Las mujeres de Aspasio

 


Pablo Montoya Campuzano

 


1


La historia ocurrió por los años cuarenta. Aunque es probable que haya pasado en décadas posteriores. No me extrañó encontrarme con una versión que ubica los acontecimientos que rodean la vida de Aspasio en nuestros días. Mi madre la situaba en el tiempo en que José hacía su práctica de medicina forense. El marco del relato era sugestivo. José llega cansado del anfiteatro. Mi madre le sirve la comida. Viven entonces en una casa, por los lados de La América. Hablan de la violencia que recorre las tierras de Antioquia. Más tarde se acomodan en la cama y mi madre empieza a leer pasajes de un tratado de obstetricia. Esa era la manera en que José memorizaba lo aprendido. Su lectura siempre fue torpe y sólo podía retener con exactitud lo que escuchaba. Hay algo, no obstante, que molesta su concentración. Un olor fétido se interpone a cada frase pronunciada. De pronto, mi padre se levanta, lleva una de sus manos a la nariz y aspira. Se dirige al baño donde vomita varias veces. Al regresar a la cama, mi madre le pregunta si está enfermo. La respuesta es negativa. Es un pedazo de carne, dice José, que se me ha quedado entre la uña. Explica que ha trabajado toda la tarde en el cadáver de una mujer joven. Y eso te ha hecho vomitar, inquiere mi madre incrédula. Claro que no, contesta él. Es entonces cuando relata la historia de Aspasio.


2


Venía del campo huyendo de las masacres cometidas por los conservadores. Su infancia transcurrió en riscosas fincas de café. Una mañana, eran ya los días de la última adolescencia, su madre lo mandó al pueblo a comprar panela, arroz y carne. Aspasio no regresó. Días después reconoció los cadáveres en un patio de la inspección de policía. No reaccionó con exageraciones ante el descuartizamiento de sus hermanas. Dijo que esa cabeza sin ojos y con la lengua que le bajaba como una corbata desmesurada pertenecía a su madre. Pero no exorbitó la mirada, ni pronunció quejas, tampoco emitió amenaza alguna. Más tarde fue a Medellín y, parece, hizo varios trabajos antes de encontrar el empleo del anfiteatro. Éste quedaba entonces en la Facultad de Medicina y era una sala destinada a la práctica de los estudiantes. Las pocas personas que creyeron conocer a Aspasio lo definieron como un hombre servil. Tal vez en lo más hondo de sí mismo, y esto nunca le ocasionó tropiezo, comprendía que lo suyo era obedecer. Es posible que por tener esa mansedumbre, nadie sospechara sus inclinaciones. En el anfiteatro ejecutó labores de limpieza y vigilancia. Siempre se le vio con una ruana que se ponía apenas iniciaba la jornada. Una boina le tapaba el pelo escaso. Los pantalones siempre fueron negros y de pliegues y ninguna talla le quedaba bien. El trabajo lo dotó de un revólver y un bolillo que nunca usó. Prefería guardarlos en un cajón. Lo único que bebía en las noches, y en este detalle también coinciden las versiones que consulté, era un café cerril que lo mantenía despierto hasta el amanecer. Indagué, tanto con los conocidos de un Aspasio como del otro, y concluí que nunca consumió licor. En medio de repuestas, casi todas monosilábicas, supuse que sonreía pocas veces. José, eso dijo mi madre, comentaba que sólo debía hacerlo cuando descubría algunos de los cuerpos. Una sonrisa lánguida que se iniciaba en su mirada al ver la piel de las muertas.


3


La mujer parecía dormida y un gesto de placidez marcaba su rostro. Poseía algo, tal vez en el mentón, acaso en las mejillas, quizás en las cavidades de la nariz, que la emparentaba con un adolescente. El pelo negro, recogido en una trenza mojada, hacía pensar en caballos airosos. El cuello mostraba una serie de máculas que remitían no a golpes, sino a la descomposición que ya se estaba gestando. El resto del cuerpo, desde las clavículas que brillaban con un matiz opalino hasta los pies pequeños, estaba cubierto por un plástico. A Aspasio lo acogió la desazón al verla en una de las planchas. Creyó que estaba alucinando, motivado por el contraste entre la belleza del rostro y la sordidez del sitio. Una cuchillada de escalofrío le recorrió la espalda. El anfiteatro poseía, en esas horas de la madrugada, un silencio rotundo. Los pasos del celador resonaban con nitidez. La rutina de sus jornadas no era muy compleja. Aspasio la iniciaba dando una vuelta por los derredores. Si lo creía indispensable, arrancaba con las manos la maleza que se formaba a los lados del sendero de la entrada. Luego, en la garita de la vigilancia, leía periódicos viejos en tanto llegaba la medianoche. Dejaba que las campanas de una iglesia próxima sonaran, y salía a recorrer la sala. Aunque primero miraba las planillas donde se apuntaban el ingreso y la salida de los cadáveres. Con estos detalles, observaba el estado en que habían quedado los cuerpos después de las operaciones. Esta revisión la hacía como si fuera el preámbulo para lo que venía después. Si el caso lo pedía, Aspasio completaba el aseo que algunos estudiantes de medicina descuidaban. Eran, por lo general, medidas de limpieza que realizaba con aire concentrado. Debía borrar las huellas de sangre en los bordes de las planchas, en el piso y en las paredes. Tenía que cubrir, a su vez, los cuerpos con unos plásticos que en algo mermaban la velocidad de la putrefacción. Aspasio no escatimaba esta parte de su faena. Es más, era exagerado en los cuidados que prodigaba a los cadáveres. Así el estado de envilecimiento orgánico fuera extremo, distribuía su atención con espíritu equitativo. Una de las cosas que ejecutaba sin falta era procurarse un trapo mojado con agua y formol. Con él limpiaba aquellas partes del cuerpo no estropeadas por la herida que había ocasionado la muerte o producido el escalpelo. Cuando reconocía, por fin, la presencia de una cierta higiene, trapeaba el piso y regresaba a la garita. Allí tomaba café y se quedaba mirando por largo tiempo algún rincón del cuarto. Después volvía a la sala. No había temblor en sus manos, ni manifestación asustadiza en los ojos, y su corazón latía con una fuerza siempre controlada. Sólo un ligero aumento en la secreción de la saliva y un vacío que iba ampliándose en su bajo vientre. Durante un rato observaba los semblantes de la muerte. Y sólo cuando le correspondía el turno al cuerpo determinado, lo cargaba con movimientos precisos y lo ponía sobre la ruana que, unos segundos antes, había extendido en el suelo.


4


Cuando visité el anfiteatro de la carrera 65 para mirar sus archivos —el de la Facultad de Medicina había desaparecido tiempo atrás—, encontré una variante de la historia. Como me lo había advertido la persona que me brindó el permiso para revisarlos, los documentos eran monótonos en las descripciones necrológicas. Una mezcla de términos forenses, estadísticos y judiciales pretendía definir la muerte en gruesas carpetas empolvadas. Pero nada más lejano al misterio de la interrupción de la vida que anotaciones esquemáticas de cuchillos en estómagos, de balazos en pechos, de golpes en cabezas. Ni siquiera vi la sombra de Aspasio en los archivos. Quizá la memoria del anfiteatro se empecinaba en conservar una imagen honorable y por ello había expulsado de su historia las huellas de ese hombre que había deambulado por los ámbitos mortuorios de la ciudad. Sentí decepción porque así se negaba uno de los perfiles más oscuros y, tal vez, más atractivos de Medellín. Sin embargo, me topé en los archivos con otro rasgo de la intemperancia humana. Poco antes de hablar con una de las secretarias, que me ofreció su colaboración, leí el caso de una muchacha de catorce años que había ingresado al anfiteatro. La fecha coincidía con el año en que José siguió su práctica forense. Concluí entonces que el caso había sucedido en el viejo anfiteatro. Sin embargo, a pesar de su traumático encanto, lo que le había pasado a la adolescente nunca lo escuché en el círculo oral de mi familia. La mujer entró en la lista de las muertes violentas en el mes de octubre de 1949. Estuvo varios días sin ser reclamada. En verdad, nadie se ocupó de ella y sus huesos sin nombre terminaron en una fosa común. Yo, por supuesto, matizo una historia que en la carpeta respectiva sólo es una indicación anónima y una sucesión de descripciones de órganos y sintomatología patológica. El caso de la muchacha, empero, demuestra el extravío que a veces consuma la humanidad. Ella no tenía ningún rasgo de dolor ni gestos amedrentados en su cara. Tampoco había hematomas o contusiones en las partes visibles del cuerpo. Éste, más bien, conservaba erguidos los senos y tensa de vitalidad la piel del vientre y de las nalgas. Sólo una autopsia posterior encontró un palo de escoba que alguien le había introducido por el ano. La pregunta que me hice entonces, al imaginar que los ojos de Aspasio pudieron ver la cara de esa durmiente destrozada, fue si la convirtió en una de sus mujeres.


5


La secretaria era proclive a la conversación. Temí incluso que lo narrado por ella cayera en el terreno de la fantasía. Trabajaba en el nuevo anfiteatro desde hacía años. Daba brega creer que el tránsito por las moradas de una burocracia mortecina no hubiera estropeado del todo la locuacidad de una mujer que poseía algunos atractivos. El que más recuerdo, repito, fue esa amabilidad desbordada que contestaba a mis preguntas. Respuestas que eran relamidas por una boca pintada de labial rojo mientras sus ojos se clavaban en los míos. Parecía una secretaria simple, pero empleaba palabras que desentonaban en su trato coloquial. Como si con ello pretendiera otorgar un regusto exquisito a la conversación de una funcionaria de los mundos bajos. Salíamos del anfiteatro y tomábamos algo en una cafetería cercana a la iglesia. Por razones de su trabajo nuestra plática no se prolongaba más de media hora. El Aspasio de su relato, comparado con el que yo conocí en mi infancia, era un poco más exuberante. Se aproximaba, empero, al de la memoria oral que recorría a Medellín. La secretaria se cruzaba con él varias veces en las mañanas o al inicio de las noches. El carácter taciturno del Aspasio antiguo, aquí se volvía jovial. Éste era hablantinoso y lanzaba frecuentes chistes. Además, no se veía desmañado y su atuendo se reducía a bluejeans y a camisas de colores vivos que siempre llevaba por fuera. De hecho, la secretaria había departido con Aspasio diálogos no exentos de risas. ¿Y de qué hablaban?, pregunté. Pues de muertos de qué más, contestó ella haciendo un gesto incómodo. A la funcionaria le parecía normal, de alguna manera, que su compañero de trabajo le hiciera bromas fúnebres. ¿Y a qué se referían ellas?, volví a preguntar. No sé, contestó, a veces me decía que le gustaba mirar la desnudez de las occisas. Pero todo se presentaba en una atmósfera que permitía los deslizamientos jocosos de la perversidad. Incluso, me llegó a contar, finalizó esa vez la secretaria, que se excitaba pensando en algunos cuerpos que le deparaban sus jornadas nocturnas.

6


Cuando la acostó sobre la ruana, la mujer dejó caer con suavidad un brazo sobre el vientre. Por ninguna parte se veían indicios de violencia. El bisturí no había rasgado ningún tejido. Y por más que buscaba en el cuerpo, Aspasio no hallaba los vestigios de la herida o del golpe. La cautela de su búsqueda se interrumpía a cada instante por el deseo de contemplar la hermosura del rostro y la perfección de una anatomía que no guardaba vínculos con la corrupción. Aspasio sentía una mezcla de rabia y de ternura frente a esa paradoja. Pero era justamente la presencia de lo sublime en medio de la desolación, y de la pureza habitando lo pútrido, lo que lo estremecía. Pasó sus dedos, como si estuviera detectando una imposible vibración de la vida, cerca del pelo y luego los bajó por la frente. Con la yema del índice izquierdo rozó la nariz, los labios y el mentón. Luego hizo dibujos concéntricos en las clavículas, en el escondido esternón, en la areola de los pezones. Fue entonces cuando, debajo del seno derecho, vio el agujero. Alguien había introducido un estilete hasta llegar, sin duda, al corazón. Aspasio metió y sacó varias veces, con lentitud, el dedo en el ombligo. Después miró el pubis. Era insípido y el surco de vellos que bordeaban los labios entreabiertos tenía un aire de desorden triste. Acercó la nariz y olió la acidez que persistía. Aspasio resopló con fuerza. Había algo de llanto y de grito que intentaba salir de su boca, mientras con los dedos hurgaba en su propio sexo. Cuando alcanzó la erección buscó las sensaciones de la frialdad. Pasó su verga por entre la boca que en vano intentaba succionar. Por entre los senos que en vano trataban de moverse. Por entre los glúteos que en vano procuraban la tibieza. Pero Aspasio sabía cómo orientar su placer. Se metió la boina en la boca y la mordió cuando entró a la cavidad. Cabalgó durante minutos sobre el vacío, entre una maraña de imágenes irresolutas. Hasta que el vértigo de su soledad se extendió, blanquecino y deslumbrante, por el vientre de la mujer.


7


El fin de Aspasio se diseminaba también en diversas conjeturas. No era advenedizo otorgarle un destino de súbita desaparición. Un personaje así merecía el anonimato de una existencia ajena al interés de los otros. Sus pasos pudieron haberse perdido en la geografía neblinosa de un pueblo antioqueño. Nada raro que Aspasio hubiera pasado sus últimos años cuidando una finca cafetera. Así gustaba imaginarlo José cuando esas mujeres, amadas en la muerte, asediaban sus recuerdos de estudiante de medicina. Otros, en cambio, se referían al manicomio de Bello. Adónde más, gustaban decir con desdén, podría ir un demente de semejante calaña. Pero mis pesquisas en esa dirección fueron infructuosas. Había varios necrófilos, por supuesto, encerrados en esa espantosa cárcel bucólica. Pero nadie obedecía a las señales del hombre del anfiteatro. El de la secretaria, por otro lado, se sumergía en un villorrio de la costa Atlántica. Aunque antes, eso dijo ella en la cafetería, estuvo trabajando de portero en un condominio de Envigado. Inútiles fueron mis intentos de localizar su rastro en ese sector de la ciudad. Poco antes de cerrar la investigación sobre Aspasio, fui a buscar a la secretaria. Quería verificar con ella algunos detalles relacionados con los hábitos de su compañero de trabajo. Quería darle una copia de mi crónica que sería publicada pronto. Me dijeron que la mujer se había tomado unas vacaciones. Al salir del sitio, era el final de una tarde de octubre, alcancé a ver la figura de un hombre en la garita de la vigilancia. Alto y flaco, su palidez lindaba con la demacración. Nuestros ojos se cruzaron y sus cejas se levantaron para responderme al saludo. Me aventuré a pensar que la historia de Aspasio, como la de Edipo, como la de Hugolino, como la de Orestes, se repetía en lo esencial. Me acerqué y le pedí fuego para mi cigarrillo. Me obsequió la candela. Entre tanto tuve el tiempo para observar el entorno. Al lado de una mesa vi el termo de café y algunos periódicos amontonados. En la única silla que había, estaba la ruana. No era extraño que un celador de Medellín tuviera esas cosas. Necesita permanecer despierto y guarecerse del frío de las madrugadas.


Pablo Montoya Campuzano
Nació en Barrancabermeja en, 1963. Músico, Filósofo, Maestro y Doctor de la Universidad de Sorbonne Nouvelle (París III), actualmente coordina el doctorado en Literatura de la Universidad de Antioquia. Publica artículos sesudos en periódicos y revistas de América y Europa. Y además, para desconcierto de todos, ha publicado libros de cuentos, de ensayos, prosas poéticas y dos novelas, La sed del ojo y Lejos de Roma. Por algunos de ellos ha recibido importantes reconocimientos y premios. En 2005 recibió el Premio a la creación como cuentista otorgado por la Alcaldía de Medellín, por Réquiem por un fantasma. En 2007 fue merecedor a la Beca de Creación Modalidad Cuento, de la Alcaldía de Medellín.


www.odradekelcuento.com

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