede terminar con su trabajo.

Carlos Albeiro Agudelo
Ganador de la Beca de creación del Municipio de Medellín en la categoría cuento infantil 2011.


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