Otra mañana en Dar

 


Juan Fernando Merino

 


“Frederick:
Te escribo desde el último piso del hotel Flora en la calle Ng’ombe, que no es exactamente un penthouse. Todo lo contrario. Sólo un cuarto estrecho, sin baño, sin aire. Y una ventana a la calle. Dar es Salaam es una ciudad abandonada de los dioses y coronada por las penurias. Propias y ajenas. Debería haberme ido hace mucho tiempo, pero a veces no hay peor adicción que el recuerdo estancado de una mujer que ya no está. Ahora sólo me queda esperar a que la aguja de la veleta decida su dirección”.
Jonathan releyó el párrafo que acababa de escribir, empuñó de nuevo el lapicero y lo acercó al papel. Lo retiró enseguida, antes de trazar la primera línea, al darse cuenta de que no quería escribir la siguiente frase. Al menos no todavía.
Se incorporó con dificultad, pensó aprovechar que estaba de pie para dirigirse al retrete, pero se encaminó más bien a la ventana que daba a la calle Lindi, esta vez apoyándose en una sola muleta. Otra de sus corazonadas: el inglés debía andar por allí.
Algo le decía que en algún punto de la intrincada red de callejuelas y plazas alcanzaría a divisar a Kenneth Northcup, el inglés. Por allí andaría, con seguridad… En la tienda de Messoud tomando el té con algún extranjero recién llegado en el tren de Arusha. En las inmediaciones del Indian Bazaar tratando de venderle un tour de la ciudad o una excursión en dhow a Zanzíbar a algún desprevenido turista japonés o americano. O simplemente deambulando por Oyster Bay, Manzeze, los confines del barrio Mugurami, la plaza Kigogo…
De cualquier manera, estuviese donde estuviese, no sería difícil distinguir a Kenneth, por más congestionadas que se encontraran las calles de Dar. Su figura elevada, corpulenta, y su cabello rubio largo y ensortijado resultaban inconfundibles.
No. Desde luego que no lo vio, por más que extendió la vista. Era bastante más temprano de lo que había pensado y el inglés todavía estaría roncando en su pensión de la avenida Samora. De hecho, no debían ser más de las seis, seis y media de la mañana, aunque Jonathan llevaba ya varias horas despierto, otra vez desvelado por el espantoso dolor de cabeza, los escalofríos, las sábanas empapadas de un sudor amargo, maloliente. Como si los huesos se estuvieran desintegrando en sus minerales primarios.
Apoyado en el alféizar, Jonathan recorrió una vez más la avenida Lindi de un vistazo largo. No había mucho todavía: unos cuantos comerciantes camino a sus negocios, muy pocos vendedores ambulantes, los guardas del amanecer, los sempiternos vagabundos y pordioseros de Dar, dos mujeres hindúes muy mayores, vestidas con saris de color rosa, de pie en frente de una agencia de telégrafos aún cerrada.
Sólo entonces cayó en cuenta de que aquello no había sido una corazonada sino un recuerdo: el recuerdo de la última vez que había puesto ojos en Julie, la escocesa, una madrugada de abril cuando desde esta misma ventana la había visto pasar en dirección del puerto, con su mochila y su maleta verde, y caminando a su lado, también con los pertrechos de viaje, Kenneth Northcup, el inglés…
Y se dio cuenta también de que ésa era justamente la razón por la que no se sentía con ánimos de continuar la carta a Frederick. Porque la siguiente frase habría sido, habría tenido que ser: “La escocesa me dejó en cuanto creyó que me estaba muriendo”.
¡Otra vez se había equivocado la escocesa! Porque ya se acercaba junio, en el Índico empezaban a soplar los vientos monzones, y allí seguía él, casi entero. Todavía sin poder bajar a la calle, todavía dependiendo para casi todo de Omar, el mensajero del hotel Flora, pero casi entero. Acosado por los ciclos de fiebre, escalofríos, vómitos y, en ocasiones, una especie de desorientación mental, pero al menos todavía de este lado, vivo.
Otra vez se había equivocado la escocesa.
La primera equivocación de Julie había sido pensar cuando se conocieron —en el café al aire libre del hotel Banyon Tree de Nairobi— que Jonathan sería un compañero de viaje idóneo para recorrer Tanzania, Zambia, Malawi y Mozambique (los países en los que, poco más o menos, coincidían los itinerarios y estadías previstas): una alianza de mutuo beneficio para resolver asuntos de transporte, alojamiento, sobornos y cambios de moneda, pero sin las complicaciones y exigencias de un romance entre viajeros. Porque resultaba evidente que la afinidad como viajeros era grande, pero la atracción erótica, nula.
¡Falso! A las dos semanas de salir de Nairobi, la tercera noche en un hotel de la costa, mientras esperaban que mejorara el clima para zarpar hacia Lamu de repente un (casi) inocente masaje de cuello para paliar la neuralgia matutina de Jonathan, se transformó en un (casi) salvaje encuentro sexual, que los dejó tan exhaustos como asombrados. En un principio también mudos y desconcertados. Ansiosos de dejar atrás el episodio y volver a lo de antes. Hasta que se dieron cuenta, pronto, de que no había vuelta atrás. Serían amantes. Amantes antes que nada.

La tercera y última equivocación de Julie —al menos la última que jamás iba a afectarle a él— había sido confiar en el diagnóstico precipitado del médico que lo vio en el hospital público de Mugurami: a Jonathan le había acometido en la travesía de regreso de Bagamoyo a Dar una debilidad tan extrema, tan inexplicable (la fiebre y las convulsiones sólo empezarían días más tarde) que en cuanto desembarcaron tres tripulantes tuvieron que llevarlo cargado al hospital más cercano; allí un médico joven, y evidentemente agobiado por la escasez de camas y enfermeros y la abundancia de dolientes, le había dicho a Julie en voz muy baja, pero no lo suficientemente baja para que no alcanzara a llegar hasta la camilla en la que Jonathan se debatía en su duermevela:
“Parece que ya está entrando en la etapa de letargo. Es muy poco lo que vamos a poder hacer aquí. Yo le sugeriría empezar a hacer todos los arreglos”.
Ya no pudo oír más. Cuando volvió en sí al final de la tarde ella no estaba. Y no volvió. Ni trató de contactarlo. Sencillamente Julie no pudo aguantar aquello, se diría Jonathan cuando en vano trataba de justificarla. Por su propio bien. Para que la deserción doliese un poco menos. Sencillamente Julie no habría aguantado la perspectiva de un paso tan brusco del sexo a la muerte, del cuerpo amado —al menos el cuerpo deseado y recientemente degustado— a un cuerpo exánime, la transición del beso y el semen a la sangre y el vómito. O la bilis. O cualesquiera que fuesen las sustancias corporales que en su caso habría menester exudar antes de llegar al final.
Ahora daba casi igual. El hecho es que con o sin premeditación, con o sin razones válidas, la escocesa lo había dejado tirado en un ínfimo hospital de ultramar, abdicando al derecho y al deber de todo amante, por más reciente y por más fugaz que haya sido la unión entre los cuerpos, de conceder aquel último beso sobre los labios inertes, de disponer de las pertenencias que haya lugar, de autorizar la repatriación de los restos a donde corresponda repatriarlos. O disponer de ellos dónde y cómo mejor se pueda.
Resultó ser tan solo una malaria... Ni siquiera una malaria cerebral... Un caso agudo, es cierto, pero muy lejos de ser mortal. Nueve días y medio después Jonathan hizo uso de los beneficios del mercado negro en Tanzania para hacerse con una partida de suero no contaminado, vitaminas, alimentos medianamente comestibles, y para alquilar por las semanas que durase la convalecencia un cuarto en el último piso de un hotel vetusto de la calle Lindi, ahora muy desvencijado, pero más o menos seguro.
Allí seguía. Y fue justamente desde allí, desde aquel ventanuco junto al cual permanecía tantas horas al día —cuando tenía las fuerzas suficientes para estar sentado— viendo pasar la ciudad y las horas, que una madrugada de finales de abril, mes y medio después de la deserción de Julie, la vio pasar por la esquina de la calle Ng’ombe cargada de maletas en dirección del puerto grande o la estación del tren. No iba sola. La acompañaba, también con sus maletas, Kenneth Northcup, un inglés amable y cortés y un estupendo conversador, que conocieron Julie y él en el hotel Continental recién llegados a Dar es Salaam, cuando empezaban a dormir juntos. Jonathan lo había acogido desde un principio como un amigo nuevo. Julie en cambio tenía sus reservas con el inglés, como le confió alguna madrugada. ¿Pero ahora?
Su primer impulso había sido llamar a Julie a grandes voces antes de que desapareciera de su campo de visión. O llamar a Kenneth. Incluso telefonear a Ousmani en recepción y pedirle que alcanzara a la pareja blanca con las maletas y les explicara que…
¿Para qué?
¿Para qué si aquello ya era el pasado? Cuatro semanas contempladas desde los estragos de la malaria y de un viaje trunco, desde la soledad de un cuarto de convalecencia en Dar es Salaam, se transforman en un pasado muy, muy lejano.
Jonathan regresó muy lentamente desde la ventana hasta la mesa de noche, se sirvió dos dedos del whisky que le había prohibido el médico cuando firmó su salida del hospital, y antes de tomar el primer sorbo, escribió:
“Frederick: la escocesa me dejó en cuanto creyó que me iba a morir. Otra vez se equivocó. Otra vez me equivoqué de ciudad y de mujer. Otra vez la muerte se equivocó de víctima”.


Juan Fernando Merino
Escritor, traductor y periodista. Alfaguara publicó Habrá una vez, antología del relato joven de la literatura norteamericana. Vive en New York.


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