Como granos de maíz

Oscar Duque Cano



T. me lleva por las calles a conocer el mundo; parece que él puede decidir sobre eso y todo lo que tenga que ver conmigo. Lo sigo como un perro que sale a pasear tras de su amo, un perro que no ladra, un perro que no muerde, un perro al que patean, un perro asustado en mitad de la autopista mientras pasan los autos a su lado, un perro que no puede ver sus patas (no siento los pies, tienen una costra de hierro que los aísla del piso; ni siquiera los miro, para qué). Me despierta temprano con un beso y se acomoda los pantalones, sin prisa, encerrado en sus necesidades. Va y llena el frasquito de pegante y lo deja en la mesa del centro de la pieza. Sin probar el café, aspiro el vaho para retomar fuerzas y afrontar el día. T. me golpea sin razón; recibo los golpes con la esperanza de calentar el cuerpo y refrescar la mente. La puerta de la pieza a veces permanece abierta; veo pasar una y otra vez a la gente del pasaje hacia el fondo, hacia los baños, donde se mezclan unos con otros mientras sale un humo blanco que se riega por todos los cuartos.
En una pieza llora un niño. Yo nunca lloro, no sirve de nada. Si lloras, te pegan; si no lloras, también, es lo mismo, llorar cansa mucho. En otra pieza se oyen trajines de trastos y se siente el olor de la panela hirviendo. Nosotros no tenemos fogón, ni cocina, ni platos, ni ollas. T. trae en las noches algún frito mordisqueado que rematamos durante el día; no se complica, es muy astuto para los negocios. Piensa muy bien sus estrategias y me reparte por las esquinas innovando formas de conseguir monedas. Él inventó el discursito para pedir en los buses: “Traigo el chicle masticable, perdonen si los incomodo en un minuto de su precioso tiempo, uno en doscientos, tres por quinientos”. Sabe cómo tragarse un cuchillo y cómo esconder un destornillador en la nariz, “por si se tiene un resfriado”. T. es muy hábil. Yo lo quiero mucho y lo respeto. Mejor dicho, le tengo miedo.
Para él todos somos unos tíos, lo que le da un aire de extranjero. Siempre calza botas que consigue en el ropero de las monjas de la parroquia. No tiene los dientes delanteros y salpica de babas al hablar. Miro asustado sus trajes negros adornados de metal. Todo en él es sucio, pero se le ve por encima de la mugre cierta diferencia con todos nosotros. Él lo sabe, se siente superior a la gente del barrio, tiene su estilo; solo en la pieza conmigo, fumando y contando sus monedas, piensa dos veces todo lo que hace.
Antes cerraba la puerta y partía sin afanes; no regresaba hasta la noche. No quería que nadie me viera. No podía salir ni siquiera al baño colectivo. Yo le agradecía el tener una cama y no sentir el cuerpo y no poder llorar. Le agradecía todo eso a T., sobre todo el ir perdiendo los recuerdos más lejanos. No sentía hambre y pasaba con el frasquito pegado a la cara mirando cómo se deshacían las paredes y me caían encima. Pero no sentía dolor, ni hambre, ni lloraba; estaba seco, lleno de sensaciones agradables. Solamente por las noches T. estrujaba un poco mi cuerpo y lo llenaba de babas. Al despertar me dolían los huesos pero T. partía un pedazo de comida y llenaba el frasquito. T. nunca faltó con eso, era muy cumplido T.
Ahora, vamos por las calles a punto de estrujones. Con dos o tres gestos indica el disfraz que ha sacado de su baúl de mago para la función de rutina: un sombrero campesino con el cartelito al pecho; unas bolas de carey para que lance al viento; unos caramelos simplemente; un frasco de gasolina y un fósforo para que sople fuego; un tapete de vidrios rotos para que flote sobre él; un pote de vinilo para pintar el cuerpo y hacer la pose artística durante horas y horas.
Me deja solo en el lugar que ha escogido y parte por un largo rato, pero presiento su mirada en la distancia. No le presto atención. Miro con placer a la gente cuando se detiene y observa la función con una sonrisa en señal de aprobación. No importa si dejan monedas o no. Sólo con verles la sorpresa en los ojos por la belleza de mi acto me basta; que crean que soy un artista, eso es bueno. El silencio en el semáforo a veces se prolonga demasiado; veo carros, gente, todos apresurados y alocados, pero no escucho nada, ni sus gritos, ni sus pitos. Estoy asustado y quisiera que él llegara y se sentara a mi lado; cuando estoy a punto de ir a buscarlo aparece con el frasco amarillo, cuenta las monedas, muerde un pedazo de pan duro para mí y pellizca en uno de los lados arriba de la cintura para estimular mi labor. Luego se aleja, dejándome sin aliento.
Los momentos más felices son cuando hacemos el acto del ciego y el lazarillo. Son días de bonanza y buen genio. Sus ojos en blanco durante horas obligan a los otros a cumplir con la bondad de dar al prójimo. Al rato, sus gafas oscuras se llenan de una voz ronca y hueca que llega hasta el bolsillo del otro y de nuevo lo obliga. Él, de verdad, no ve y no me toca aun después de la función; es muy profesional. Ya al amanecer los regaños, los golpes, el pan duro, el frasco amarillo, se repiten de nuevo, pero yo estoy a buen seguro. Estoy con él, es mi dueño y nadie más puede dañarme. Sé eso y no necesito más.
Hubo un tiempo en el que presentí perderlo. Fue cuando llegó con una niña hermosa de ojos verdes y cabellos dorados. Sentí vergüenza, como si por primera vez viera mi cuerpo sucio reflejado en el cristal de sus ojos. La sentó a mi lado en las escaleras de la catedral con un cartelito que nadie fue capaz de ignorar. Las monedas caían en la lata como granos de maíz. A T. le brillaban los ojos y me miraba con reproche. Los garabatos de T. —porque aunque no sé leer, sí distingo las letras bonitas de las feas— debían de tocar el alma, o tal vez fueron los ojos verdes de la niña de oro. Le miraba su piel fina aunque manchada de mugre. Fui capaz de conseguirle un refresco, pero no de hablarle. El recuerdo de unos ojos grandes que se despedían llorando me atraía hacia esa niña que sonreía como yo nunca lo haría. Al final de la tarde tuvimos que salir corriendo y dejarla en manos de unos policías que llegaron con su madre, o su tía, o su dueña verdadera, mientras él se retorcía las manos y hacía muecas de indignación.
Alguna que otra vez sale en la noche después de revolcarse en la cama sin poder dormir. Duermo abandonado, pero feliz. El murmullo al fondo del pasaje arrulla mis sueños. Sin aviso, el frío de la madrugada me despierta tirado en un rincón del cuarto. En la oscuridad adivino quejidos roncos de T. y la fuerte respiración de otra persona. Al rato me levanto medio dormido y no distingo bien las cosas. Una luz roja e hiriente alumbra la habitación. Dos piernas regordetas al frente de mis ojos sostienen a una señora que gesticula una canción en su camastro, adornado con un tapete rojo, donde T. cabecea mientras fuma un cigarrillo y toma un trago largo de una botella con un líquido blanco. En la mañana me saca del cuarto y cierra la puerta. Ya sé que tengo todo el día para vagar por las calles con la única obligación de traer algún dinero. Tal vez encuentre a la niña de los ojos verdes. Tal vez, por fin, escuche mi voz susurrar unas palabras.
¿Y si no vuelvo? Sería bueno no volver. Correr al lado de ella por las calles de la ciudad. Sentir llegar la noche en cualquier rincón y velar su sueño de los bichos de la calle. No sentir el olor a tabaco ni a licor. No ver manos sucias, ojos rojos, rostros negros. No comer el frito rancio. No pegarme al maldito frasco. No acostarme en el colchón rojo sin poder dormir. No limpiar babas de mi piel. No seguirlo una y otra vez para calmar su afán. Sólo mirar los ojos de vidrio y agua de ella para dormir tranquilo. ¿Y T.? ¿Seré capaz de vivir sin él? Me da miedo pensar en ello. Es mejor volver. Volver y esconderme para siempre en su baúl.
Abro la puerta. T. sigue ahí, alimentando pesadillas que no duelen, pero dejan los ojos sin descanso. Ronca tranquilo con el zurullo de su ropa como almohada. Las cicatrices de su cuerpo colorean de chocolate su piel morena. Los fantasmas que nos acompañan día tras día duermen en el baúl. Aspiro de la botella y una oleada de calor invade mi mente. Me acerco a él con el miedo de iniciar todo de nuevo. No sé por qué esconde los billetes tan bien escondidos. Busco en los zapatos, debajo del colchón, encima de la puerta. No sería capaz de robarle un solo peso. Además, no tengo el arrojo ni el ánimo para abrir los ojos más de lo necesario. La mirada de la niña de ojos de agua me impulsa a seguir. Saco del baúl el disfraz para hoy y lo cierro sin cuidado, pues tal vez ya no se levante más, por culpa del aguijón que le marca el destornillador en la garganta, mientras el hilo de sangre termine por caer al suelo salpicando mi sombra.

Oscar Duque Cano (Colombia)

Miembro del taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Terminó un libro de cuentos que espera editor.


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